El miedo: ese sentimiento globalizado

No sería impropio afirmar que hoy se ha trocado el miedo a la muerte por el miedo a la vida. Podrá argüirse que en toda época y lugar ese sentimiento emocional no sólo existió, sino aún derrotó imperios y anuló conciencias. Pero hoy pareciera que el miedo fuera una constante de este siglo XXI, arrastrando al anterior y potenciando a todo nivel la angustia frente a lo desconocido que plantea la misma realidad de todos los días. Lo invencible de lo desconocido. La temeridad de no alcanzar soluciones al abismo, al vacío, a la nada que atenaza.

13 Sep 2020

J. M. Taverna Irigoyen

PARA LA GACETA / SANTA FE

Miedo al desempleo. Miedo al hambre. Miedo al desastre medioambiental. Miedo nuclear. Miedo a la recesión. Miedo a las invasiones étnicas. Miedo al terrorismo. Miedo al quebrantamiento familiar. Miedo a la devastación de la droga. Miedo a los enfrentamientos bélicos. Miedo a la soledad. Las formas antiguas y las nuevas del miedo no se distancian mucho entre sí; en cambio, cada vez se multiplican más, como si en esta emoción de fuertes enlaces y débiles respuestas residiera alguna explicación de carácter existencial.

Globalizado, el miedo lo penetra todo. Ni el éxito se le resiste, frente al riesgo de la no perdurabilidad. Y buscando la paz como recurso de templanza, se advierte que los dioses ya no son los mismos. Han cambiado los rostros y se los desconoce. El tema, laberínticamente abre caminos impensados. Es que el miedo va hermanado a una degradación de otros sentires, como que –por ser tantas veces un empobrecimiento de la conciencia- no da lugar a la batalla de reaccionar.

Se habla del uso político de los miedos. Lo hace Patrick Boucheron, el historiador francés, especialista en la Italia del Medioevo y del Renacimiento, quien acaba de publicar un libro(1) que reproduce un diálogo vivo entre él y el politólogo estadounidense Corey Robin. Claro está que allí campean no sólo los problemas de comunicación entre naciones pobres y naciones ricas, sino a más los vulnerables sistemas de gobierno que se eligen para dar un hipotético bienestar a los pueblos. No se habla de libertades, obviamente, ni tampoco de aperturas de las comunidades. Todo es oscuro, aunque brillen las palabras; todo alienta a la fe en el futuro, aunque lo individual no importe. Identidades y pertenencias se borran sin dar créditos y aparece un miedo útil, que es el que sirve para la perpetuidad en el poder y para aceptar las estafas democráticas. La construcción política no perdona ni denuncias ni oprobios: se acepta, se deben aceptar, las leyes del sistema gobernante elegido.

El miedo se constituye en una suerte de autodefensa. Todo puede ser peor. Hay que esperar, confiar, aportar los propios medios no sólo laborales, para salir. Y la rueda sigue girando.

Entre tanto, el hombre está solo. Es esta su realidad más patética. Solo para resolver sus propias necesidades, antes que sus propios vacíos. Aunque, como decía Shakespare, lo que atemoriza, es menos horrible presente que imaginario. La mente aumenta el miedo; acorrala.

Alguien, por ahí, expresa que El Estado Islámico es una enfermedad de la modernidad. Asombro para el asombro. Y más allá de manipulaciones colectivas, se manifiesta que el terrorismo es el estado letal y mortal del miedo. Todo tiene su razón de la sinrazón, aunque los argumentos no coapten.

Enfrentar el miedo es lo improbable, frente a la destrucción, a la esclavitud. Asimilar la locura, la postergación y la muerte inventada, todo como una consecuencia. ¿De qué? De un hombre sin destino propio, tal vez. De una sociedad descontrolada, quizá. De un desprecio por la naturaleza y el valor de las edades. De un ya inexistente respeto por el derecho a la vida, tan olvidada.

© LA GACETA

J. M. Taverna Irigoyen – Ensayista y crítico de arte. Miembro y ex presidente de la Academia Nacional de Bellas Artes.

Nota:

1) El miedo. Historia y usos políticos de una emoción (Capital Intelectual).

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