En una época donde la atención sobre la salud mental salió de los consultorios y se instaló en la charla cotidiana, pocos gestos explican tan claramente lo que necesitamos como sociedad como un abrazo. Un par de días atrás se celebró el Día del Abrazo; y vale la pena detenerse un instante para pensar en ese acto aparentemente rutinario que, en realidad, funciona como sostén emocional.

El abrazo es contacto físico, sí; pero también es comunicación sin palabras. Basta con rodear a alguien con los brazos para que se desencadenen efectos que la ciencia moderna empezó a comprender mejor: la liberación de hormonas como la oxitocina, vinculada con la sensación de confianza y bienestar, y la reducción de cortisol, la hormona del estrés. Estudios muestran que este contacto puede aliviar la ansiedad, bajar la presión arterial y fortalecer incluso nuestro sistema inmunológico. Todo ello se traduce no solo en sensaciones agradables, sino en beneficios tangibles para la salud.

Este gesto tiene un lugar muy particular en nuestra identidad. Mientras en algunas culturas las muestras de cariño físico son más reservadas, en los países latinoamericanos el abrazo forma parte del tejido cotidiano de las relaciones. Somos pueblos que nos saludamos con un abrazo, que celebramos con un abrazo y que buscamos uno cuando las palabras no alcanzan. En nuestra forma de ser se entrelaza el sentimiento con el contacto; y ese acto simple no es trivial: es parte de cómo damos y de cómo recibimos afecto. Esta mayor apertura corporal no solo fortalece vínculos, sino que, en un mundo donde la soledad y el aislamiento son cada vez más habituales, puede convertirse en un elemento reparador.

Los abrazos también encarnan distintos matices, según el vínculo. El abrazo de una pareja es refugio y complicidad: en esos segundos de contacto hay más que calor físico: hay confianza y expresión de amor. Es un gesto en el cual uno sostiene al otro.

El abrazo entre amigos tiene una cualidad particular: es el gesto que dice “estoy aquí, con vos”, sin necesidad de explicaciones. No hay palabras, y sin embargo hay presencia. Ese abrazo cura en silencio, aligera cargas emocionales e imprime en la memoria la experiencia de sentirse y de saberse acompañado.

El abrazo entre madres o padres e hijos presenta, además, una dimensión fundamental para el desarrollo emocional desde la infancia. El contacto físico en los primeros años contribuye a la sensación de seguridad y de confianza, y ese legado de bienestar emocional puede perdurar toda la vida. Y enseña a demostrar el afecto.

Y están los abrazos efímeros, casi espontáneos: el “abrazo de gol” con desconocidos en un estadio, el apretón de hombros de un compañero que sabe que tu día fue largo, o ese abrazo compartido en una reunión que sucede sin pensar. Son instantes breves, sí, pero su efecto puede ser profundo.

En un mundo preocupado por indicadores económicos, por el avance aparentemente desmedido de la tecnología y por el aumento de la productividad no deberíamos subestimar el poder de un gesto tan simple y, al mismo tiempo, tan esencial. El abrazo es una pequeña revolución diaria: une, cura, acompaña. Y tal vez en tiempos donde la salud mental ya no es un tema tabú sino una prioridad, el abrazo sea de los recursos más valiosos para sostenernos mutuamente.