Lina Méndez (40) no esperaba ese golpe de humedad apenas bajó del colectivo. Venía de Buenos Aires, de un diciembre que se le hizo eterno entre cemento y aire acondicionado. Quizá por eso sintió que el verde la envolvía cuando cruzó el portón del Jardín Botánico de Horco Molle. “Yo venía con la idea del Botánico de Palermo, con senderos prolijos y colecciones de plantas exóticas, pero acá sentí que estaba entrando directamente a la selva”, admitió.
La visita guiada comenzaba a las 18. El grupo era pequeño. Un par de familias, varios niños con gorras y botellas de agua en mano, una pareja joven y otro par de turistas, que habían leído sobre el lugar pero no imaginaron que la experiencia sería tan distinta a otras porque al pie del cerro tucumano, la naturaleza avanza sin pedir permiso.
Agustina Cañizares, la guía, pidió que esperaran bajo la sombra. Sonreía con la confianza de quien conoce cada piedra del sendero. A su lado estaba su compañero Theo Grellet, dispuesto a contar las curiosidades más llamativas de la biodiversidad de nuestra tierra.
“Lo primero que tienen que saber -dijo Cañizares- es que este jardín no fue creado para exhibir plantas, sino para conservar un ecosistema. Estamos en una punta de las Yungas, uno de los ambientes más ricos del país”.
La frase flotó cuando el grupo avanzó hacia el claro inicial, donde el suelo estaba cubierto por una mezcla irregular de hojas secas, cañas quebradas y brotes nuevos. La vegetación se inclinaba sobre el sendero en un gesto casi posesivo. Lina bajó la vista para acomodar el paso entre las piedras, y sintió cómo esa alfombra viva crujía bajo sus zapatillas. Los niños iban fascinados, tocándolo todo, pidiendo a sus padres que pregunten por cada detalle.
El aroma del monte
A los pocos minutos, el grupo se detuvo frente a un ejemplar joven de horco molle, ese árbol que en agosto estalla en flores perfumadas y que forma parte del imaginario tucumano tanto como los lapachos. Grellet les pidió que rompan suavemente una hoja entre los dedos. Los asistentes lo hicieron con pudor, pero enseguida el olor mentolado y fresco le subió por la mano. Algo similar al de eucalipto, que incluso suele usarse como método de alivio para quienes no logran respirar bien en épocas de gripe
“¿Ven? Este aroma es típico. El horco molle está muy presente en las yungas y sus hojas se reconocen al instante. Es una especie esencial en estos bosques”, indicó el joven. Lina guardó la hoja rota en el bolsillo, como quien se lleva un pedazo de la selva de recuerdo.
Los guías explicaron las diferencias entre este jardín botánico con otros del país y del mundo, y remarcaron este de Horco Molle conserva fragmentos vivos de selva nativa, con sus propios ritmos y tensiones.
“Muchas de las especies que ven acá se regeneraron solas después de que se abandonaron los cultivos, en los años 80 y 90. La selva volvió, pero no igual; también entraron invasoras, como el ligustro”, comentó Cañizares.
El grupo observó la diferencia entre las hojas pequeñas de las nativas -que dejan pasar luz y permiten que la vida se estratifique- y las del ligustro, gruesas y voraces.
A medida de que el sol bajaba, la luz dorada se filtraba en diagonal entre los árboles. El aire parecía más espeso. Allí apareció el primer ejemplo de salvias moradas, con sus flores tubulares extendidas, como pequeñas trompetas.
“Estas son visitadas por picaflores” explicó Grellet, y describió: “La forma tubular es perfecta para ellos, porque el pico y la lengua llegan justo al néctar”.
Minutos después, Cañizares llamó la atención sobre otro tipo de flores, esta vez amarillas: las asclepias, plantas hospederas de la mariposa monarca. Entre las hojas, una oruga pequeña, casi transparente, se arqueaba con hambre infinita. “¡Oh!”, se sorprendieron a coro dos nenes que se acercaron a ver la larva.
“Si tienen estas plantas en casa, las orugas se las pueden devorar en días. Pero después la planta vuelve a brotar. Es parte del ciclo”, contaron los guías.
