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La esencia criolla de Tafí del Valle aún habita en los puestos y sus ruinas

CUMBRE DEL MATADERO. Visto desde arriba, el puesto con sus construcciones y corrales característicos.

La esencia criolla de Tafí del Valle aún habita en los puestos y sus ruinas

El investigador Montilla Zavalía registró la arquitectura de los Valles antes de su conversión al turismo y “rescató” una forma de vida en extinción: la de los puesteros.

18 Ene 2020 Por Irene Benito

Quizá el puesto de montaña haya sido y sea la experiencia de comunión máxima entre los seres humanos y la naturaleza tucumana. La conclusión surge a partir de dialogar con Félix Alberto Montilla Zavalía, un abogado, ensayista e investigador del pasado enamorado de la forma de vida de los puesteros. Como ocurre con todo amor verdadero, Montilla Zavalía se niega a su muerte, y, por eso, en los meses venideros publicará un libro que lo registra en el ámbito de una indagación más amplia sobre la arquitectura y la cultura existente en los Valles antes de su transformación en el destino turístico convocante e inquietante que hoy es. Si bien esa obra incluye las estancias y las viviendas que levantaron los primeros empleados públicos, su aporte más significativo es el estudio de los ranchitos de los cerros habitados por familias portadoras de la esencia criolla de Tafí, que en soledad con la tierra e inspirados por un entorno sublime perfeccionaron los saberes y oficios recibidos de sus antepasados.

El aislamiento en las alturas produjo pastores capaces de construir con adobe y paja; de hacer el queso; de moler trigo y maíz para el pan, y de elaborar sus ponchos, recados, muebles y utensilios. “Lo que se conocía como el puesto eran dos o tres casitas destinadas a la cocina, el granero y la habitación generalmente dispuestas en torno de un patio central con un corral grande y lo que se llamaba ‘sotocorral’ para los animales pequeñitos. La casa estaba encerrada para que los animales no pasaran. Y ahí giraba la existencia del tafinisto del puesto: iba temprano a llevar las vacas y las cabras a pastar, ordeñaba, hacía el queso… Esta era la vida en el período de la veranada, que iba de octubre o comienzos de noviembre a mayo”, relata Montilla Zavalía, que se ocupó de caminar por los cerros; de observar; de conversar con los personajes que se le cruzaban, y de fotografiar y dibujar sus hallazgos, que para el ojo desprevenido podrían ser meras piedras y “escombros” sin mayor significado.

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EN LA CUMBRE MUÑOZ. El interior del puesto Piedra Pintada, a 4.000 metros de altura.

A la veranada le seguía, después de la llegada del ferrocarril al llano (1876), el trabajo durante los meses fríos en la zafra azucarera, que desplazó la actividad ganadera vinculada a la provisión de carne para las minas de Catamarca, de Chile y de Bolivia. “La estación ferroviaria más cercana para el tafinisto estaba en Acheral. De allí iba en una ‘zorra’ al ingenio Santa Lucía: una ‘zorra’ era una línea interna con un vagoncito que transportaba la gente hasta la fábrica, que se usaba también para sacar el azúcar directamente al tren, que es anterior al trazado de la ruta 307. Los tafinistos solían llegar a Acheral por el sendero del Mala Mala (conecta Villa Nougués, Potrero de Las Tablas, Mala Mala, El Alisal y Tafí) o bien tomaban el de La Ciénega (San Javier, El Siambón, Río Grande, La Ollada, Anfama, La Ciénega y Tafí). En esa época, Tafí valía los animales que podía tener y los quesos que podía producir”, explica el investigador en una reunión en el bar Popey situado en una esquina icónica de la villa. Estos productos lácteos eran muy prestigiosos en el extranjero. “Su denominación de origen aludía a ese pasto que se llama algarrobillo, que aparece en toda una franja de los Valles situada entre los 2.600 y 2.700 metros sobre el nivel del mar, como en La Ciénega y Chasquivil. Pero, en aquel momento, decir Tafí era como decir Champagne o Roquefort (localidades francesas identificadas con un vino espumante y una variedad de queso)”, añade.

