“Este es mi libro más intimista. Es un libro distinto, en el que digo lo que pienso en un tono y un lenguaje que para mí es nuevo. No tengo una meditación sino un pensamiento que sale. Siento que es un libro en el que no estoy librando ninguna batalla. Es un libro al que me entrego de otro modo, en el que no tengo gran cosa que cuidar. En ese sentido es donde expreso mis ideas, algunas ideas que fluyen, con situaciones, personas, estados de ánimo, un pensamiento, una lectura, una situación, la familia, la pandemia. No es un libro sobre la pandemia pero es un libro escrito durante la pandemia y hay situaciones típicamente pandémicas”, dice el escritor y filósofo Tomás Abraham sobre su nueva publicación, Diario de un abuelo salvaje (editorial El Ateneo).

Este libro es el producto de sus pensamientos y acciones durante la cuarentena por Covid-19 que él padeció entre su casa de Buenos Aires y su campo de Colonia, en Uruguay. El resultado deriva en una lectura que podría definirse como de tiempo real y de temáticas que permiten conocer a un Tomás Abraham distinto del que suele reflejarse a partir de sus exposiciones públicas.

-¿Cuándo y cómo se origina el Diario de un abuelo salvaje?

-Lo empecé a escribir cuando pasaron cinco meses del inicio de la pandemia, cuando terminé el libro sobre el genocidio de los judíos en Rumania, que guardé en un cajón porque no encontraba editor. Casi siempre termino algo y empiezo otra cosa, otro proyecto, por lo general de estudio. Pero esta vez me faltaba energía porque estaba cansado de estudiar. Estudio desde los 15 años. En este momento tengo 73, toda una vida de estudio interrumpida por mi falta de ganas. No puedo dejar de escribir ni de leer pero sí de estudiar, y eso es una revolución en mí. Tengo una mente voraz, que piensa todo el tiempo.

-El libro arranca con una mezcla de quejas, dolores, incertidumbre. ¿Buscaste eso?

-Empecé hablando de cosas que pasaban en mi casa, porque mi casa era el mundo en la cuarentena: los zoom para trabajar, la cocina, la limpieza, la aspiradora, las compras, el baño, la dificultad para abastecernos porque al gobierno de la Ciudad de Buenos Aires se le ocurrió que teníamos que llamar por teléfono para ir al supermercado, la importancia del balcón, de las ventanas, las luces que se veían desde mi casa, muchas luces apagadas, gritos y aplausos en los balcones a médicos y enfermeras, la gimnasia en casa, la música, las series, el mundo de la pantalla, los periodistas que nos humillan con diminutivos, diciéndonos abuelitos. Debatiendo en televisión si debíamos morir porque éramos grandes, para dejar el lugar a los más jóvenes. La tristeza de no poder ver a la gente más querida. Todo eso se compartía con el resto de la humanidad. La pandemia fue una experiencia única, sin antecedentes, con consecuencias que ignoramos. El tiempo era distinto: monotonía, todos los días iguales. Pero esta monotonía era compatible con una altísima intensidad. Intensa y siempre igual. Así se hizo el diario, que lo terminé en enero o febrero de este año.

-Estuviste internado en la pandemia. Te operaron del corazón. ¿Cómo fue eso y cómo estás ahora?

-De salud, bien: todo sobre ruedas. Hace un año me di una cuarta vacuna, cuando ya teníamos una vida más o menos normal, pero normal con barbijo, y yo, que nunca tuve problemas importantes de salud, que nunca había pasado una noche en un sanatorio, de repente fui internado, me operaron del corazón, estuve en terapia intensiva, de un día para el otro tuve un cambio total. No podía volver a casa porque mi esposa tenía Covid, no podía mover una pierna por la operación, nadie me decía qué me había pasado, tuve que ir a la casa de mi hija. Después, la recuperación, que la tomé como otra batalla. Me recuperé muy bien, pero la laburé con todo. Hoy juego al tenis, hago una vida normal, pero en un momento no entendía qué había pasado. Era una situación rara porque de algún modo hasta apareció la muerte. Algunos médicos me decían que tenía que cambiar de vida y no entendía nada… si siempre tuve una vida equilibrada, deportiva, sana.

-¿Saliste más sereno de esas situaciones?

-A mí la serenidad no me dice absolutamente nada. Medité unos años, y a lo mejor lo vuelvo a hacer, pero nunca vi una luz ni tuve la mente en blanco. No creo en esas cosas. La vida para mí no es serena, tiene altos y bajos. Y me interesa más la intensidad que la serenidad. No veo a la vida como un lago ni como un océano embravecido. Y la felicidad es un cuento de hadas. Ahí me aparece el Pepe Mujica porque desde hace un tiempo es parte de una mezcla de política con una cierta sabiduría que imparten los medios de comunicación. Te habla de la vida que vale la pena vivir si podemos ponerle un límite a las ideas que tenemos sobre el dinero, el trabajo, la sociedad de consumo que nos hace perder un tiempo que puede ser disfrutado si vivimos de otra manera. Recordé cuando le preguntaron por la escena más feliz posible y contestó: “A mí lo que más me gusta es comerme un asadito, buscar una sombrita bajo un árbol en una tarde de verano y tirarme a dormir una siestita”. Quería terminar este diario así, aunque aclarando que en mi caso el asado tenía que ser con poco matambrito de cerdo, de la morcilla sólo la mitad y del chorizo la mitad, para asegurarme que iba a despertar después de la siesta. Fue una sonrisa que quise dar porque es lo que merece la vida. La vida, por ahora, merece una sonrisa.

