Hay 10 personajes circulando por el microuniverso de “Cuadra”, 10 historias no necesariamente obligadas a cruzarse, pero vinculadas por un concepto que hace a la esencia de la narración: la memoria. Esa es la tecla que oprime Máximo Chehin cuando habla de su tercera novela, editada por el sello independiente Bajo la Luna y ya disponible en las librerías tucumanas. La presentará mañana a las 19.30 en el Centro Cultural Rougés (Laprida 31), acompañado por la docente e investigadora María José Daona y por el escritor Pablo Donzelli.

Chehin (clase 1972) está radicado en Buenos Aires desde hace más de 20 años, pero la tucumanidad -y la impronta de su Aguilares natal- nunca se le va. Así lo confiesa durante la charla con LA GACETA, una buena oportunidad para anticiparles a los lectores con qué se encontrarán cuando “Cuadra” llegue a sus manos.

“No es una novela tradicional en el sentido de que no hay dos personajes que atraviesan toda la trama o que se cruzan -explica Chehín-. Todo parte de una conversación que escuché medio parando la oreja. Hay un hecho -no voy a espoilear mucho- que es el arranque, una denuncia  que hace que la Policía irrumpa en un departamento. Tiran la puerta abajo y no hay nada. Me motivó a escribir esa idea del absurdo, del error, del universo de posibilidades que se abre por un evento. Una novela medio tradicional o un cuento era como caer en una especie de lugar común. Entonces lo que busqué fue lo opuesto, este evento del cual se disparan las historias de 10 personajes que estaban ahí cerca. Es como si tiraras una piedra y el agua salta para los costados.

- ¿Cómo construiste el relato?

- Busqué seguir la historia de los personajes sin agregarle caprichos literarios típicos, como puede ser una novela coral en la que de repente los personajes se cruzan con otros en un café. Eso es una cosa medio arbitraria y cuando lo leo digo: ¿a qué me estás empujando? Esta es una historia bastante libre de 10 personajes que están transitando su vida en ese momento. Los sigo a los 10 y cada uno tiene un devenir diferente. Algunas historias van hacia atrás y hacia adelante en el tiempo, otras transcurren en tres cuadras. Y no se cruzan necesariamente. Por eso la novela es fragmentaria, va avanzando con pedacitos de la historia de cada personaje, que es como la escribí.

- ¿Qué clase de personaje va apareciendo?

- Por ejemplo, uno de los personajes ha sido en su juventud militante del Movimiento Todos por la Patria. A mí me interesaba, me parece en la historia argentina reciente una de las cosas más increíbles, más delirantes, tremendas y trágicas. Tuve que estudiar bastante y leer bastante. El libro se fue armando así, tiene su cuestión interesante porque se va avanzando de a pasitos. Lees un poco de esto y cuando ya te cansaste lees un poco del otro. Quisiera que el lector se vaya quedando con una especie de visión de un momento en la historia de Argentina. Y que también eso te sirva como un punto de referencia para ver para adelante y para atrás.

- ¿Cómo fue este proceso de escritura?

- Largo, de casi cinco años. Empecé la novela a principios de 2016 y de hecho la terminé de revisar en pandemia, pero tuve que moderar la expectativa. Cuando tenés una historia como esta, coral, es fácil que se te vaya de las manos. De repente tenés 10 personajes, de repente tenés 20, de repente tenés mil páginas. Y bueno, ¿quién quiere leer mil páginas, al menos que esté muy bueno? Hay autores muy grandes que lo justifican, ponele Roberto Bolaño. Yo quería que fuera un poco más extensa, pero también moderada y aprehensible. Fue un desafío, uno nunca termina de pensar si le ha dado a la cabeza del clavo. O sea, revisás, revisás, pensás, pero hasta que no la largas al mundo y ves cómo reaccionan los lectores no se sabe.

- ¿Cómo pensás que quedó “Cuadra” en el contexto de tus libros?

