Desde 1927, la revista Time tiene la costumbre -hoy convertida en tradición- de elegir la “persona del año”. Es su forma de sintetizar los doce meses transcurridos a través de una figura representativa. La portada de este diciembre, tomando una licencia que usa ocasionalmente, resalta una innovación y a un grupo de personas, no a un solo individuo. Una doble portada muestra, por un lado, una ilustración en la que varios trabajadores construyen unas letras gigantes con las siglas IA y, por otro lado, una fotocomposición que presenta a sus “arquitectos”: Sam Altman, Elon Musk y Mark Zuckerberg, entre otros.

El editor de la revista describe 2025 como el año de “no retorno” con la IA, argumentando que las vidas de todos los habitantes del planeta serán afectadas, a partir de ahora, inevitablemente, por esta disrupción tecnológica. Nuestros trabajos, nuestra salud, nuestras relaciones, nuestros sueños, la política, la economía, la cultura.

¿Cuál sería “la portada” del 2025 argentino? Hay años en los que no es difícil encontrar la cara del año: 2013 y el flamante papa Francisco; 2020 y Alberto con barbijo; 2021 y Alberto sin barbijo (en la fiesta de Olivos); 2022 y Messi con la copa; 2023 y el huracán Milei.

Momento deus ex machina

Quizás al 2025 argentino le corresponda una cara extranjera. Finalmente, el dedo de Donald Trump hizo que nuestro 2025 se pareciera más a un estabilizado 1992 o a un 2003 que a un crítico 1989 o 2001. El shock electoral bonaerense del 7 de septiembre desató una crisis cambiaria que, en la cuarta semana de ese mes, nos llevaba a un colapso. Fue la decisión del presidente estadounidense -transfigurada en un tuit de su secretario del Tesoro- la que evitó un año negro, notificando al mercado que Estados Unidos haría “todo lo necesario” para ayudar a la Argentina. Fue nuestro momento “deus ex machina”, el recurso narrativo originado en el teatro griego donde, en medio de una obra que se encaminaba hacia un final trágico, irrumpía un actor interpretando a un dios que anulaba la fatalidad.

Javier Milei apostó temprana y audazmente -antes de que estuviera resuelta la elección- por el candidato republicano. Trump valoró ese gesto precoz y hubo una empatía natural entre los dos líderes, reforzada por el hecho de que -en los primeros meses de la gestión estadounidense- Argentina era el único país de cierta envergadura que no tenía un gobierno de izquierda, en una región con creciente influencia china. La geopolítica, en buena medida, salvó a la economía y la política argentinas.

El presidente argentino rechaza esta interpretación y postula el protagonismo de su gestión en la definición de su destino. “Si se activó el swap por solo 2.500 millones”, argumenta. El planteo recuerda la anécdota del ignoto agente de bolsa que es atropellado por la limusina del magnate David Rockefeller, quien al ver que el primero está recuperado, le pregunta si puede hacer algo por él. “Mañana, cuando entre al edificio de la Bolsa, solo le pido que me dé una palmada en la espalda”. Equivalente a esa palmada fue el tuit de Scott Bessent y Trump dirigido a la desconfianza de inversores que vaticinaban un default y un derrumbe del peso.

¿Un año de no retorno?

Este año que concluye no se define solo por el salvataje de Trump. Otro componente relevante fue el respaldo electoral a la gestión. Expresó, en parte, una aversión al pasado. También, la voluntad de preservar la senda de estabilización que impulsó el Gobierno.

La gran pregunta es si la conjunción de factores -el electoral y el apoyo externo- convertirá a 2025 en un “año de no retorno”. Si a la crisis evitada le seguirá una transición hacia un futuro novedoso -con la continuidad de la actual gestión o con una alternancia con nuevos rostros-. El interrogante trasciende los nombres de los actores y se relaciona más con los problemas y desafíos que enfrentará nuestra sociedad. ¿Seguirá Argentina lidiando con sus males cíclicos -la inflación, el déficit, la incapacidad de lograr un crecimiento sostenido, el cortoplacismo, su propensión a los incumplimientos y las crisis, la condena al desencanto- o asumiremos nuevos retos?

El mundo según Trump

Trump ha sido una figura decisiva no solo para nuestro país. Si tuviéramos que elegir a la persona que más ha influido en el transcurso de este año, a nivel global, también optaríamos por el presidente estadounidense. La selección, cabe aclarar, no implica una valoración positiva o negativa.

En diciembre de 1999 se produjo una polémica en la mesa de editores de Time por la tapa con “la persona del siglo”. Entre varios nombres, el más votado fue Albert Einstein, pero alguien dijo “Hitler”. ¿Quién, como él, había marcado tanto -dramáticamente, en su caso- el siglo que terminaba?

