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De lo que durante años fue el comedor de diario de la casa de su mamá -en la que creció, se educó y seguramente soñó con un futuro promisorio- hoy no queda nada. Como una metáfora del fracaso argentino, esa habitación que da a la calle de un barrio residencial de clase media e inclusive media alta de San Salvador de Jujuy hoy está ocupada por un horno de tipo industrial, una mesada, una heladera, una pequeña repisa que hace de escritorio y en la que se apoya una computadora en cuya pantalla aparece el WhatsApp Web. Del otro lado de la ventana, tres cadetes esperan órdenes para salir a hacer repartos. Si hace un balance de su vida, con 40 años, Andrés Ernesto colecciona decisiones que podrían definirse como extremas: una de ellas fue la de pasar a la “clandestinidad”. Es decir, reabrir la pizzería en la que alguna vez recibió clientes con mesas a la calle, pero esta vez en la casa materna, fuera del sistema, en “negro”. Asegura que, de ese modo, puede eludir la asfixiante maraña de tributos, impuestos y coimas que antes debía pagar (cuando trabajaba en “blanco”) y generar cierta rentabilidad que haga viable el negocio. Ocurre en un contexto atroz en el que llevarse al bolsillo apenas unos $60.000 mensuales puede considerarse como una bendición (ojo: una familia tipo necesita casi $90.000 para no ser pobre). Sabe que la informalidad acarrea consecuencias financieras, legales y también emocionales. Una de ellas es la aplastante confirmación de que no hay otro proyecto que vivir el hoy sin muchas más expectativas que mantener un equilibrio delicadísimo entre las ventas y los vertiginosos aumentos en los precios de los insumos. Así, este emprendedor egresado de la universidad como Licenciado en Comunicación Social y con estudios de posgrado (hasta ahora inconclusos) en Recursos Humanos maduró otra decisión límite: la de partir a Europa en busca de la nacionalidad italiana y, en lo posible, de un nuevo futuro laboral.

Contar la historia de este jujeño que estuvo radicado en Tucumán por casi una década no tiene como objetivo justificar la evasión -no faltará el militante que así lo afirme-, sino tratar de entender la realidad que atraviesan miles de argentinos (tucumanos incluidos) a espaldas de dirigentes que insisten con recetas que parecen condenadas al fracaso. A la luz de su historia, al protagonista de estos párrafos se lo puede definir como emprendedor: una persona creativa, con capacidad para reinventarse y con una envidiable voluntad para moldear su futuro sin depender de otros (mucho más si esos otros tienen alguna vinculación con la política). “¿Qué mejor sueño para cualquier emprendedor que estar seguro, tener todo en regla sin correr riesgos de clausuras y multas? Pero el sistema te asfixia con los impuestos y te deja siempre al borde del abismo”, reflexiona desde Italia, donde intenta trazar un futuro distinto (el delivery de pizzas quedó a cargo de su socio).

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La suya es una historia más (con matices, claro) entre las de miles de argentinos que se van cayendo del sistema empujados por circunstancias que, en muchos casos, no pueden manejar. Es un fenómeno cruel: afecta a los más pobres, que subsisten como pueden a espaldas de una sociedad y de un sistema político que, en muchos casos, se aprovecha de ellos. También a aquellos que posiblemente tuvieron más oportunidades, pero a los que el deterioro de un país en decadencia fue dejando al margen de todo. Empresas y negocios que cierran como consecuencia de las crisis, el empleo estatal como una panacea, pocos incentivos para invertir y emprender, muchas exigencias legales y tributarias para emplear trabajadores, sueldos míseros (muchas veces con altos porcentajes en “negro”), la normalización de la corrupción, pésimas gestiones políticas (desde la cuarentena hasta la administración económica) una inflación cruel, la poca o nula voluntad para combatirla y la consecuente falta de perspectivas sobre el futuro son algunos de los factores -entre muchos otros- que seguramente inciden en este deterioro.

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Si en circunstancias normales (es decir, en un país con previsibilidad y con una economía ordenada) a un trabajador le dieran a elegir entre desempeñarse en “negro” o en “blanco”, posiblemente elegirá esta última opción, porque las ventajas son muchas. El problema es que en la Argentina de hoy ya casi no hay alternativas: de acuerdo con la Organización Internacional del Trabajo (OIT), el 82% de los trabajos surgidos en el país entre el segundo trimestre de 2020 y el año pasado es informal. Es decir, ocho de cada 10 nuevos empleos. Esto tiene su correlato en Tucumán: a diciembre del año pasado, el mismo porcentaje de empleados jóvenes (entre 18 y 24 años) estaba en negro, según el Instituto de Estudios sobre la Realidad Argentina y Latinoamericana (Ieral). Dato mata relato: el rebote económico que se produjo tras el fin de las restricciones generó una recuperación en el empleo, pero también un incremento brutal de la precariedad laboral.

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¿Qué incentivo puede tener una persona para emprender? ¿Por qué razón se animaría a invertir capital si el escenario es tan incierto? ¿Cómo se puede desarrollar un plan de negocios más o menos lógico si es imposible calcular el precio que tendrán los insumos inclusive en el corto plazo o si debe prever un costo laboral casi insostenible? ¿Qué puede empujar a una persona a contraer deudas para iniciar un negocio cuando la provisión de algo tan esencial para muchas actividades, como el gasoil, está en dudas? Podríamos seguir enumerando preguntas difíciles de responder. Sin embargo, vemos casi a diario que hay argentinos que se arriesgan y que a fuerza de trabajo, creatividad y empuje intentan sacar adelante emprendimientos de todo tipo (industriales, agropecuarios, financieros, comerciales, tecnológicos). Pero en este país de contrastes inverosímiles somos, al mismo tiempo, testigos del cierre de empresas que fueron asfixiadas por bloqueos sindicales, de una descomunal presión tributaria que se puede incrementar en cualquier momento (más de 160 tributos, tasas y contribuciones pesan sobre nuestros bolsillos), del ataque permanente que realiza un espacio político hacia el sector privado, del abismo que existe entre las prioridades que demuestran quienes detentan el poder -y se pelean por él- y las de millones de personas que observan azoradas cómo los indicadores sociales y económicos nos dicen que mes a mes nos volvemos un poco más pobres…

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Quienes estuvieron en el aeropuerto internacional de Ezeiza en el último tiempo dicen que el paisaje es desolador. Llantos y abrazos interminables se han vuelto habituales en un espacio al que hasta hace no mucho se solía relacionar con la alegría o con las expectativas que suelen generar los viajes. Hoy constituye la puerta de salida para muchas personas que, como Andrés Ernesto, deciden partir con la ilusión de no verse arrastrados por la espiral descendente en la que se desliza el país. Y esas despedidas, que implican la incertidumbre de un regreso que quizás nunca se concrete, son brutalmente dolorosas. Ya lo dijo en este mismo espacio el columnista Guillermo Monti: “mientras Argentina no vuelva a ser esa tierra de oportunidades que soñaron Alberdi y Sarmiento la emigración no se detendrá”. Es que la situación es tan compleja como triste: quedarse implica vivir expuesto a la posibilidad de ser empujado fuera del sistema de un momento a otro. Frente a esto Ezeiza se transforma quizás en la única alternativa válida para muchas personas ¿Alguien puede culparlas?

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