Lifestyle, por Fernanda Bringas (muy_fer_) Producción general y Sol García Hamilton (solchugh) - Producción periodística

Rodeada por un mar azul y calmo, atravesada por rituales antiguos y una vida cotidiana que se mueve sin apuro, existe un archipiélago al sur de Japón llamado Okinawa. Esta parte de la isla se convirtió en sinónimo de longevidad, equilibrio y wellness. Para sus habitantes, la vida no se trata solo de vivir más años, sino de vivirlos mejor con vínculos fuertes, una alimentación simple, movimiento constante y una profunda conexión con la naturaleza y la comunidad.

De esta manera, es como se convirtió en una de las principales zonas azules del mundo, porque concentra algunas de las poblaciones más longevas del planeta. Pero más allá de las estadísticas, lo que define a este lugar es su clima humano: la hospitalidad de su gente, la música que acompaña la vida diaria y una forma serena de estar en el mundo lo cual es una herencia cultural que se transmite de generación en generación.

Para Guillermo Tomoyose, licenciado en periodismo por la Universidad de Palermo, especializado en tecnología y editor en LA NACIÓN desde 2008, este viaje fue mucho más que una experiencia cultural. Hijo y nieto de inmigrantes okinawenses, regresar a la tierra de sus ancestros significó reconstruir su historia familiar y comprender, desde adentro, los valores que marcaron a su familia y a toda una comunidad que encontró en la Argentina un nuevo hogar.

Seleccionado para una beca, convivió durante varias semanas en la isla, exploró sus tradiciones, su historia y su vida cotidiana. En esta entrevista exclusiva para La Gaceta Lifestyle, Guillermo nos cuenta sus experiencias en Okinawa y como fue reencontrarse con sus raíces.

En el frente del municipio de Urasoe, un Shisa, una figura protectora contra los espíritus malignos que está presente en todos los hogares y edificios de Okinawa

Contanos un poco sobre tus antepasados nikkei, tu historia familiar. ¿Cómo llegan a la Argentina?

El término nikkei describe a los japoneses que viven fuera de Japón y tiene una clasificación por generaciones. Por ejemplo, mi madre, Norma Arakaki, nació en 1943 en el seno de una familia de horticultores asentados en el oeste del conurbano bonaerense. Ella fue una nikkei de segunda generación, también llamada nisei.

Sus padres, Kichitoku y Sada Arakaki, nikkei de primera generación (issei), llegaron a la Argentina antes de la Segunda Guerra Mundial en búsqueda de un mejor futuro, lejos de Okinawa.

Por su parte, mi padre, Masao, fue un issei que formó parte de la última oleada de inmigrantes japoneses que llegaron en barco. Junto a su hermana, dejaron atrás una Okinawa arrasada por la guerra, que ya no formaba parte de Japón, ya que su administración había quedado a cargo de Estados Unidos. Llegó a la Argentina con 15 años y vivió en Santa Fe y Mendoza, hasta que se estableció en la Ciudad de Buenos Aires, donde conoció a mi madre y formó una familia con cuatro hijos en torno a la tintorería, otro de los oficios representativos de la comunidad japonesa en la Argentina.

Junto a mis hermanas, nos criamos y crecimos en medio de las planchas de vapor, los vestidos y las máquinas de limpieza en seco. Después de la pandemia, la salud de mis padres se volvió frágil: Masao se retiró del negocio de la tintorería en 2022 y, al año y medio, falleció Norma.

¿Cómo llega esa invitación a viajar a Okinawa como representante nikkei en la Argentina y cuál fue el objetivo de esta experiencia?

Mi primer viaje a Japón fue en 2017 como parte de un programa para periodistas nikkei organizado por el Gaimushō, el Ministerio de Asuntos Exteriores de Japón. Fue una experiencia increíble, donde pude conocer en persona al príncipe Akishino. En esa ocasión no pude ir a Okinawa, algo que logré en 2018, cuando organicé mis vacaciones para conocer la tierra de mis ancestros.

Al regresar a la Argentina descubrí la beca de soft power de Okinawa, organizada por la Agencia de Cooperación Internacional del Japón (JICA). Me presenté en 2019, pero no quedé seleccionado. Sin embargo, mi interés se mantuvo firme y seguí en contacto con otros becarios del programa, hasta que decidí postularme nuevamente en 2025 con el objetivo de profundizar mis conocimientos sobre mis orígenes: ¿Por qué mis abuelos y mi padre emigraron a la Argentina? ¿Habrá algún familiar en Okinawa? ¿Cómo era la vida de mis ancestros?

Esta vez, más allá del miedo y la incertidumbre, estaba decidido a investigar la historia familiar. Y creo que esa determinación fue clave para quedar seleccionado para la beca.

