Sin lugar a dudas no son lo mismo un jefe que un líder, aunque muchas veces esa frontera es difusa. Un jefe puede no ser líder. Y un líder no siempre es jefe. Y en la política nacional y provincial esto se percibe con claridad.

Un jefe cuenta con autoridad legal, política, empresaria, familiar. Después puede ser un buen o un mal jefe, según cómo gestione. Si gestiona bien y además ejerce liderazgo será el mejor conductor, un gran motivador. Si es un mal jefe y además carece de liderazgo será un palo en la rueda. Dos palos, tres palos, siempre palos. Un desmotivador nato.

Un jefe tiende a enfocarse en la autoridad y el control, utilizando su posición jerárquica para establecer reglas y garantizar la obediencia. Mientras que un líder se destaca por su capacidad para influir positivamente entre las personas que lo rodean, inspirarlas y guiarlas hacia un objetivo común.

Un jefe impone sus órdenes simplemente por el hecho de tener autoridad y sin necesidad de explicar por qué lo hace. Un líder se gana la confianza de sus equipos y no necesita imponer nada, ya que con explicar y ejemplificar es suficiente.

Un jefe conduce a través del miedo, la incertidumbre, la inestabilidad, la inseguridad. Un líder evoca confianza, respeto, certezas. Un jefe dice “yo” y un líder dice “nosotros”. Un jefe se premia a sí mismo; un líder premia a los demás.

Una mamá o un papá siempre serán jefes, pero no siempre podrán ser líderes. Los padres tienen autoridad legal sobre sus hijos, económica, etaria, porque tienen más años y experiencia y, hasta cierta edad, también cuentan con supremacía física.

Los padres que además de ser padres son líderes generan -o continúan- un linaje, una herencia, quizás en ciertas habilidades y conocimientos, quizás educativa, quizás laboral, quizás cultural, higiénica, sexual, ética, moral, lúdica. Los padres que además son líderes inspiran a sus hijos. Los que no lo son los expulsan, ven como sus hijos se alejan a medida que crecen.

Si tu papá te parecía Supermán cuando eras niño entonces fue un líder. Jefe ya lo era, sólo por herencia. En cambio, el liderazgo se construye, se aprende y más tarde se enseña.

Una de las grandes diferencias entre un líder y un jefe radica en el grado de humildad.

Un líder soberbio es un oxímoron, una discordancia. Si hay arrogancia entonces se trata de un liderazgo aparente, impostado o impuesto.

Son usuales las jefaturas con aires de liderazgo, autopercibidos. Ocurre más de lo que se piensa en ámbitos laborales, deportivos, religiosos o políticos.

Diferentes liderazgos presidenciales

Cristina Fernández de Kirchner ejerció y ejerce los dos roles, el de líder y el de jefa, en alternancia. Aunque si se analiza su discurso impone bastante más a menudo su condición de jefa que de líder. Utiliza considerablemente más el “yo” que el “nosotros”. Y si se analiza su relato más detalladamente, se verá que opta por la primera persona del plural cuando describe adversidades, culpas o en las escasísimas autocríticas que emite, mientras que elige la primera persona del singular cuando habla de éxitos y conquistas.

Néstor Kirchner era menos yoico que su esposa, intentaba más influenciar que imponer, aunque también mostró por momentos ciertos sesgos autoritarios.

Alberto Fernández careció completamente de liderazgo, no supo o no pudo construirlo, y como jefe fracasó, no tuvo autoridad y en vez de impartir órdenes generó desorden. Cada vez que hablaba profundizaba la incertidumbre, el titubeo y la carencia de certezas, hasta que terminó por cederle el mando a Sergio Massa.

Dos presidentes que fueron líderes indiscutidos en esta nueva era democrática fueron Raúl Alfonsín y Carlos Menem, aunque a veces también trastabillaron en su rol de jefes, ambos sobre el final de sus gobiernos. Esto les ocurre a casi todos los mandatarios, a quienes el desgaste propio de la gestión les empieza a horadar la autoridad y la capacidad de mando.

Sobre Javier Milei aún es pronto para sacar conclusiones categóricas, pero comienza a demostrar su condición de jefe al imponer algunas decisiones fuertes sin vacilaciones, mientras mantiene cierto liderazgo, sobre todo en un amplio sector de los jóvenes, una franja etaria donde prevalece el escepticismo, y también entre los adultos más conservadores.

Los jefes provinciales

Durante los últimos 40 años de democracia, Tucumán tuvo un poco de todo en materia de conducción. Hubo líderes, como Fernando Riera, un caudillo histórico del peronismo, pero con un ejercicio de la jefatura muy débil, por su avanzada edad y por su frágil estado de salud.

Ramón “Palito” Ortega cimentó su liderazgo en base a su carisma y popularidad, aunque fue un mal jefe, sin experiencia política, y su gestión naufragó, pese a la imagen que intentó construir a fuerza de marketing, al punto que le sirvió para llegar a ser candidato a vicepresidente en la fórmula con Eduardo Duhalde.

Antonio Domingo Bussi, en su versión democrática, exhibió las dos cualidades. Fue un líder consolidado entre sus seguidores más fanáticos y ejerció su jefatura con firmeza, por momentos exagerada y teatralizada. No le alcanzaron estas cualidades para doblegar a un férrea oposición ideológica, y su administración pasó sin pena ni gloria, con varias denuncias por corrupción que le valieron arriar la bandera insignia de su partido: la fuerza moral.