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EN LA CUMBRE DEL MALA MALA. A 3.200 metros de altura se encuentran estos restos de pircas de lo que fue un puesto.

Los habitantes de los puestos bajaban a emplearse en la cosecha de la caña con sus pertenencias y parientes. Este desplazamiento era un cambio de escenario anhelado puesto que implicaba la posibilidad de conseguir ingresos para el resto del año. Montilla Zavalía recuerda haber conversado con un hombre que iba a caballo hasta Anfama y que le contó la alegría que sentía cuando llegaba la hora de ir al surco: “si tenían suerte, les tocaba una casita y, si no, armaban una de maloja. En esas condiciones, este puestero vivía bien y lo contaba con nostalgia, en especial por la añoranza de tradiciones como el silbato que sonaba cuando finalizaba la zafra”. Era un modus vivendi adaptado a los ciclos de la naturaleza y netamente agrario: se iban de Tafí cuando empezaba la temporada seca; volvían cuando el pasto comenzaba a ponerse verde, y evitaban, de ese modo, el invierno cruento de la serranía.

Ponchito protector
Este pasado ya es parte de “lo que el viento se llevó”. Montilla Zavalía calcula que quedan muy pocos puestos: tal vez no más de 20. “En El Matadero hay dos de Nieva y uno de unos porteños que se establecieron para criar chanchos. En El Muñoz está el puesto de Piedra Pintada de Sequeira, el de González y el los Mamanises, que se llama De las Cuevas… cinco o seis en total. En La Ciénega están quedando alrededor de tres. En El Pabellón, El Ñuñorco y el Mala Mala, que tuvo como seis, ya no hay puestos: sólo ruinas”, enumera. La desaparición obedeció a motivos obvios: la vida y el trabajo del puestero son sacrificados, y las nuevas generaciones los abandonaron.

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EN LA CUMBRE DEL MALA MALA. A 3.200 metros de altura se encuentran estos restos de pircas de lo que fue un puesto.

“En esos lugares fueron quedando viejitos, con sus recuerdos de la veranada y de la zafra. Cuando ellos se iban, los puestos eran abandonados y empezaban a morir también, y consigo moría la cultura criolla porque los hijos de los puesteros dejan de hacer el queso; de hilar sus ponchos y mantas, y de confeccionar los muebles con cedros y alisos, y sus ollas de barro. Ya no existen los ponchos antiguos, que ellos llamaban frazada o frezada, que eran impermeables y permitían afrontar la tormenta que sorprendía al pastorear las cabras. Todo esto se ha perdido y yo lo vi cuando era chico”, dictamina el autor, de 44 años.

Lo que el progreso se fue llevando

Al golpazo del cierre compulsivo de los ingenios en 1966 le siguió la mecanización de la extracción de la caña. El progreso trae cosas y se las lleva: el abogado e investigador Félix Alberto Montilla Zavalía dice que en Tucumán más bien dejamos que se las lleven o se vayan. “No nos ocupamos como es debido del cuidado de nuestro patrimonio cultural material e inmaterial, y, por eso, terminamos siendo una provincia vacía. ¿Qué ves de arquitectura criolla? Casi nada porque no ha habido una política de preservación, a diferencia de Cachi y de, por ejemplo, Cafayate, en Salta. Esta destrucción sucedió en El Mollar, Amaicha y Santa María (Catamarca). Hasta el salteño sencillo tiene en la cabeza el valor de lo propio. Obviamente que el estilo original debía incorporar los beneficios tecnológicos, pero sin suprimir la raíz y manteniendo su amistad con el paisaje. Esto es lo que no sucedió y hoy muy poca gente sabe techar con caña y paja, cada vez es más difícil conseguir quién trabaje la piedra”.

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ILUSTRACIONES. Estancias El Churqui y Las Carreras, con techos de paja.