En La Gaceta Lifestyle hicimos muchas notas sobre las zonas azules y la longevidad. Contanos sobre tus vivencias allí. ¿Cómo viste el slow lifestyle de la zona?

Tenía mucha curiosidad por conocer en persona las historias de longevidad, porque muchas de las costumbres de la comunidad están presentes en mi familia de forma cotidiana. Comemos tofu, algas marinas y hortalizas siempre que podemos; nos encantan los platos a base de cerdo y pescado, y organizamos encuentros comunitarios con personas mayores. Es algo que nos resulta natural, y no por eso nos sentimos especiales o diferentes.

Así que en Okinawa pregunté qué opinaban sobre las repercusiones del documental de Netflix sobre las zonas azules, y los más jóvenes me contaban que no se privan de comer una hamburguesa o una porción de pizza. Parte de los alimentos de la dieta okinawense está presente en algún momento de sus vidas, pero no tanto como en las generaciones de sus padres o abuelos. Esto se debe, en parte, al estilo de vida actual y a los avances tecnológicos, y también a que la alimentación más saludable suele darse en zonas alejadas de los centros urbanos.

Todo esto puede resultar familiar para nosotros, que estamos del otro lado del mundo, como personas que deciden vivir lejos de las ciudades para tener una vida más tranquila y conectada con la naturaleza.

Creo que las preocupaciones sobre cómo llevar una vida saludable, presentes en muchas partes del mundo, incluso resuenan dentro de Okinawa, ese lugar que bajo el rótulo de zona azul parece ser un espacio inmaculado.

Preparación de agarasa, un budín de azúcar morena cocido al vapor durante la clase de cocina okinawense

¿Qué hicieron allí y cuánto tiempo estuviste?

El programa contaba con una semana introductoria en Yokohama, donde aprendimos sobre los aspectos culturales e históricos de Japón y la inmigración.

Las cuatro semanas restantes nos trasladamos a Okinawa para conocer más sobre la historia del Reino de Ryukyu y su cultura. Pudimos ver los avances en la reconstrucción del castillo Shuri tras el feroz incendio de 2019, vivir la experiencia de hospedarnos en la casa de una familia okinawense, participar en piezas musicales con vestimentas regionales, tomar una clase de karate tradicional de Okinawa y preparar platos típicos de la isla, entre muchas otras actividades.

¿Qué sentiste al ver cómo vivían tus ancestros?

Con la ayuda de investigadores e historiadores locales pude conocer a los hijos de un primo de mi padre, cumpliendo así un gran anhelo familiar. Me recibieron en su casa y, como dicen en Okinawa, una vez que nos conocemos somos hermanos.

Pude sentir que la conexión con nuestras raíces seguía presente en la tierra de nuestros ancestros, y juntos reconstruimos el árbol genealógico para entender nuestros vínculos. ¡No podían creer que la familia hubiera llegado desde tan lejos!

¿Conocer a tus familiares fue tu parte favorita del viaje?

Este fue un viaje increíble que me permitió responder muchas de las preguntas que me hice durante años sobre mis ancestros. Me conecté con familiares y reconstruimos juntos el árbol genealógico, lo que me permitió encontrar a mis ancestros en el Parque Conmemorativo de la Paz de Okinawa, en Itoman.

En las lápidas conmemorativas figuran los nombres de las 250 mil personas de todas las nacionalidades que murieron durante la Segunda Guerra Mundial. Así pude empezar a conectar algunas piezas de ese rompecabezas familiar: entre 1944 y 1945, mis bisabuelos tenían alrededor de 50 años cuando murieron en Saipán, en las Islas Marianas, un lugar al que muchos okinawenses emigraban para trabajar en los campos de caña de azúcar. Allí también estaban los nombres de los padres de Masao, que no tenían más de 30 años cuando fallecieron en Okinawa.

Más allá de encontrar respuestas, esta investigación me permitió conocer mejor nuestras raíces para que mi familia pueda honrar la memoria de nuestros ancestros.

Frente al Shureimon, la puerta de entrada al castillo Shuri, símbolo del antiguo Reino de Ryukyu

¿Cómo es la vida hoy allí y en qué cambiaron las costumbres desde la época de tus ancestros?

Okinawa sigue siendo una isla donde el tiempo transcurre a su propio ritmo, con su música y sus rituales. Los uchinanchu, como se conoce a los isleños, son muy cálidos y hospitalarios, algo que los emparenta mucho con la idiosincrasia latina.

En esta ocasión pude conectar de forma profunda con ese espíritu que me compartieron mis padres y abuelos en la Argentina a través de sus historias y anécdotas.

