Aunque se trata de la fecha fundacional del peronismo, consagrada como el “Día de la Lealtad”, pocos 17 de octubre serán tan incómodos para la conducción peronista del país como el de mañana.

Para ponerlo en un contexto amplio, mañana es también el Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza. Fue instituido hace exactos 30 años por la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas para generar conciencia sobre la necesidad de terminar con la pobreza y la indigencia en todos los países. La identificación entre el peronismo y la lucha contra la pauperización de los sectores populares está inscrita en su ADN: el 17 de octubre de 1945 había muchos pobres, de los más diferentes códigos postales de este país, reclamando por la libertad de un hombre en quien cifraban la esperanza de un mañana con menos privaciones.

En un sentido diametralmente opuesto, este cuarto gobierno kirchnerista llega al día más peronista del año con una marca histórica desdorosa: ha generado más pobres que el gobierno anterior. Según el sitio oficial del Gobierno de la Nación, argentina.gob.ar, en la segunda mitad de 2019 la pobreza afectaba al 35,5% de los habitantes de este país. Dentro de ese universo, eran indigentes el 8%. De acuerdo con los datos oficiales del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (Indec), la pobreza consolidada del primer semestre de este año ha sido del 40,1%. Y la indigencia ha sido del 9,3%.

A comienzos de año, el clivaje que proponían las usinas de esta gestión “K” para enfrentar el año electoral consistían en una dicotomía que rescataba aquella identidad histórica de que el movimiento fundado por Juan Domingo Perón implicaba el fin de la pobreza. “Peronismo vs. derecha” era la opción. Porque la derecha, en la exégesis peronista, es igual a oligarquía. Por ende, la derecha es pobreza para el pueblo. Pero a poco de andar tuvieron que descartar esa antinomia: primero porque el candidato del peronismo es de la derecha: la placenta ideológica desde la que Sergio Massa nació a la vida política fue la Ucedé. En segundo lugar, porque este gobierno he generado más pobreza que el gobierno de Mauricio Macri. Y si ahora hay más pobres que al final del gobierno de Cambiemos, resulta que pusieron al peronismo a la derecha del macrismo.

Decir y hacer

La conducción peronista del país, en cambio, no es pobre. No es pobre Cristina Fernández de Kirchner, la Vicepresidenta de la Nación. En diciembre pasado, sin embargo, fue condenada en primera instancia a seis años de prisión por administración fraudulenta. El perjuicio al Estado fue estimado en 1.000 millones de dólares. El mes pasado, además, fue reabierta la causa “Hotesur – Los Sauces”, que investiga el presunto lavado de dinero proveniente de la obra pública, adjudicada a “amigos” del matrimonio Kirchner, disfrazado de alquileres de hoteles y de propiedades.

No es pobre el intendente de Lomas de Zamora, Martín Insaurralde. Mientras era jefe de Gabinete del gobierno bonaerense de Axel Kicillof. Sus vacaciones en Marbella, sus paseos en yate por el Mediterraneo y los regalos de joyas, relojes y carteras a su acompañante, no sólo contrastan con feroz violencia con la pobreza provocada por el kirchnerismo gobernante del que forma parte. Tampoco se condice con lo que Eva Duarte de Perón enseñaba el 12 de abril de 1951, en la cuarta clase del curso de la Escuela Superior Peronista. “Yo ya se que la oligarquía no volverá más al gobierno. Lo que a mí me preocupa es que pueda retornar en nosotros el espíritu oligarca”.

Las banderas

La incomodidad de la conducción peronista del Gobierno nacional no opera sólo con respecto a la “jefa espiritual de los argentinos”. También es con las “banderas” enarboladas por Perón.

Les queda muy incómodo el estandarte de la Justicia Social. ¿Qué es lo socialmente justo de un Gobierno de condenados por corrupción, o de vacaciones millonarias en Europa, mientras los gobernados son cada vez pobres?

¿Cuál es la independencia económica para un pueblo al que dejaron sin moneda? Una moneda se define por ser un instrumento de atesoramiento, pero nadie ahorra en pesos argentinos. Una moneda sirve como unidad de cuenta, pero cada vez menos cosas se cotizan en pesos: desde los autos hasta las casas, pasando por los alquileres o las vacaciones dentro del país, todo está siendo tasado en dólares. Una moneda es un medio de cambio, pero cada vez tenemos menos noción del precio real de las cosas. Ir a un supermercado es un viaje hacia el universo de la duda: ¿Puede esto costar tanto? ¿Esto otro no está, comparativamente, a buen precio? ¿Qué es barato hoy?

Ni hablar de la soberanía política. El Presidente que, en 2022, acudió a la Cumbre de las Américas, en EEUU, como vocero de tres dictaduras: Venezuela, Nicaragua y Cuba. A la Vicepresidenta se le ha reabierto la causa por el pacto secreto con Irán, el “Memorándum de Entendimiento” de 2013, el cual motivó una denuncia por traición a la patria por parte del fiscal Alberto Nisman. El funcionario judicial estaba a cargo de la investigación del peor atentado terrorista de la historia de este país, perpetrado contra la Argentina mediante la voladura de la AMIA el 18 de julio de 1994, que dejó 85 compatriotas muertos. Él apareció sin vida días después. La Justicia investiga un homicidio.

