El (hoy) Museo Folklórico marchaba directo a la demolición. El Estado había comprado la propiedad con la idea de que funcionara como pulmón/salida de la Casa de Gobierno por calle 24 de Septiembre. Pero lo que se produjo fue una reacción ciudadana, nada común a comienzos del siglo XX tratándose de cuestiones patrimoniales. ¡Salvemos la casa del Obispo Colombres!, dijeron los tucumanos, como 100 años después dirían ¡salvemos la Casa Lucci! Y efectivamente, el Gobierno reculó y la construcción se salvó. Pero no era la casa del Obispo, nunca lo había sido. Así, una mentira histórica terminó haciendo el bien.

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El Museo Folklórico permanece cerrado desde 2021. El interior es un incesante ir y venir de obreros, abocados a la delicada misión de restaurar uno de los espacios domésticos más antiguos de la capital. Al igual que la peña El Cardón, la casa de 24 de Septiembre 565 data del siglo XVIII. Es un milagro que se mantenga en pie en una ciudad que se sometió a un agresivo proceso de descolonización. Tanta era la aversión a ese período que llegó a promulgarse una ordenanza que desaconsejaba pintar de blanco el frente de las viviendas. Es una lástima que de esa San Miguel de Tucumán multicolor queden escasos registros. Carlos Piñero, encargado del museo, lo llama “la vergüenza colonial”. Sumado al desinterés por el resguardo del patrimonio propio de aquella época, la supervivencia de la casa tuvo muchísimo de azaroso. Sólo un sector del claustro de San Francisco, herencia de la primigenia etapa jesuítica, podría ser más antiguo que el Museo Folklórico y que El Cardón, pero de todos modos son números muy finos. Se entiende entonces la necesidad de esta intervención emprendida por el Ente Cultural en la casa, retazo de una identidad tucumana licuada por la piqueta del tiempo.

MUROS. Conviven el adobe y el ladrillo, hay que tratarlos con cuidado.

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Concretada la mudanza de San Miguel de Tucumán, en 1685, a los vecinos les adjudicaron solares equivalentes a los que poseían en Ibatín. Felipe Martínez de Iriarte era dueño de uno de los más codiciados, frente a la plaza y a pocos metros del Cabildo. Pero el traslado de la ciudad no se había decidido por unanimidad y, justamente, don Felipe no era de los más entusiastas. A él le iba bien en Ibatín, A regañadientes levantó una vivienda en el nuevo solar, pero muy precaria, con la única intención de no malquistarse con la Corona ni terminar despojado del terreno. Eso sucedió en la primera mitad del siglo XVIII. Hasta que en 1799 compró la propiedad Antonio Alurralde.

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No es sencillo intervenir construcciones próximas a cumplir 300 años. Es la edad de algunos sectores del Museo Folklórico, sobre todo los más cercanos a la calle. “La mano de obra es de empleados del Ente Cultural especializados en el mantenimiento de edificios patrimoniales”, explicó Martín Ruiz Torres, presidente del organismo. Añade que se gastaron $ 3,7 millones en materiales. No es una situación similar a la de 2011, cuando las cosas se habían puesto realmente feas: los muros del salón principal amenazaban con venirse abajo y hubo que apuntalarlos con muchísimo cuidado. Esta vez se trata de una puesta en valor integral, necesaria y proyectada mirando lo que viene.

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Alurralde era un comerciante próspero y fue quien le dio a la casa las formas y la profundidad que conocemos hoy. Con un detalle: no sólo abarcaba el actual Museo Folklórico, se extendía hacia el este. Atención con este dato. Bien, las herederas fueron las hijas de Alurralde, Tadea y Restituta, protagonistas a su vez de la anécdota/confusión histórica. Fueron ellas quienes recibieron al Obispo Colombres -cuñado de Tadea- alrededor de 1857 y lo alojaron durante algunos meses. Después el Obispo se instaló en su propiedad del futuro parque 9 de Julio (sí, la del Museo de la Industria Azucarera), para morir luego, en 1859, en otra casa que tenía en la calle San Martín. En esa dirección, para más datos, la familia Leiro erigiría el recordado súper Al Hogar Feliz. Hoy funciona un Carrefour.

PATIO PRINCIPAL. Habrá más espacio para los espectáculos.

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La restauración del Museo Folklórico abarca:

1) Los techos de tres salas y de la galería, con la reutilización de las tejas musleras y de los tirantes originales.

2) Revoques, una tarea compleja porque la casa no tiene cimientos y los problemas de humedad son graves. Además, en esos muros conviven el adobe con el ladrillo cocido. Hay que trabajar centímetro a centímetro.

3) Instalación eléctrica completa.

4) Recuperación de las columnas. Se está aprovechando para estudiar allí la técnica de uso de ladrillos redondeados.

5) El patio principal, con la reorientación del escenario. Ya se removió el anterior, ideado en ocasión de la intervención que el arquitecto Ricardo Salim comandó en la década del 80. Ahora la plataforma estará orientada hacia el sur, lo que permitirá albergar más público.

“Los pisos no se tocan”, comenta Piñero. Y cuenta de paso que los del salón principal eran, originalmente, de tierra apisonada y cocinada con brasas, idénticos a los que se hacían en el Valle de Tafí. Eran los que pisaban Alurralde y su prole.

