Lealtad que se paga con inversiones y bendiciones

24 May 2020 Por Juan Manuel Asis
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Por si quedaban dudas sobre los motivos reales de la visita de Alberto Fernández a Tucumán, él mismo se encargó de dejarlos en claro cuando en diálogo con periodistas en Las Talitas destacó su agradecimiento a Juan (Manzur) y a Gerardo (Zamora) por el esfuerzo electoral que realizaron para que el Frente de Todos se impusiera en los comicios nacionales de octubre. Una devolución de gentilezas bien propio del estilo peronista en el poder: pagando los favores políticos a los suyos con inversiones para obras públicas; así los anuncios de recursos por más de $ 11.000 millones para la provincia y de más de $ 9.000 para Santiago del Estero, territorio del radical “que piensa como nosotros”, al decir del Presidente. En ese marco de pragmatismo ideológico se comprenden los dardos que lanzó a Macri al acusarlo de no haber pensado en esta provincia justicialista con el desembolso de recursos públicos, detalle para subrayar y justificar su propio accionar ayudando a sus socios olvidados y castigados por Cambiemos. Simple: con los anteriores estuvieron mal, con nosotros estarán mejor; la fórmula tradicional de cualquier gestión y a la que apostó Manzur a partir su explícita lealtad a Alberto desde el mismo momento en el que el ex jefe de Gabinete de Néstor fuera nominado como candidato presidencial por Cristina.

El tucumano fue de los más activos en la campaña pasada y fue el que arrimó, alentó y animó a varios de sus pares para que se sumen incondicionalmente a la fórmula Fernández-Fernández. Ese rol, después de una victoria, es inestimable, no tiene precio. O sí. Por lo que debió ser música para sus oídos escuchar las palabras del jefe de Estado cuando, sentado a su lado, manifestó: Juan hizo que podamos ganar la elección aquí y estar en el lugar donde estamos; mi eterna gratitud por su acompañamiento y amistad. Y no hay mejor forma de expresar gratitud desde una gestión del PJ que meter mano en la obra pública para hacer política y apostar al crecimiento -y también efectuar negocios porque algunos funcionarios no dejan pasar la ocasión para enriquecerse, por cierto-, ya que en este rubro manda la discrecionalidad en cuanto a determinar a quién se beneficia y a quién no. Hay que hacer mérito para ganarse la generosidad del que tiene la lapicera. Siempre. Manzur, en cuatro meses, recibió en dos ocasiones al ministro de Obras Públicas, Gabriel Katopodis, que en ambas vino con anuncios favorables, señal palmaria de que Alberto lo tiene anotado en la hoja destacada de sus afectos.

En el Gobierno estiman que con la ayuda nacional prometida en seis meses se estarían viendo los resultados de la ejecución de los primeros trabajos, convencidos de no hay otro camino para la reactivación del país que destinar recursos a la obra pública. Es impresionante como eso mueve la economía, así salió Alemania, apuntó un legislador para ratificar la línea esperanzadora de esa visión, a lo que puede sumarse la observación de un funcionario del Ejecutivo que ante las dificultades para juntar plata todos los meses para pagar los sueldos afirma que ya estamos en situación de guerra.

Y si bien Alberto vino para explicitar que no abandonará a sus amigos, Juan y Gerardo, también tuvo sus propias razones y necesidades políticas para cruzar la General Paz: mostrar que su gestión no se agota en el coronavirus, que es la imagen que brinda a la sociedad cada vez que aparece con Kicillof y Rodríguez Larreta para extender los plazos de la cuarentena. Y la que por cierto lo potenció positivamente ante la opinión pública. Nada más conveniente que salir a recorrer el país y anunciar inversiones millonarias ajenas a la pandemia para exponer que su gobierno no está encorsetado por lo sanitario, y que el traje de Presidente le da para un poco más que eso.

