Somos lo que pintamos

09 Mar 2019 Por Federico Türpe

“Pinta tu aldea y pintarás el mundo”, escribió a fines del Siglo XIX el monumental escritor ruso León Tolstói.

Aunque el autor de Ana Karenina se refería metafóricamente a la literatura -de hecho, esa frase se ha convertido en una de las lecciones básicas para todo escritor novel-, no dijo “describe tu aldea”, sino que prefirió decir “pinta”.

En una conferencia sobre los vínculos entre la pintura y la literatura, del escritor Isidoro Blaisten, que leyó en 1999 en el Museo Nacional de Bellas Artes, y que recordó el diario La Nación en 2005, por el primer aniversario de su fallecimiento, este maravilloso cuentista recordaba que “para José Hernández, los versos son pintura. Una permanencia perpetua basada en la estabilidad, inmune al tiempo. Dice Martín Fierro:

Lo que pinta este pincel, ni el tiempo lo ha de borrar.

Y además hace una defensa del talento, una reivindicación del oficio, y agrega: No pinta quien tiene ganas, sino quien sabe pintar”.

No se conoce si fue la frase de Tolstoi la que inspiró al maestro de escuela Slamet Widodo, pero lo cierto es que él pintó su aldea y, como si fuera una obra de un gran artista, puso sobre ella los ojos del mundo.

La escuela que dirige Slamet está en un pueblo que es muy, pero muy pobre, en el centro de la Isla de Java, en Indonesia. Era el equivalente a lo que en occidente se conoce como una villa de emergencia, o un barrio marginal. Un conglomerado gris y oscuro de unas 300 casas, rodeadas de miseria, basura, violencia y narcotráfico.

Inspirado en la experiencia de otros tres pueblos de Indonesia que habían encarado proyectos similares, Slamet sintió la necesidad de mejorar la calidad de vida de su villa natal y propuso pintar todo el pueblo con muchos colores estridentes.

Pidió apoyo al gobierno del distrito de Semarang, capital de la provincia de Java Central, y con sólo 22.000 dólares (menos de un millón de pesos) se produjo el milagro.

Hoy las casas están cubiertas de colores brillantes, murales artísticos, banderas y obras y esculturas de tres dimensiones. En menos de un mes dejó de ser una villa y pasó a ser Kampung Pelangi (el Pueblo del Arco Iris), una de las principales atracciones turísticas de esa zona de Indonesia.

Se hicieron algunos trabajos rudimentarios de revoque en paredes, pasillos y veredas y el resto fue arte y pintura.

El cambio no fue sólo estético, sino que se produjo una revolución en todo sentido. Se catapultó el ánimo y la alegría de los vecinos y desde 2017, cuando se pintó el pueblo, el turismo local e internacional no dejan de crecer, mientras el valor de las propiedades se ha multiplicado varias veces.

Los viajeros que llegan desde Yakarta, la capital del país, situada a 20 kilómetros al norte de Kampung Pelangi, se encuentran con una hermosa postal de colores en mitad de la selva, mientras que antes evitaban detenerse allí a como dé lugar. Todo gracias a unos litros de pintura.

El turismo ha generado decenas de fuentes nuevas de trabajo: hay guías para los visitantes que recorren los pasillos y se sacan fotos en cada rincón, hay quioscos, almacenes, farmacias, puestos de venta de artesanías y hasta casas de comida y hostales para los que deciden quedarse.

Cuentan que ahora los vecinos mantienen la limpieza, el orden y cuidan la seguridad, para que los visitantes, que no son otra cosa que una importante fuente de ingresos, se sientan tranquilos.

Ahora el gobierno ha comenzado a mejorar la ruta que une ese pueblo con la capital del país, debido a que se ha intensificado el tráfico. Una mejora empuja a la otra.

Con sólo un millón de pesos lograron poner a una villa de emergencia de las afueras de Yakarta en los folletos turísticos de Indonesia y cada vez más en las agencias de turismo de todo el mundo. Ya se habla de Rainbow Village...

