Cuando el fútbol es un camino de salvación

05 Ene 2020 Por Camila Carceller
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INFERIORES. Imar Pereira (San Martín) y Fabricio Olmedo (Atlético) CAPTURAS DE VIDEO

Salir del pequeño club de barrio, llegar a Primera, ser convocados a la Selección y jugar en un equipo de afuera. Para muchos chicos de inferiores el fútbol es la puerta de salida de una vida plagada de necesidades. El deporte se vuelve esperanza; algo más profundo que el sólo hecho de convertirse en un crack que el mundo idolatre. Debido a ello, deciden vivir por y para él. Y se entregan completamente a esa aventura sacrificada, que podría darle un giro a sus vidas.

Algunos se van de su casa a los 15, a los 16, a los 17 años. Dejan todo; agarran el bolso y emprenden viaje en busca de un club que los “adopte”. Las instituciones que cuentan con albergues facilitan la tarea. Los reciben, los prueban y, si les ven futuro, los alojan.

En Tucumán, los dos clubes más grandes cuentan con ese lugar, y lo ponen a disposición de los adolescentes y de los jóvenes  que quieren vestir sus camisetas. Ambos están ubicados en los complejos de entrenamiento: José Salmoiraghi (Atlético) y Natalio Mirkin (San Martín). Cuentan con habitaciones, baños, cocina, gimnasios, espacios de distensión y personal capacitado para cada área. Estructuralmente, la diferencia se nota sólo en el mantenimiento: el albergue “decano” tiene más antigüedad y está más cuidado en cuanto a pintura y mobiliario; el del “santo” va tomando forma y acomodándose con el correr del tiempo. A pesar de eso, los chicos son los principales responsables de que los lugares persistan en óptimas condiciones.

Las puertas de ambos complejos están abiertas para todos. Hasta el momento, jugadores de Formosa, de Santiago del Estero, de Catamarca, de Salta, de La Rioja pasaron por allí. Un caso de alojado foráneo es el del salteño Imar Pereira (17 años), que vive hace casi un año en el albergue del “Santo”.

“Uno se acostumbra a estar lejos y deja de lado los sentimientos para hacer lo que tiene que hacer, que es jugar al fútbol. Desde que llegué traté de mantenerme todo el tiempo posible acá; vuelvo de vez en cuando a mi provincia”, contó.

Desde muy chico Pereira soñó con jugar a la pelota; y ser profesional es su meta. En Salta residía en un barrio muy humilde, zona donde aún siguen viviendo sus padres y hermanos. Cuando dice que haber venido a Tucumán fue la apuesta a una posibilidad que los puede salvar suena la voz de una persona que vivió varios golpes.

“Siento que todo lo que hice, por todo lo que pasé, haya perdido o no, lo tenía que pasar. Quiero ser jugador profesional para comprarles una casa a mis papás y sacarlos del lugar donde vivimos”, confesó.

Un caso similar es el de Fabricio Olmedo, su par “decano” que llegó hace seis meses de Clorinda, un pueblo de Formosa. “Vine porque sabía que si me quedaba allá no iba a llegar a ningún lado -explicó-. Debía salir de mi pueblo para ser alguien. Los primeros meses me costó mucho adaptarme; acá todo es distinto. Pero con el tiempo lo logré”.

Pasan los años, y en los jugadores se repite la frase quiero regalarle una casa a mi familia. No importa el lugar ni la época. Para los jóvenes, el deporte sigue siendo la llave a una vida sin pobreza, de un día a día en el que se puedan dar gustos y no falte el pan en la mesa.

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