- A medida que uno trabaja va afilando la punta del oficio. Hay cosas que antes no me atrevía a hacer o pensaba que me iban a salir mal. En mi primer libro escribía muy sintético, muy corto, que por un lado es algo que me gusta, pero por otro lado también era una respuesta a cierto temor, a cierto límite. Acá trato de expandirme, de no cortar una historia para seguirla hasta el final. Traté de que la manera en la que trabajo con el lenguaje fuera coherente con esta estructura de la novela. Desde ese punto de vista hay una consecuencia del laburo permanente que te permite hacer algo más ambicioso. Después no sabés si llegás al lugar que querés o no.

- ¿De qué manera vas eligiendo las temáticas sobre las que escribís?

- No las pienso a priori. Me pongo a escribir porque hay algo que me interesa, algo me dice ‘tenés que escribir sobre esto’. A medida que iba escribiendo, comencé a darme cuenta de que lo que me traccionaba era la cuestión de la memoria, que es algo que está presente en todos los personajes y en todo lo que se narra. La cuestión de cómo se construye la memoria y cómo se usa para vincularse con el mundo. Es una cosa muy especial y casi nos define como especie.

- Además, en un momento de la Argentina en la que vuelve a tomar protagonismo...

- Hay una idea que ahora está llegando a la superficie de una manera muy terrible y muy horrorosa, por ejemplo con el cuestionamiento de los números de la dictadura. El único motivo por el cual se cuestiona ese número es para ponerte en cuestión la idea detrás de eso. Nadie discute si fueron 30.000 exactamente, lo que se cuestiona es la idea de que hubo desaparecidos y una política de exterminio. Y yo creo que eso nunca se terminó de ir del debate público, más bien entró en una especie de corriente subterránea, pero uno la escuchaba, la oía, la olía. Pienso que el tema nunca estuvo clausurado, es una pelea que vamos a tener que seguir dando y es un gran problema de los argentinos. La memoria no solamente con el horror de la dictadura, sino la memoria reciente.

- ¿Cuestiones que te afectaron?

- Yo transité el menemismo en Tucumán y vi lo que fue en Aguilares. O sea, una ciudad pobre de una provincia empobrecida en aquella época. Tenía amigos que trabajaban en la fábrica de Alpargatas, que primero redujo personal y después cerró. Gente joven, con familia, que se quedó sin laburo. Y no fue hace 300 años, no hay que leerlo en un libro de historia. Ahora pareciera que todo eso no sucedió, es una cosa alucinante. Y también idiosincrática de los argentinos, esta dificultad que tenemos con la memoria, con enfrentar lo que nos pasó y pensar desde ahí hacia adelante.

- ¿Dónde está presente Tucumán -si lo está- en tu obra?

- Tucumán está siempre presente. Por ejemplo, vuelvo mucho a la cuestión del habla, que es como una marca que uno no se saca nunca, aunque te vayas lejos. También está la cuestión de la pertenencia y de escribir desde la distancia. Ya viví en Buenos Aires casi la misma cantidad de tiempo que en Tucumán, pero hay algo constitutivo en nacer y crecer en un lugar que no se te va más. Me parece que eso influye. Nosotros tenemos una manera de hablar muy particular que tiene que ver con cómo vivimos. Usar el tiempo perfecto implica una lentitud en el discurso. Cuando lo usás, tardás más tiempo en decir lo que querés decir. Es una manera muy tucumana de enfrentarse a las cosas y de ver la vida. Más allá de que a la vez tenemos una rapidez de la que hacemos gala al compararnos con nuestros vecinos. Tenemos un chauvinismo espantoso también, eso no me gusta nada. Yo era así, espero que ahora sea menos. La manera en la que escribo es muy lenta, tomo mucha distancia y eso tiene que ver con la manera tucumana de ser y de estar en el mundo.

YA LLEGÓ A LAS LIBRERÍAS.

- ¿Cómo te ubicás dentro del campo literario?

- Es muy difícil. Yo publico en una editorial hermosa, pero independiente. No estoy en los circuitos de legitimación, esos lugares en los que ponen a escritores que tienen mucha venta, mucho éxito comercial. No me siento muy cómodo con eso. Pienso que estoy en un margen, medio de costado, que me permite seguir escribiendo y publicando, afortunadamente. Y compartiendo con los lectores, que es lo que más me interesa.