Un millón es el equivalente a lo que la Legislatura de Tucumán gasta cada dos horas, a razón de casi 12 millones de pesos por día, con un presupuesto de 4.200 millones al año, de los cuales el 90% se va en sueldos.

Es curioso que por más que se busca en internet, el único nombre que trascendió de este milagro indonesio es el del maestro de la escuela que tuvo la iniciativa, Slamet Widodo. En ningún lado aparecen el gobernador, ni el intendente ni mucho menos legisladores o concejales.

Aquí seguramente lo primero que harían nuestros políticos sería la foto con el maestro, luego se gastaría el triple de pintura que la que usaron en el Pueblo del Arco Iris, y finalmente no se pintaría ninguna casa.

Mil veces ha quedado demostrado que no hace falta dinero para generar revoluciones socioculturales, porque incluso hasta con donaciones se pueden obtener más fondos que los necesarios, sino que se trata de voluntad y vocación de servicio, algo que la política argentina ha perdido hace mucho tiempo, para dar lugar a Pymes generadoras de empleos improductivos y negocios particulares, mal llamados partidos políticos.

“No se les cae una idea”, afirmó esta semana un recién lanzado candidato a intendente por la capital. Y tiene tanta razón... Lo que sucede es que es imposible que una idea “se caiga” de una cabeza que está ocupada en otros asuntos, como roscar acuerdos, armar acoples, conseguir fondos y más fondos con voracidad, conspirar contra el adversario, y de ser posible, hundirlo. Cuando no están ocupados en pintar perros.

Muchas de las grandes ideas que se ven en las ciudades y pueblos más hermosos del mundo son gratis, o casi. Con dos cadenitas o un par de caballetes se transforma un caos de ruido, combustión y congestión en una peatonal. Y con 20 cadenitas inventás “el centro de las peatonales”, o “un domingo sin autos”, como ocurre en los centros comerciales de decenas de ciudades del mundo.

Con unas latas de pinturas podés crear “el barrio de las bicicletas” y con un poco más de pintura y de voluntad, hasta podés soñar con “la ciudad de las bicicletas”.

Con 100 árboles podés fundar “La calle de los Eucaliptus”, que es paralela a “La calle de los Lapachos”, que cruza “La avenida de las Palmeras”, que a su vez es perpendicular a “La diagonal de los Robles” o al “Boulevard de los Jacarandás”.

Además de reforestar las ciudades tucumanas -algunas lo piden a gritos-, generás identidad en calles, sectores y barrios que no la tienen.

No es lo mismo vivir en el Barrio 140 viviendas o en el Barrio 250 viviendas que en el Barrio de los Jacarandás, la Calle de los Pintores, la Peatonal de las Rosas, o frente al Paseo de las Vidalas.

Se genera identidad, pertenencia y autoestima. Uno de los obstáculos más complicados de superar cuando se está en situación de pobreza es la falta de autoestima y de energía para salir de la impotencia y de la frustración. Es un espiral descendente que no se detiene jamás.

“No sé quién descubrió el agua, pero seguramente no fue un pescado”, sostenía Marshall McLuhan.

No nos referimos a plantear grandes obras, como solucionar la epidemia séptica de las aguas cloacales que corren por toda la ciudad, ni de soñar con trenes urbanos ni de recuperar el río Salí, sino de visiones estratégicas, de miradas a largo plazo en medio de tanta miopía, y de entender y aceptar que para que la gente quiera y cuide su entorno, primero el entorno debe querer y cuidar a su gente. Y en Tucumán el odio es mutuo.

Sostenía Blaisten en esa conferencia magistral de hace 20 años, que “la visión va más allá de la vista. En la Biblia está escrito: “Donde no hay visión, el pueblo perecerá”. Esta visión no se refiere sólo al espacio, sino al tiempo. Visión en el sentido de anticiparse, de entrever, de vislumbrar.

No es ver, es visionar, como hizo Slamet Widodo, que tuvo una visión estratégica, más allá de lo que sus ojos estaban viendo con profundo dolor.

Y nadie “lo pintó” mejor que Vincent van Gogh, cuando dijo: “el molino ya no está, pero el viento sigue girando”.

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