Okinawa es la cuna del karate. Quienes vimos Karate Kid nos quedó grabada la disciplina y la concentración, y entendemos este deporte como una enseñanza de vida. ¿Estuviste practicando?

Nunca había practicado un arte marcial, así que fue la oportunidad perfecta para conocer el karate tradicional de Okinawa en su lugar de origen. Me encantó vivir esta experiencia con una práctica tan representativa de la isla, conocer sus orígenes y sus enseñanzas de concentración, disciplina y respeto.

Además, lo encontré como una disciplina ideal para mantener el cuerpo en movimiento sin importar la edad. ¡Es ideal para un periodista nikkei que pasa mucho tiempo sentado frente a una computadora!

¿Cómo sigue esta historia aquí y ahora en Argentina?

Mi historia sobre mis raíces sigue presente conmigo en la Argentina. Soy un periodista nikkei y uchinanchu, conectado con el espíritu de la isla de mis ancestros.

Después del sacrificio y la superación de nuestros padres y abuelos como agricultores, floricultores y tintoreros, los becarios formamos parte de una generación de profesionales cuya misión es la preservación de la cultura y la historia de Okinawa.

¿Cómo es tu estilo de vida?

Trabajo de lunes a viernes en La Nación, de 9 a 18. Al mediodía puedo almorzar allí mismo, hay una opción vegetariana y una opción con carne, así que tengo una comida diaria organizada.

Después, cuando llega la noche, trato de llevar una dieta más equilibrada. Comer vegetales, tomar sopa. Generalmente me resulta muy sencillo preparar una sopa de vegetales: la hago una vez por semana y con todo lo que puedo encontrar. Uso muchos vegetales y, a veces, trato de evitar directamente ponerle sal. Esto tiene que ver con que mi madre es hipertensa y mi padre también debe cuidarse con la sal. Tuve una alimentación familiar bastante restrictiva en ese sentido, así que estoy acostumbrado.

También me cuido mucho con el arroz y las harinas porque tengo diabetes tipo 2. No soy insulinodependiente, pero tomo una medicación para mantener mis niveles de glucemia dentro de los valores aceptables. Por eso no como galletitas, y menos las galletitas rellenas, que eran —no sé si muy ricas— pero sí una perdición en desayunos y meriendas. Las erradiqué de mi dieta y hoy lo que hago es comer yogur casero con granola. La granola no es casera, pero el yogur sí: lo preparo yo, aromatizado con vainilla.

Por supuesto, tengo algún permitido, pero trato de llevarlo con mucha regla y cuidado, porque a veces un gustito de fin de semana puede transformarse en un hábito de varios días. Mis permitidos suele ser un asado, una buena milanesa o un plato de bodegón.

Me encanta la cocina porteña pero también me gusta la comida japonesa como el sushi. Aunque en realidad me gusta más el ramen, el tonkatsu o el katsukare, que es curry japonés con milanesa de cerdo.

Disfruto mucho el momento de encontrarme con amigos los fines de semana, pero también disfruto estar solo. Esos momentos en los que puedo ser más introspectivo y concentrarme en mí los encuentro andando en bicicleta. Es un momento en el que no uso auriculares, no miro el teléfono y puedo hacer 12 kilómetros pedaleando, escuchando el aire resonar en los oídos, tomando sol y recorriendo una bicisenda. Esos son momentos que disfruto mucho.

Las personas suelen apreciar la calma y la paciencia que tengo, así que a simple vista mi estilo de vida parece más tranquilo.

Por último, ¿cuál es tu ikigai?

El concepto de ikigai suele entenderse de manera diferente en Occidente que en Japón. En Occidente se lo presenta muchas veces como la intersección entre aquello que te apasiona, lo que te da dinero y lo que te hace sentir bien. Ese diagrama de Venn no está mal, pero no refleja con exactitud el significado del ikigai en la cultura japonesa.

Hay una mirada mucho más simple y profunda, que habla del crecimiento cotidiano, de cómo la vida te da la oportunidad de empezar de nuevo cada mañana. Es un concepto que todavía estoy tratando de comprender y estudiar más. Muchas veces intentamos estandarizar qué es lo que nos hace bien y buscamos recetas para alcanzarlo. Tener guías no está mal, pero la búsqueda del propósito es mucho más profunda: tiene que ver con qué nos moviliza a despertarnos cada mañana.

Hoy siento que el propósito de mi vida es ayudar a las personas que más quiero: a mi padre, a mi familia, a mi pareja. Poder acompañarlos, serles útil, aportar mi mirada y ayudar a encontrar soluciones y bienestar. Creo que ese es un buen punto de partida para hacer un aporte más amplio a la comunidad, empezando por quienes uno más quiere.