Una arenga antes de salir a la cancha

Por Juan María Segura - Columnista invitado.

Una arenga antes de salir a la cancha
13 Febrero 2021

Vamos a suponer por un momento que padres y madres de quienes deben comenzar la escuela en breve no comprenden cómo funciona el sistema educativo argentino. Unos porque no pueden informarse y profundizar sobre normativas, regulaciones y leyes, y otros porque sencillamente son perezosos y nunca les llega el momento de leer sobre “esos temas”. Toda la información está en la web y no son tantas las leyes, pero lo mismo da.

También vamos a suponer que ambos grupos, los unos y los otros, están genuinamente deseosos de que la escuela abra sus puertas en breve y se retome la rutina de la presencialidad escolar en el formato que sea. Sea por el cansancio de tener a los hijos encima; por la necesidad de retomar la normalidad de la vida laboral adulta o por las razones que fueren, reclaman que los niños asistan a la escuela física.

Finalmente, vamos a suponer que esos mismos adultos militan la causa de la presencialidad escolar con entusiasmo durante estas semanas, como les sale. Unos, en la sobremesa familiar; otros, subiendo mensajes en las redes sociales; aquellos, adhiriendo a movimientos y acciones de la sociedad civil, y aquellos otros, simplemente intensificando la presión hacia los directivos y docentes de la escuela de sus hijos.

A todos ellos, y también a los que sin intención esté omitiendo, les sugiero que no malgasten el tiempo poniendo la energía en variables que no controlan. La decisión de volver a la presencialidad escolar o de hacer algún cambio estructural en el sistema educativo local es una negociación política relativamente inmune a esta militancia inorgánica y superficial de la sociedad civil argentina. Es por ello que, en cambio, desearía animarlos a que enfoquen su atención en dialogar con sus hijos preparándolos, no tanto para un año escolar que pinta raro, sino más bien para el partido de la vida. ¡Esa conversación sí que tiene sentido!

Imagine a sus hijos en la previa de ese partido, nerviosos en un vestuario lleno de expectativas y esperanzas, enfundados con sus uniformes de batalla (hoy, uniformes escolares…), a punto de salir por el túnel principal del estadio al campo de juego más alucinante, en donde disputarán un partido que no tiene fin. Usted los tiene allí, ellos le están prestando atención pues están inseguros y confían en lo que usted pueda sugerirles. Saben que usted lleva años jugando ese partido, pueden ver sus cicatrices en la piel. En esta situación imaginaria, ¿cuál sería su arenga previa? Estoy seguro de que no les hablaría ni del ministro Trotta, ni de los semáforos sanitarios, ni de nada excesivamente inmediato ni transitorio. Tampoco, espero, les hablaría de sus propias frustraciones. Entonces, ¿cuál sería su arenga? Aquí van algunas recomendaciones.

Primero, que aprovechen los recursos disponibles, que siempre son muchos más de lo que creen. Al partido de la vida se lo juega con recursos competitivos, pero también afectivos, culturales y emocionales. Y es dinámico: el stock de esos recursos varía durante el juego, a medida de que uno juega. A veces hay escuela, a veces no. O sea, uno siempre tiene la posibilidad de incrementar sus herramientas mientras el juego de la vida progresa, aún frente a la adversidad. ¡Aprovéchenlos! Tomen la iniciativa y vayan por todos esos recursos desde el minuto uno, aunque diluvie cuando pisan el terreno de juego. No esperen a que otros lo hagan por ustedes, y mucho menos, se conviertan en expertos en explicar por qué no poseen los recursos que otros sí poseen.

Segundo, que jueguen en equipo. Los equipos son mucho más que la suma de las partes. Los equipos, bien organizados y enfocados, logran epopeyas que superan la capacidad individual de una sola persona: desde inventar una vacuna que cura una epidemia hasta construir el puente que une los continentes; desde descubrir los misterios del universo hasta lograr el aula más estimulante de la escuela. Jugar en equipo nos realiza como colectivo. Somos seres sociales, y nos realizamos acometiendo objetivos que nos desafían en complejidad y escala, y que sólo pueden ser superados obrando en forma coordinada y cooperativa. La vida en comunidad es un proyecto cooperativo complejo que requiere de la concurrencia de jugadores entusiasmados con el juego en equipo.

Tercero, que presten atención al propio estilo de juego. A algunos les saldrá mejor correr por el lateral, a otros le vendrá mejor saltar a cabecear. Unos preferirán la mitad de la cancha, mientras que otros querrán estar en la zona de definición. Unos desearán hablar y dar indicaciones al propio equipo, mientras otros se sentirán más a gusto realizando su labor en silencio. El juego es un extraordinario ejercicio de autoconocimiento, no solo frente a las reglas de juego de la disciplina específica, sino frente a los vaivenes propios del juego. Jugar nos permite conocernos mejor, y eso nos hace mejorar nuestras destrezas para el juego. Sentir las inclemencias del juego, como, por ejemplo, el resultado adverso o las sanciones injustas, ayudará mucho a explorar sobre quién es uno y sobre cómo desea vincularse con ese afuera.

Cuarto, que no presten atención al marcador o el reloj. Esas son convenciones impuestas por el ser humano, reglamentos que jamás deberían inducir en el largo plazo el desarrollo de conductas, actitudes o hábitos formadores del carácter. El carácter del ser humano se forja con hábitos repetitivos buenos, más allá de lo que indique un marcador, más allá del capricho de un regulador. El partido de la vida no tiene plazo y su marcador está siempre abierto. Se hacen y se reciben goles por igual, y cada uno tendrá un significado particular para cada jugador y equipo. El jugador que no aprende ni progresa suele quedarse atrapado entre la confusión del triunfo y la frustración de la derrota. La vida no tiene triunfo y derrota, sino trayectorias y aprendizajes. La escuela ofrece eso, una trayectoria posible, y miles de aprendizajes potenciales, más allá de lo que indique un boletín de calificaciones, más allá del parecer del juez de turno.

Y, por último, que entiendan que el rival nunca es quien se tiene enfrente, sino uno mismo. Se sale a la cancha a superarse, no a superar al rival. Se va a la escuela a desplegar alas, no a aprobar exámenes. Las personas no batallamos contra el 9 o contra la estrategia de juego equis del rival, sino que luchamos encarnizada y conscientemente contra nuestras debilidades, preconceptos, ignorancias, temores, perezas y culturas imperantes. El partido de la vida es, por definición, una carrera de obstáculos contra nuestra propia biología en un entorno que no elegimos. Superarse a uno mismo, más allá de las mochilas heredadas y de los disvalores imperantes, es el mayor atractivo que nos ofrece el partido de la vida.

Si somos capaces de hacer una arenga a nuestros hijos con algunos de estos ingredientes, en la previa del inicio de un año escolar que promete sorpresas, entonces habremos hecho una enorme contribución. Y habremos convertido al tema de la presencialidad escolar en una discusión de segundo orden, jerarquía que creo, le corresponde al tema.

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