Esta cuarta presidencia kirchnerista era consciente del valor de las “tres banderas” del peronismo. De hecho, se arropó discursivamente con esos pabellones: hablaban de “redistribución de la riqueza”, de “puja distributiva”, de “la patria grande latinoamericana” y de toda clase de soberanías: desde la energética hasta la alimentaria. Nada era verdad. Llegaron sólo para arriar los estandartes.

Pero los problemas del peronismo gobernante no son sólo con los pilares del movimiento, sino con su metodología. Resulta un tanto difuso hablar de “conflicto ideológico” en el peronismo porque a lo largo de sus casi 80 años los gobiernos de ese signo fueron estatistas, pero también privatistas. Fueron conservadores, pero también neoliberales. Han tenido trazos progresistas en el orden nacional, al mismo tiempo que desplegaban un bestiario de feudalismos provinciales. Y desde hace 20 años, ensayan discursos de izquierda mientras tiene una conducción recalcitrantemente burguesa. Hay, sin embargo, una constante a lo largo de todas estas inconstancias: el peronismo ha sido siempre un método de ocupación del poder. En ese contexto, claramente, ha sido también un método de ocupación del Estado. Contra ese método también ha escorado el kirchnerismo actual.

El método

Hay un fenómeno inquietante en la figura de Perón cuya descripción simbólica se encuentra más allá de debates históricos y de posturas partidistas. Perón primero llegó al poder, después llegó al gobierno. No es, por cierto, un hecho inédito. Acaso un antecedente sea Hipólito Yrigoyen, que sin estar en el gobierno conmovió los cimientos del orden conservador por medio del “abstencionismo revolucionario” y forzó la reforma electoral de 1912 conocida como Ley Sáenz Peña. Lo que sí es inédito es el contexto que hereda Perón: él (para tomar prestada una tesis canónica de Carlos Floria y de César García Belsunce en “Historia de los Argentinos”) asiste al nacimiento, en el país, de una república de masas, producto del devenir histórico. Y será sagazmente consciente de ello.

El gobierno militar que derroca a Ramón S. Castillo en 1943 tiene entre sus filas a influyentes sectores antisindicales. Por caso, dictan un decreto-ley que le permite al Gobierno de facto intervenir gremios e intervienen la Unión Ferroviaria y La Fraternidad. En esas condiciones algunos dirigentes decidieron emprender una estrategia de alianzas, con algunos sectores del gobierno militar que compartían los reclamos sindicales. Entre los militares jóvenes estaba el coronel Perón.

Desde la Secretaría de Trabajo, Perón, con el apoyo de los sindicatos empieza a desarrollar gran parte del programa sindical histórico: se crearon los Tribunales de Trabajo; se sancionó el Decreto 33.302/43 extendiendo la indemnización por despido a todos los trabajadores; más de 2 millones de personas fueron beneficiados con la jubilación; se sancionó el Estatuto del Peón de Campo y el Estatuto del Periodista; se creó el Hospital Policlínico para trabajadores ferroviarios; se prohíben las agencias privadas de colocaciones; se crean las Escuelas Técnicas dirigidas a obreros. En 1944 se firmaron 123 convenios colectivos que alcanzaban a más de 1.4 millón de obreros y empleados. En 1945 se suscriben otros 347 acuerdos para 2,2 millones de trabajadores.

El 17 de octubre de 1945, la multitud que se apiñó frente a la Casa Rosada para reclamar la libertad de Perón, preso en la isla Martín García desde el 13 de ese mes, estaba ahí para luchar por todas esas conquistas. “Enfatizaron (los representantes de los trabajadores) que no se trataba de defender a un militar, sino de preservar las reivindicaciones conquistadas”, precisó Féliz Luna en “El 45”. Cuatro meses después Perón habrá de ganar los comicios presidenciales.

En 2019, contra toda esa lógica histórica, el peronismo llevó al Gobierno a alguien que no tenía el más mínimo poder. Alberto Fernández no estaba en el kirchnerismo, no era un hombre de la liga de gobernadores, ni era tampoco un referente del sindicalismo. Venía de militar en el peronismo porteño, que tiene una característica única: lo único que sabe es perder elecciones.

Una vez en el Gobierno, tampoco lo dejaron construir poder. Nadie como Cristina se encargó de instalar en el imaginario popular la figura de un Presidente carente de autoridad. Ella bautizo a su propio gobierno, para la posteridad, como una gestión de “funcionarios que no funcionan”.

Ahora intentarán lo propio con Massa, el ministro de Economía de la pobreza más alta que durante el macrismo. El que recibió el dólar a 300 pesos y lo llevó a 1.000 pesos, en el Gobierno que recibió una inflación del 65% anual y que ahora, tras dos meses consecutivos con el índice por arriba del 12%, la proyecta en 140% para este año.

Más inflación es igual a precios más caros. Dólar más caro es igual a salarios más bajos en su poder adquisitivo. No parece ser mucha lealtad con Perón. Ni con el pueblo peronista.