Cartas de lectores IV: honrar la deuda

30 Nov 2021

Se ha convertido en un slogan filisteo que la propaganda hegemónica ha naturalizado, aquello de que hay que honrar las deudas, en referencia específica a la deuda externa. Con aquella expresión me refiero no sólo a la de los grandes medios dominados por el poder económico sino también a los hombres de a pie, que inadvertidamente hacen de caja de resonancia y transmiten la idea como si se tratara de un punto indiscutible del sentido común. Sin embargo, se trata de una inmoralidad manifiesta. La deuda, es preciso tener en cuenta, irroga en el presupuesto nacional un desembolso superior al tan denostado (aunque en muchos casos justificado) gasto público. No obstante, el hombre de la calle minimiza la importancia de la deuda, hecho nada causal porque el poder real es experto en la manipulación de cerebros. Y es por eso que el gasto público, los planes sociales, etc. están en boca de todos, en especial de la baja clase media hacia arriba, mientras que de la deuda se habla con respeto y hasta con cierta devoción. En ese contexto se impone preguntarnos si la expresión honrar se halla correctamente empleada, en particular en presencia de un Estado acuciado por mil apremiantes necesidades de sus súbditos y contribuyentes, muchas de ella de vida o muerte, como la sanidad y otras que hacen a las más elementales condiciones de vida, como la pobreza extrema. ¿Se comportaría honrosamente, podemos empezar por preguntarnos, un padre que dejara morir de hambre y enfermedades a sus hijos o simplemente lo privara de la educación necesaria para desenvolverse en la vida, sólo para pagar a un Scrooge que en sentido inverso nada en la abundancia, fruto de la acumulación grosera? En nuestro caso, el Estado juega el rol del padre y el 60 % de gente debajo del umbral de la pobreza el de los hijos. Y si desde este punto de vista es inmoral y antes que honrar deshonra, el sonsonete ni siquiera tiene justificativo jurídico, pues está demostrado hasta el hartazgo que se trata de una deuda espuria -contraída, renovada y pagada fraudulentamente mil veces por gobernantes corruptos- y normalmente el acreedor prestamista está siempre al tanto del modo de operar de aquellos; de hecho, sin ellos la deuda no existiría. Y bien, de acuerdo a elementales reglas del contrato de mandato el mandatario, en quien el mandante confía sus intereses (hablemos del pueblo y los impuestos) y aquel entra en connivencia con un tercero para defraudarlo, la causa del crédito de que éste invocara sería ilícita y por lo tanto inexigible. Así de trastocada se halla la mente de los argentinos.

Clímaco de la Peña


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