Julio Miranda gozaba de algún consenso dentro del peronismo y del sindicalismo; sin embargo su gobierno se debilitó rápidamente por los embates de varias campañas de desprestigio y por un contexto socioeconómico dramático, que puso a la provincia en la prensa mundial a causa de las muertes de niños por desnutrición.

Los tres gobiernos de José Alperovich tuvieron la misma y pragmática impronta: el despilfarro clientelar de las arcas del Estado, que contribuyó a la superpoblación de la administración pública y a la mercantilización electoral, a fuerza de cientos de acoples, verdaderas PYMEs políticas con mayoritario financiamiento estatal.

Ya en el llano, Alperovich confirmó que sin dinero su liderazgo era nulo y que su jefatura fue un cúmulo de deslealtades amontonadas por conveniencia.

Juan Manzur siguió al pie de la letra el guión de su mentor. Durante sus dos mandatos multiplicó la planilla salarial estatal, y profundizó la mercantilización electoral y el clientelismo, con el agravante, a diferencia de Alperovich, que Manzur careció de gestión alguna, se limitó a pagar los sueldos al día, y a publicitar fuera de la provincia, onerosamente, una imagen de liderazgo que no era tal. El país terminó de descubrir al verdadero Manzur durante su ineficiente y anodino paso por la jefatura de Gabinete.


Las “bases” de Jaldo

Osvaldo Jaldo alcanzó la gobernación gracias a un importante colchón de votos. Aunque su victoria de todos modos hubiera sido contundente, su triunfo se ve empañado por los mismos vicios de sus antecesores y socios políticos, el exacerbado clientelismo, la mercantilización electoral, el nepotismo y la opacidad institucional y administrativa.

En sus cinco meses y medio de gobierno, Jaldo viene demostrando que en el ejercicio de su jefatura no le tiembla el pulso para imponer los temas que le importan. Con apenas un poco de gestión le alcanza y sobra para diferenciarse de la mediocridad manzurista.

En cuanto a su liderazgo, aún es pronto para saber si logrará consolidarlo. Por ahora es sólo un jefe firme, que implanta autoridad y cierto orden.

En su discurso del 1 de marzo en la Legislatura, Jaldo planteó tres bases disruptivas -entre otros anuncios- con el claro objetivo de empezar a construir liderazgo, en observancia con la mayoritaria demanda social actual.

Anunció que impulsará una reforma electoral y política para transparentar y devolverle representatividad genuina a las elecciones; también que “no se gastará más de lo que ingresa” y que para ello hará recortes en el organigrama (algunos ya los hizo) y que achicará la planilla salarial estatal; y la tercera base disruptiva es que promoverá el acceso a la información pública en los tres poderes del Estado, falencia que hoy ubica a Tucumán entre las cuatro provincias menos transparentes del país.

¿Cuántos empleados tiene la Legislatura y cómo invierte su presupuesto? ¿Quién es quién en la planta judicial, donde se sabe abunda el nepotismo y el amiguismo?

¿Quiénes son, cuántos son, y qué rol desempeñan los miles y miles de agentes distribuidos en toda la estructura del PE, organismos descentralizados, entes autárquicos, en los 19 municipios y en las 93 comunas?

Dos de las bases anunciadas por el gobernador ya empezaron a mostrar magulladuras.

Sobre la reforma electoral, fue el propio vicegobernador Miguel Acevedo quien salió a relativizar este cambio, al decir que los acoples podrían reducirse pero no eliminarse. Jaldo no dijo nada sobre las declaraciones de Acevedo y entonces se abre un signo de interrogación sobre este punto.

Acerca de la superpoblada administración pública, costosa e ineficiente, Jaldo envió a la Cámara un proyecto de ley para impulsar un retiro voluntario. Una idea que de prosperar le permitiría al Estado ahorrar el 30% del salario de cada agente que se acoja a este plan.

Sin embargo, como sostienen algunos opositores, más que un retiro parecen “vacaciones pagas”. El empleado se va a su casa por cuatro años y sigue cobrando el 70% de su sueldo, más aportes sociales y jubilatorios, con la posibilidad de extender este “retiro” a ocho años, tras los cuales puede regresar el Estado.

Ocho años cobrando un salario sin ninguna contraprestación. ¿Quién no querría esa beca?

Imaginemos la posición de un ñoqui que no trabaja. ¿Para qué acogerse a un retiro si hoy igual no hace nada?

En 1996 ya se aplicó un retiro anticipado voluntario en la provincia y las consecuencias son conocidas: se fueron los más aptos, el personal más técnico y capacitado, los mejores cuadros estatales. Los menos preparados y los que trabajan poco o nada se quedaron.

Y con el paso de los años la planta pública volvió a engrosarse. En la década del 80 había el 30% de empleados públicos que en la actualidad.

Ahora podría ocurrir lo mismo, que deserten los más capaces, con más posibilidades de prosperar en el ámbito privado, y también los que más trabajan. ¿Qué incentivo tiene un ñoqui o una persona sin preparación para retirarse? Un proyecto con bastante poca lógica.

Sobre la tercera base disruptiva anticipada por Jaldo hace un mes y medio, la del acceso integral a la información pública, sólo se divulgaron algunos borradores elaborados por legisladores opositores. Desconocemos si hubo avances en este sentido en el oficialismo y se teje un nuevo interrogante.

Jaldo ya mostró que el traje de jefe no le incomoda. Sobre la construcción de su liderazgo, genuino, sin el poder de la billetera, hasta ahora fueron más anuncios que hechos y se nos plantea una gran incógnita.

Toda jefatura tiene fecha de caducidad, en cambio a un líder nunca se le vence su mandato.