“Cualquiera puede diseñar”. Un titulo polémico para quienes amamos el diseño pero esperanzador para quienes les cuesta o lo usan en su día a día.
La frase aparece en la película animada “Ratatouille”: “cualquiera puede cocinar”; y, aunque parecía pensada solo para la cocina, hoy podría aplicarse perfectamente al diseño.
Vivimos un momento en el que, gracias a las herramientas digitales y a la inteligencia artificial, cualquiera puede diseñar. Crear una pieza, elegir colores, probar tipografías o generar imágenes está al alcance de casi todos. Pero que cualquiera pueda hacerlo no significa que cualquiera lo haga bien, ni -mucho menos- con criterio.
Y ahí aparece una confusión bastante común: pensar que el diseño es solo estética.
El diseño no es “lindo”. El diseño es comunicar de forma visual. Tiene una función, una intención y un objetivo. Comunica incluso cuando no queremos hacerlo. Cada elección -o cada falta de elección- dice algo. Por eso, el problema no es si algo “es lindo”, sino si logra transmitir lo que queremos decir a quienes lo miran.
El principio
La base de un buen diseño no está en la inspiración ni en el talento, sino en los principios.
Cuando nos enfrentamos a la famosa “hoja en blanco”, es muy fácil empezar a probar cosas sin rumbo: cambiar colores, mover textos, sumar elementos. Ese proceso, lejos de resolver el problema, suele transformarse en caos. Los principios del diseño funcionan como una estructura: ordenan, ayudan a pensar de manera estratégica y permiten detectar errores y aciertos.
Plantear una estructura desde el inicio nos da un eje. Nos permite concentrarnos primero en qué se quiere comunicar y recién después en cómo se ve. Con esas bases claras empezamos a entender por qué ciertas combinaciones de colores funcionan, por qué una tipografía comunica mejor que otra o por qué algunos tamaños llaman más la atención que otros.
Mirar el diseño de forma estratégica implica también ponerse en el lugar del otro. Preguntarse qué se lee primero, qué me impacta más, qué quiero que quede en la mente del espectador.
Cuando ese recorrido visual está pensado, el mensaje llega más claro y más fuerte. Una vez que estas bases están establecidas, aparece el verdadero espacio para la creatividad. Las buenas ideas, la estética y el estilo. Esto le termina de dar la calidad y la impronta a nuestra comunicación. El problema surge cuando intentamos ser creativos sin entender primero cómo ordenar, jerarquizar y comunicar. Conocer las reglas no limita: permite romperlas con intención.
El criterio, además, no es algo con lo que se nace. No es un don divino reservado para unos pocos. El criterio se entrena. Se construye mirando, analizando, diseñando y prestando atención. Es un ejercicio cotidiano. Cuanto más observamos y más conscientes somos de lo que funciona y de lo que no, más afinada se vuelve nuestra mirada. Y eso, en definitiva, es lo que nos diferencia unos de otros.
La irrupción de la IA
¿Para qué aprender diseño si la inteligencia artificial puede generar miles de piezas en segundos?
La IA puede componer, sugerir y multiplicar opciones, pero no enseña a pensar. No evalúa si el mensaje es el adecuado, si representa a quien comunica o si realmente impacta. La inteligencia artificial es una herramienta poderosa, pero necesita dirección. Cuanto más sabemos sobre diseño, mejor podemos guiarla, cuestionarla y corregirla.
Cuando no entendemos sobre un tema, todo nos parece correcto. Confiamos porque no tenemos con qué contrastar. En cambio, cuando comprendemos sobre un tema y cuáles son sus principios, podemos tomar decisiones más conscientes, dar mejores indicaciones y detectar errores, tanto en piezas hechas por personas como por programas, apps, etc.
Al final, diseñar no es hacer más.
Es elegir mejor. Y esa capacidad no es exclusiva de diseñadores: es una forma de mirar que se aprende, se entrena y, una vez que aparece, cambia para siempre la manera en que vemos y comunicamos las cosas.