Más adelante, en una curva del sendero, un tronco robusto, verde y espinoso se elevaba torcido hacia el cielo.
“Ese es el palo borracho. Si golpean con los nudillos van a sentir que suena hueco”, detalló Grellet mientras sus dedos golpeteaban la especie en forma gentil. Varios integrantes del grupo probaron. Efectivamente, el árbol resonaba como un tambor suave. “Esto se debe a que almacena muchísima agua. Y estas espinas actúan como defensa, para que los animales no lo muerdan buscando humedad”, enseñó.
Esta visita guiada no fue un hecho aislado, sino que formó parte de un ciclo de actividades especiales que el Jardín Botánico ofrece todos los sábados de enero, a un valor simbólico de $1.500 por persona. Pero con independencia de esta actividad paga, quienes deseen pasar el día sin guía pueden ingresar al predio con acceso libre y gratuito, todos los días de 9 a 19. Muchos visitantes llegan con termos y galletitas; otros eligen transitar solos por los senderos, descansar bajo una araucaria o disfrutar de una tranquilidad que en otros lugares no se encuentra.
La caminata siguió entre sombras más densas. Los guías mostraron lapachos jóvenes, plantados para reemplazar invasoras; tomatillos de árbol con aroma intenso en las hojas; y claros donde se notaba el esfuerzo de restauración del ecosistema. Cada tanto, un murmullo de hojas hacía que los niños miraran hacia arriba, esperando ver algo moverse.
Historia propia
Grellet extendió el brazo hacia un ejemplar robusto. “Este es el Pacará. Lo conocen por sus vainas largas, medio retorcidas. Tiene una leyenda muy linda, que ya les vamos a contar; los pueblos originarios lo consideraban un árbol protector”, anunció mientras el grupo se acercaba, casi instintivamente, a rodear el tronco.
Cuando por fin relató la historia, el silencio se acomodó entre las hojas. Según explicó el guía, el Pacará era, para algunas comunidades originarias, un árbol de resguardo espiritual. Se decía que dentro de sus semillas -esas que suenan como sonajeros cuando se secan- habitaba un espíritu cuidador del monte.
“Dicen que, hace muchísimo tiempo, un cacique muy poderoso (Saguaá, según la tradición guaraní) tenía una hija que era su tesoro más preciado. La joven se enamoró de un guerrero de otra tribu. Un amor prohibido. Una noche huyeron juntos, selva adentro. Y desde entonces nada volvió a ser igual”, relató
“El cacique, desesperado, salió a buscarlos. Dicen que caminó durante lunas enteras, y que a cada tramo se detuvo y ponía la oreja en el suelo para escuchar los pasos de su hija”, continuó.
El silencio del grupo acompañó la escena que el guía reconstruía.
“Pero el cacique nunca los encontró. Cansado, enfermo y vencido por la fiebre, terminó muriendo allí mismo, con la oreja pegada al suelo. Cuando su gente lo halló, descubrió que su oreja se había fundido con la tierra. Y de ese lugar brotó un árbol nuevo: el pacará”
Theo tomó una de las vainas caídas. “Por eso sus frutos tienen esa forma tan particular. Las llaman ‘orejas de negro’”, mencionó. Ellas son la memoria del cacique y también un recordatorio de amor, de pérdida y de búsqueda.
Por eso el Pacará no se plantaba “porque sí”. Era elegido en rituales y ceremonias, y su sombra se consideraba un pequeño amparo en medio del monte.
Después del relato, el sendero descendió hacia el sector de la laguna del Jardín Botánico, un recorte calmo rodeado de vegetación cerrada. A esa hora, el aire estaba quieto y del agua llegaba el canto insistente de las ranas, que marcaban un ritmo casi hipnótico.
Los guías explicaron que la laguna es un punto clave para la fauna, un refugio para aves acuáticas, insectos y anfibios, y que en ciertas épocas del año el sonido se intensifica al caer la tarde.
Ya cerca del final, el grupo salió del sendero a un pequeño descanso. La luz empezaba a volverse azulada. Lina respiró hondo y escuchó a Cañizares decir: “Esto es un jardín botánico, sí. Pero sobre todo es un pedazo de selva que estamos tratando de recuperar”.