No es que haya decidido tomar un riesgo, era un paso inevitable, ya sea por consejo o por intuición política, para evitar de que se siga imponiendo la sensación de que está cómodo en medio de la pandemia y que se olvidó de que sus responsabilidades ejecutivas van más allá, como atender y preocuparse por los efectos económicos negativos de la covid-19. Con la visita a Tucumán quiso evidenciar que se encaminó en esa dirección, además de pagar lealtades, de tranquilizar al peronismo y de mostrar que el oficialismo viene actuando unido en la gestión. Fernández, en términos pejotistas, está devolviendo los favores a los que lo llevaron a la Casa Rosada trabajando por la unidad del peronismo, proceso que se está manifestando en su gobierno pese a los distintos espacios hasta antagónicos que confluyen en el Frente de Todos. Para los peronistas tucumanos, Alberto, sin el carisma ni la pasión de Cristina, está cumpliendo bien su misión de conducir el país a partir de su estilo docente y perfil conciliador. Lo respaldan y lo respetan más porque lo ven como un equilibrista que está maniobrando incómodo entre tratar de gobernar y de evitar fracturas en la coalición que está al frente del país. Nada sencillo en medio del default, el coronavirus, la pobreza, la inflación y la devoción por el internismo que tienen los justicialistas.

Respecto de lo último, bien se puede sostener que en su visita a Tucumán, el Presidente indirectamente enfrió un poco más la interna local del PJ al evidenciar en gestos y discursos que es una necesidad de gestión postergar las ambiciones personales y privilegiar la gobernabilidad trabajando con un mismo objetivo, cada cual desde su cargo de responsabilidad institucional y con su propio peso político. La presencia de Eduardo “Wado” de Pedro en Tucumán ratifica ese mensaje: es un hombre del cristinismo que apuntala a Fernández desde el Ministerio del Interior, y que tiene buenas relaciones con oficialistas y con opositores. ¿Para qué vino si no es para simbolizar, más allá de eventuales firmas de acuerdos, que el Gobierno nacional está pensando más en la gestión que en sus divisiones internas? Gestos que deben interpretarse. Quedó más claro cuando Alberto Fernández resaltó que esta vez, dado que están gobernando ellos, si las cosas no se hacen bien, la culpa será de los propios peronistas. Lo que implica avanzar unidos en propósitos. Todo un reto para los compañeros. Todos juntos para las malas, o para las buenas. Mayor mensaje para no descuidar la unidad en la acción, imposible.

Si es por observar consecuencias de esa intención en imágenes, tal vez sirva mencionar que de aquella foto forzada entre Manzur y Jaldo del 21 de abril, donde de los veía hasta incómodos para decir que seguían juntos, después de la visita de Alberto se pasó a una más natural entre el gobernador y el vice, donde aparecen recorriendo una escuela en la zona del Mercofrut. Por razones de convivencia política e institucional debe sobrevenir entre ellos una calma tensa y con una fecha de cese indeterminada. Una paz que será puesta a prueba el año próximo cuando haya que armar las listas de diputados (se renuevan cuatro) y de senadores (se eligen los tres); allí se verá si la sociedad se mantiene firme o se resquebraja más, sabiendo que no pueden darse el lujo de perder esos comicios porque pondrán en peligro la continuidad en 2023. Más aún cuando se debe sumar para apuntalar al Gobierno nacional, ya que no sólo es un plebiscito intermedio de la gestión provincial. Entonces, a imaginarse otra vez la mano de Alberto, y porqué no la de Cristina, detrás del armado de boletas para garantizar la unidad, y la supervivencia del espacio. A buscar apellidos entre manzuristas-albertistas, jaldistas y cristino-camporistas como potenciales aspirantes para cubrir, acaso, esas siete bancas.

Haciendo pie en lo último cabe decir que la tregua política entre el binomio gubernamental no implica que también valga para que algunos laderos librepensadores frenen sus ímpetus y no sigan apostando a la fractura desde las sombras, y por sus propias conveniencias. Debería alcanzarlos, pero no. Como lo resumió un experimentado hombre del interior: cada lado tiene su grupo de calentadores de oreja, y que juegan a la de ellos. Estos muchachos, como suele repetirse hasta el cansancio, son incorregibles.

Sin embargo, si algo quedó claro el jueves es que Alberto está decidido a sostener políticamente a Manzur, y que no lo va a desamparar económicamente por aquella “gratitud eterna”. No puede traicionarlo. En cambio, potenció al tucumano en el plano nacional del tablero peronista y lo consolidó como su aliado. El gobernador no puede menos que festejar semejante muestra de respaldo, porque lo instala en la mesa reducida del Presidente. Si el albertismo llegara a consolidarse como expresión en el peronismo, sumada a la chance de reelección que tiene en 2023, el titular del PE puede seguir sonriendo y barajando alternativas propias a futuro. Es hombre de recambio en el PJ. Por de pronto, ha sido bendecido por su amigo como su referente justicialista en la región y, por lo tanto, como su principal delegado político en Tucumán. Verticalismo que le llaman.

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