Es una desmesura comparar a Trump con Hitler, o con Einstein. En lo que se parecen, dentro de sus respectivas escalas, es en el protagonismo y la influencia que tuvieron en su tiempo.

Este año, el presidente estadounidense desató varios movimientos sísmicos. La guerra comercial con China y el despliegue de su política arancelaria estremecieron al comercio internacional. Su política migratoria repercute más allá de sus fronteras. Su intervención fue decisiva para evitar una guerra de Israel con Siria y para el alto al fuego en Gaza. En el conflicto Rusia-Ucrania, su propuesta de paz sintoniza mejor con las ambiciones de Putin que con las aspiraciones de Zelenski. En nuestra región, los bombardeos a las lanchas narco, el despliegue de la flota norteamericana y los anuncios de una intervención terrestre en Venezuela anticipan una escalada. Su particular liderazgo es emulado alrededor del mundo.

El hartazgo con las enmiendas

La relación de Trump con los medios puede ofrecernos una clave para vislumbrar un rumbo. Desde el principio, se sintió incómodo con la Primera Enmienda, la garantía constitucional de distintas libertades, empezando por las de expresión y prensa.

Durante su primer mandato, medios como The New York Times y The Washington Post lograron mantener la intensidad del flujo de ideas y el papel del periodismo como “perro guardián” de las instituciones y los derechos ciudadanos. El segundo mandato se inició con una asunción teatral en la que el presidente apareció acompañado, en una primera fila, por los magnates de la industria tecnológica. Una puesta en escena de la convergencia entre los íconos del mundo digital y el liderazgo disruptivo que radiografía Giuliano da Empoli en libros imprescindibles para entender el presente, como Los ingenieros del caos y La era de los depredadores.

A la histórica hostilidad discursiva del presidente, motorizada, entre otras cosas, por el destape periodístico de detalles de su relación con el controvertido Jeffrey Epstein, se sumaron acciones directas. El laberinto de algunas de ellas muestra los riesgos que se esconden detrás de estos movimientos.

El affaire Paramount

Trump demandó por 20.000 millones de dólares a la cadena CBS por un anticipo de una entrevista a Kamala Harris durante la campaña presidencial, que consideró “engañoso” y perjudicial para sus intereses. Paramount, empresa dueña de la cadena, se estaba vendiendo a través de una operación que podía requerir la aprobación de un organismo dependiente del nuevo presidente. Shari Redstone, cabeza de la compañía, decidió cerrar un acuerdo por 16 millones con Trump para anular la contingencia. El acuerdo, interpretado como una renuncia a la integridad periodística de la cadena, desató renuncias como la de Bill Owens, legendario productor del programa 60 minutos.

En el grupo comprador de Paramount sobresale David Ellison, hijo del dueño de Oracle y amigo de Trump, secundado por fondos de inversión detrás de los cuales aparecen figuras como el príncipe saudita Mohamed bin Salman y Jared Kushner, yerno del presidente.

La novedad más reciente de este affaire es la puja de Paramount con Netflix por la compra del imperio mediático Warner (dueño de CNN, HBO, Discovery, etc.) con una oferta de 108.000 millones de dólares.

Una especulación creciente es que estas compras agresivas, que construyen una enorme red comunicacional, se relacionan con la enmienda 22, que prohíbe que un presidente sea elegido más de dos veces. Habría un gris constitucional a partir del cual esta red podría impulsar una interpretación elástica. ¿Qué pasaría si Trump se presenta a las próximas elecciones no como candidato presidencial, sino como candidato a vice, con un “títere” encabezando la fórmula? ¿Les suena? Las historias del subtrópico ganan audiencia en el hemisferio norte.

Cosas que pasan

El 18 de noviembre pasado, el príncipe Bin Salman visitó la Casa Blanca. Una periodista le preguntó por Jamal Khashoggi, columnista de The Washington Post, que fue asesinado y desmembrado en el consulado saudita de Estambul en 2018, presuntamente por órdenes del príncipe. Indignado, Trump dijo que la prensa se obsesionaba con temas que dañan las alianzas estratégicas de Estados Unidos y prioridades como el precio de la energía. “Son cosas que pasan”, concluyó, a propósito del asesinato de Khashoggi.

La gran duda es cuánto transformará Trump la naturaleza de su país, que hasta ahora -a pesar de sus imperfecciones e hipocresías- ha sido un impulsor de la democracia, el libre comercio y los derechos humanos. ¿Estados Unidos dejará de ser lo que hasta ahora fue -o aspiró ser- para adoptar un nuevo diseño institucional? ¿Y qué impacto podría tener esa metamorfosis en la fisonomía de países como el nuestro y en el resto del planeta? Nuestro mundo y su futuro, progresivamente volátiles e inciertos, se definirán -en buena medida- por la actitud predominante ante esas “cosas que pasan”.