-¿Por qué “por ahora”?

-Porque no me juego a un momento final. Lo poco que sé de la vida me habla de la importancia del azar, de lo imprevisible.

-¿Pensaste cuánto te exponés al ser un libro tan íntimo?

-El otro día un periodista me dijo que no sabía que me gustaba Luis Miguel hasta que lo leyó en el Diario. Estaba sorprendido porque creía que un filósofo escucha Beethoven, Chopin, música clásica. Mi Spotify va de Charly García a Diego Torres. Me gusta la música popular, soy devoto de Bob Dylan y de Leonard Cohen. Pero también me gusta la música para bailar. Hay una imagen del filósofo que lo hace serio y solemne, como juez celestial, censor. Y hay una imagen de mí… yo soy una persona sumamente sensible, de lágrima fácil. Cuando mi hija era chica fuimos a ver El rey león y el que lloraba era yo y no mi hija. Soy muy sensible, amo intensamente a mis hijos, a mis nietos, a mi mujer. Me hieren fácil. Por eso me enojo mucho, porque es parte de la sensibilidad. Reacciono si no tuve una respuesta esperada y si no me quieren o no me reconocen. En el libro aparecen cosas que tienen que ver con el humor, con alguna rebeldía, cosas que en mi imagen pública no se veían.

-¿Dudaste en contar tanto?

-Tuve pudor. Es decir, una cierta inseguridad, la duda de a quién le interesa lo que cuento. Porque en este libro no doy información ni conocimiento, no ofrezco un saber, no hablo de actualidad… ¿a quién mierda entonces le puede importar lo que hice en esos días? Eso es parte del Diario, porque discuto con Mario Levrero, que escribió La novela luminosa, su diario, que menciono en este libro. Menciono mi intimidad pero no me desnudo. Hago un diario vestido, y sin embargo, me muestro. Ahora, hay cosas de mi vida privada que serán siempre privadas. De alguna manera estoy estudiando a Tomás Abraham. A su cuerpo, a su mente, a su corazón y a su alma. Que son las cuatro partes en que divido el Diario de un abuelo salvaje.

-También hablás de lecturas, y no siempre mencionás a escritores de los más formales o filosóficos.

-Es que mezclo y leo de todo. La televisión y las revistas también me nutren. De hecho, escribí La aldea local, que es un libro sobre la tele. Por ejemplo, del Diario de Ana Frank sólo leí las veinte páginas que quería leer. No seguí porque la lectura de esas veinte páginas habían cumplido la función. Me asombró que a los 13 años pudiese escribir así, pero con eso me alcanzó. Lo que llamo filosofía no viene de los filósofos sino de lo que hago con mi pensamiento con cualquier tipo de lectura. Los filósofos me dan muchas cosas, pero también me las dan la televisión, los programas deportivos de fútbol; no concibo a la filosofía que viene de afuera hacia adentro. Incluso mis cátedras y el Seminario de los jueves se basaban en el trabajo colectivo, en el que sólo el 30 por ciento de los participantes venía de la filosofía. El resto eran pintores, dueños de videoclubes. No sirve para nada decir qué hizo Kant, qué hizo tal otro. Lo que me interesa es contar ideas, soy un narrador de ideas. A las ideas me gusta mostrarlas en un mundo en el que nacen, en una historia. Entrar a la filosofía es entrar a un mundo en el que pasa de todo. Busco por todas partes, todo me sirve en la medida en que me genera la posibilidad de formar ideas.

-En la página 166 hablás de los filósofos y de las redes sociales. ¿Cuál es tu opinión sobre las redes sociales?

-El asunto de dar lecciones a la humanidad sobre que estos son tiempos de pobreza, de crisis como nunca se vivió, en los que la juventud no lee, no escribe, escribe mal, que no piensa… Toda esa letanía es un plomazo. Estos sermones permanentes que hace gente que dice ser pensadora, filósofa, que habla de la sociedad del cansancio, que las redes sociales te vuelven pelotudo… antes se decía lo mismo de la televisión, que era la caja boba. ¡Odiar el presente! Son los odiadores del presente. Las cosas son así, las cosas cambian. A lo mejor los que no cambiamos somos nosotros. A algunos no cambiar nunca les parece que está bárbaro: siempre lo mismo, extrañar las utopías de la juventud, todo el tiempo llorar la melancolía. Por algo somos un país tanguero. Tengo una tendencia a buscar siempre algo nuevo, un libro distinto de otro, un tema distinto. Además hay tantas cosas fascinantes. Por suerte mi mente no da abasto con las maravillas que existen y que encuentra. No tengo tiempo para la letanía de ese tipo de moralina y moralismo.

PERFIL

Tomás Abraham nació en Rumania, en 1946. Obtuvo una licenciatura en Filosofía y un máster en Sociología por las universidades Sorbonne-Vincennes, París. Dentro de su obra, compuesta por una treintena de libros, pueden mencionarse títulos como Pensadores bajos, Shakespeare, el antifilósofo, El deseo de la revolución, Los senderos de Foucault, La lechuza y el caracol, Platón en el callejón, Mis héroes, Historias de la Argentina deseada, La dificultad, La aldea local y La matanza negada. Fundó el Colegio Argentino de Filosofía y durante treinta años dirigió el Seminario de los Jueves, un grupo de aficionados a la filosofía con el que también publicó numerosos libros. Es profesor emérito de la Universidad de Buenos Aires.

Por Alejandro Duchini - Para LA GACETA