El inventario de esa forma de vida amenazada -una biodiversidad humana que revela la sensibilidad del poblador de la montaña- es una manera de salvarlo a partir de la palabra. Montilla Zavalía se define como un “culillo” que convirtió su nostalgia por lo que ya no está en un acto de memoria: “es un Tafí que no va a volver porque falta voluntad política. Esto es lo que me inclinó a registrarlo. Antes sólo caminaba y extrañaba los puestos. Después, empecé a dibujarlos, a sacarles fotos, y a imaginar cómo vivían a partir de identificar la acequia y el ojo de agua. Y las redes sociales me permiten difundir estos testimonios. Nuestra cultura no es indígena, ni española, ni italiana, ni árabe, sino una fusión de todo eso: es criolla porque tomó aspectos de diferentes fuentes. El puesto con su típico mortero es el ejemplo de eso. Allí el elemento religioso está muy presente. En cada ranchito había un altar y veneraban principalmente a la Virgen María: tal vez en estos lugares sea una figura más relevante que Cristo”, describe.

En su afán de conservar la huella de los puesteros, este explorador de los Valles que presta servicios en el Ministerio Público Fiscal encontró arte rupestre, restos indígenas y piedras talladas en las que ve intentos de recrear las constelaciones. “No soy astrónomo, pero estoy seguro de haber identificado Las Tres Marías y La Cruz del Sur”, comenta.

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MONTILLA ZAVALÍA. Un enamorado de la vida de los puesteros.

Montilla Zavalía suele viajar solo porque asciende rápido, pero le gusta merodear y detenerse, además de salir del sendero demarcado. Dice que anda por los cerros desde los seis años y que, si bien tiene un sentido de la orientación, sí se perdió. “La neblina desorienta, aunque con calma y con rezos, es posible ubicarse”, prescribe. Asegura que cada una de sus caminatas es como un peregrinaje: “siento el viento, veo la naturaleza, y el conjunto es algo impactante. Marea llegar a una cumbre porque me siento chiquitito frente a la magnificencia de la Creación. Ni te digo lo que pasa en el ocaso: es algo espeluznantemente bello”.

Desapariciones: dos cascos de estancia ya no están

Los edificios de las cinco estancias que quedan en pie en los Valles siguen el patrón arquitectónico que fijaron los jesuitas en el Siglo XVIII. Esas líneas aparecen en forma nítida en los establecimientos de La Banda y Las Tacanas, y menos intensa en los cascos de Los Cuartos (la más nueva), Las Carreras y El Churqui, según el abogado e investigador Félix Alberto Montilla Zavalía. Dice este estudioso del pasado de la zona que se perdieron dos cascos de estancia: el de El Mollar y el de La Angostura. Al respecto, acota: “el primero fue entregado por la familia Frías Silva al Estado en 1973 y quedó botado: hay muy pocas fotos de ese establecimiento, que demolieron en los años 80. También se perdió la estancia de La Angostura situada cerca del cementerio de Ojo de Agua, que se cayó en la década de 1930”.

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EN EL MATADERO. Uno de los puestos, a 2.800 metros de altura.

Con y por el paisaje: la arquitectura del siglo pasado

La arquitectura del Tafí de los comienzos de su desarrollo se componía de los puestos, de las estancias y de las casas que construyeron “abajo”, en la depresión del valle, los empleados públicos que se establecen a mediados de siglo pasado para atender el Juzgado de Paz, la Oficina de Correos, la escuela, etcétera. Félix Alberto Montilla Zavalía, quien próximamente publicará un libro sobre el tema, observa que con esta última vivienda llega la impronta más urbana, pero que incorpora elementos autóctonos, como los techos de caña y de paja, y las paredes de adobe, por la dificultad para traer materiales del llano. “Ya no hablamos de los tres ranchitos separados del puesto, sino de una casa más citadina con espacios integrados, aunque sencilla. A partir de 1940 llegan los arquitectos del bajo y hacen los chalets, con sus propios estilos, que entonan más o menos con el paisaje”, agrega. Aunque advierte que el ladrillo de adobe ha vuelto a ponerse de moda, el investigador cuestiona que un número significativo de estos edificios modernos no haya buscado la integración respetuosa con el paisaje, como lo habían hecho los constructores anteriores.