Tomemos, por ejemplo, un clásico cualquiera de la literatura universal. O de la música. O la pintura. Es la obra. La obra que se convierte en un clásico porque su calidad resiste al paso del tiempo. Pero también, aunque pueda sonar contradictorio, porque suele reflejar de modo notable ese tiempo que le tocó vivir. En el deporte, el clásico tiene otra característica. Para ser un clásico se precisa del rival. Y, además, todos los capítulos del clásico son siempre distintos. Clásico, pero en cierto sentido impredecible. Desde el clásico barrial al Superclásico. Desde River-Boca a Real Madrid-Barcelona. Del duelo que además se renueva porque hay una nueva generación que abre paso: allí está la Fórmula 1 que recomienza este fin de semana con Max Verstappen buscando desplazar otra vez al rey Lewis Hamilton. Y el tenis con el juvenil Carlos Alcaraz ante el eterno Rafael Nadal, duelo español, pero global.

Como sea, el clásico en el deporte siempre necesitará al contrincante. La competencia directa es lo que hace tan distinto y tan apasionante al deporte. Y a veces tan exageradamente brutal. No sólo porque a veces impide al rival ir a la cancha (un clásico del fútbol argentino, estadios sin hinchas visitantes). Tampoco poder siquiera vestir la camiseta rival en algún barrio. El deporte es escenario muchas veces propicio para estos tiempos de odios exacerbados. Pero violencia al margen, la tensión que genera el duelo clásico en el deporte es casi única. Porque suele ser un clima dentro del clima. No importa muchas veces si A llega en un momento de superioridad absoluta respecto de B. No importa porque B siente acaso que no habrá nada mejor que salir de un mal momento ganándole a A. Los rivales clásicos se retroalimentan.

¿Qué hubiese sido de “Leo” Messi si no tenía la competencia directa de Cristiano Ronaldo? ¿De Roger Federer sin Nadal? ¿De Muhammad Alí sin Joe Frazier? En el fútbol, es paradójico el latiguillo del “vos no existís” con el que se pretende descalificar al rival clásico. Podemos cantarlo, claro. Pero, sin él, no tendríamos clásico. “Más triste que perder un clásico es no tener un clásico”, decía el viernes pasado un colega radial. Describía así algunos duelos forzados que programó el fútbol argentino para su fecha de clásicos. Clásicos inventados. Estamos en un torneo novedoso. Aunque lo novedoso dicho no como virtud, sino como carencia. Porque nuestro fútbol celebra torneos novedosos un año tras otro. La desorganización de nuestro fútbol es otro clásico.

El fútbol es un clásico en sí mismo. En sus comienzos, era un clásico ir el domingo a la cancha (sábados si se trataba de los fundadores ingleses). Los partidos pasaron a jugarse todos los días especialmente por la televisión, que comenzó a pagar millones. Todos los días y a cualquier hora porque además había que satisfacer al mercado asiático. Y los Mundiales también cambiaron. De los tradicionales 16 equipos pasarán a 48 en 2026, una Copa que se jugará no en uno sino en tres países distintos (Estados Unidos, México y Canadá). Y con un Mundial próximo que debió ser pasado de junio-julio a noviembre-diciembre para evitar el calor en Qatar. Y la posibilidad de que esos mismos Mundiales cambien y pasen a jugarse cada dos años. Tradición y negocio. El fútbol es un clásico sometido a las leyes del mercado.

Lo clásico del fútbol lo marcan los símbolos. Pero este domingo Boca cambiará por primera vez en la historia para un duelo oficial los colores de su camiseta. Podría haberse pensado en el marketing que impone nuevos nombres a estadios tradicionales y suma colores “al manto sagrado”. Pero no. No es marketing, sino que es “brujería”. O como quieran llamarle al chamán que aconsejó repetir la camiseta amarilla que debutó el domingo pasado con un buen triunfo ante Estudiantes. Acaso la principal novedad de Boca, que venía muy irregular, fue la presencia de “Pol” Fernández como centrocampista. Le dio una circulación distinta al equipo porque “Pol” tiene más recursos que el colombiano Jorman Campuzano. Acaso sea la principal novedad también para el Superclásico que se juega este domingo en Núñez. Porque River, que suele atacar más convencido que todos, lleva varios últimos años jugando mejor que Boca. Pero cada clásico es una historia aparte. Y en esta, más que una camiseta amarilla, Boca avisa que quiere jugar mejor.

Tamaño texto
Comentarios
Comentarios