Elevada hasta tocar el cielo, la columna de humo se divisaba a cientos de metros. Los vecinos de San José, espantados, huyeron tras la explosión de la fábrica de fuegos artificiales Pacífico. El paisaje era impactante: casas vacías, vidrios rotos, niños llorando, las sirenas de las ambulancias y de la Policía que atronaban... No se registraron víctimas fatales, pero sí heridos graves. No por usada, la comparación perdía validez: parecía el escenario de un bombardeo. Así se vivió el 1 de febrero de 1999 en Tucumán.