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El (hoy) Museo Folklórico pasó a Tadea y, eventualmente, a su hija Tadea Colombres Alurralde -quien quedaría para vestir santos-. La otra parte de la casa fue para Restituta, lo que motivó que se la dividiera con una medianera. Cada familia en lo suyo, aunque las hermanas dejaron algunos vasos comunicantes con forma de puertas. Con los años, la herencia de Restituta Alurralde tendría un llamativo destino. Una vez vendida y demolida la propiedad se alzó allí El Molino, mezcla milagrosa de sabihondos y suicidas, escuela de filosofía urbana y rito de iniciación adolescente. Entre mesas de billa, snooker y carambola, al ritmo de sesudas partidas de ajedrez y de dominó, con el café y el cigarrillo como alimento, El Molino se erigió como bastión de un Tucumán que ya no existe.

ENCARGADO. Piñero explicó el proceso de restauración.

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A medida que avanzan las obras en el Museo Folklórico, como capas que se desprenden de una excavación arqueológica aflora la historia de la casa: dinteles ocultos, huellas de aberturas luego tapiadas, materiales superpuestos. Se descubrió, por ejemplo, que la casa estuvo comunicada con lo que es hoy el Colegio Santa Rosa. Según Piñero, esa puerta puede datar de la época en la que Elmina Paz Gallo instaló un orfanato al lado. Y se encontraron también restos humanos. “Tal vez correspondan a una monja”, conjetura Piñero.

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San Miguel de Tucumán empezó a cambiar. Tiraron abajo el Cabildo para importar la crema del estilo francés en el diseño de la Casa de Gobierno. El entorno de la plaza Independencia se jerarquizó y cobró fuerza el mercado inmobiliario. Siempre es aconsejable seguir la ruta del dinero. De los Alurralde la casa pasó a los Sal y en 1920 la compró el Estado provincial con el apuntado objetivo de deshacerse de ella. Cuando la opinión pública, subida al prestigio del Obispo, forzó su salvación, instalaron un museo de la Policía que duró pocos meses. También la pensaron como cuartel de bomberos. Un despropósito, inviable desde todo punto de vista. Entonces se decidió que volviera a funcionar como vivienda e instalaron allí a tres serenos de la Casa de Gobierno con sus familias. Cuenta Piñero que un día apareció una anciana, acompañada por su nieta, que entró al museo, dio unos pasos, miró alrededor y anunció: “yo nací acá”. Entonces, mientras narraba su infancia, fue detallando la disposición de los ambientes, qué se hacía en cada lugar y cómo la amenazaban con El Familiar si se acercaba a la biblioteca o a zonas “prohibidas”. Una formidable fuente oral, el sueño de todo historiador.

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Una vez que la restauración esté completa, a Piñero le tocará sacar las piezas guardadas hoy en el área de conservación y armar el guión museográfico. Dispondrá de dos nuevas salas -para un total de seis-, aunque explica que prefiere no recargar el espacio principal; la idea es utilizarlo como salón de usos múltiples. Volverán a ver la luz la parafernalia gauchesca, la platería criolla con su colección de mates y facones, las randas, los instrumentos musicales -incluyendo una quena traversa que perteneció al “Chivo” Valladares-, las piezas de arte religioso, el cuadro de Demetrio Iramain “Descanso de los promesantes” y, cómo no, los amplios espacios dedicados a Mercedes Sosa y a los Tucu Tucu. El riquísimo acervo del museo, que en buena parte no había podido exhibirse, espera su turno.

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El padre del Museo Folklórico es Rafael Jijena Sánchez, un baluarte de la cultura regional que excede la calificación de “experto en folklore” o, sencillamente, folklorólogo. Fue Jijena Sánchez (1904-1979) quien se interesó por la casa, quien impulsó su transformación, el que se ocupó de conseguir las primeras piezas y el que terminó fundando el museo. ¿No es un buen motivo para rebautizarlo? Manuel Belgrano se llama hoy. Seguramente Belgrano, depositario de innumerables honores, vería con buenísimos ojos que el Museo Folklórico lleve el nombre de su autor material e intelectual. Y sería también un más que justificado homenaje a Jijena Sánchez, una de esas figuras de la cultura que van quedando atrás. O directamente olvidadas.

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Durante mucho tiempo una plaqueta malinformaba en la puerta del Museo Folklórico que la casa había pertenecido al Obispo Colombres. Se la quitó oportunamente, pero en el imaginario quedó instalada esa idea. La casa en la que el Obispo vivió brevemente y de prestado, queda claro, era de su cuñada Tadea Alurralde. Casa que en 1943 recibió la declaratoria que la convertía en museo y que en 1945 abrió sus puertas al público. Casa que fue objeto de toda clase de remodelaciones y hoy está siendo puesta en valor con la idea de una pronta reapertura. Seguramente será antes de fin de año. Y así como la historia está colmada de anécdotas y mentiras blancas, también es rica en coincidencias. Se están cumpliendo 80 años de esa declaratoria con la que nació el Museo Folklórico, y se da el caso de que el 24 de septiembre de 1943 se inauguró la Casa Histórica. 80 años.