La otra preocupación del poder económico

07 Dic 2018

Parece una contradicción. Pero el subtrópico tiene su propia lógica. Por eso ahora que comenzó diciembre, el mes del solsticio de verano, cuando el sol alcanza su mayor altura del año en el firmamento, y cuando los días son más largos que en cualquier otro momento, el poder ha escogido la noche para dar a conocer parámetros estructurales de su presente. Y del urgente devenir durante 2019, ese año que aquí -coherentemente- queda cerca, tan lejos.

Las del martes fueron cenas criollas en dos domicilios con historia. Uno fue, durante el gobierno anterior, el ombligo del oficialismo. El otro es, hoy, el epicentro del poder político. En la residencia sobre la calle Martín Fierro, el senador José Alperovich convocó a los suyos a una comida para saludarlos antes de viajar a Estados Unidos. Fueron menos que de costumbre. Igualmente, el parlamentario nacional les encomendó evitar confrontaciones hasta su retorno. A unos pocos pasos de allí (una caminata de siete minutos de distancia), en su propio hogar, el gobernador Juan Manzur fue el anfitrión del vicegobernador, Osvaldo Jaldo, y de los 15 intendentes peronistas. El dueño de casa, en resumidas cuentas, les dijo que no quiere dobleces, ambages ni tibiezas: o son parte integrante del proyecto político que va por la reelección del binomio gobernante en agosto, o se mandan a mudar del oficialismo. De postre les sirvió una aclaración: la de que Alperovich, para su gestión, es exactamente lo mismo que el intendente capitalino Germán Alfaro, que la senadora Silvia Elías de Pérez o que el diputado José Cano: un dirigente opositor. Así que el ex mandatario merece, les explicitó, el mismo trato que los otros adversarios.

El jefe del poder político, junto con su compañero de fórmula, sonó temible. 24 horas después, no muy lejos de ahí y también durante la noche -aunque esa fue lluviosa-, los miembros del poder económico hablaron de sus temores.

Discurso

Un salón de fiestas sobre el Camino del Perú, la frontera entre San Miguel de Tucumán y Yerba Buena, fue escenario el miércoles de la mayor concentración por metro cuadrado de empresarios de esta provincia. Se convocaron para participar de la cena anual de la organización que ellos mismos concibieron hace 33 años: la Fundación del Tucumán.

La velada fue inaugurada con el discurso del presidente de la institución, Virgilio Raiden, quien expresó la primera preocupación masiva de los comensales. La más conocida. Para decirlo con sus palabras, “el escenario complicado en el país para la actividad privada”.

“En esta Argentina en crisis, ¿es disfrutable ser empresario, es posible ser emprendedor, con un Estado que te ahoga, que obstaculiza y que no protege la actividad privada?”, preguntó el titular de la entidad. Recordó que en el indicador del Banco Mundial de “Facilidades para hacer Negocios”, en lo alto del ranking latinoamericano se hallan México (puesto 49), Chile (44) y Perú (58); mientras que la Argentina estaba “peleando la tabla del descenso” con el lugar 117.

Precisó, además, que desde 2014 “tenemos una tasa de mortalidad de empresas mayor que la tasa de natalidad”. Es decir, que desde hace cinco años son más las firmas que cierran que las que nacen. El indicador, sentenció, no es una casualidad, sino que encuentra contexto en las tasas de interés, pautadas por el Gobierno nacional, y por la alta presión fiscal, cuestión que apunta al Gobierno de la Provincia.

Pero en el preludio del brindis, durante la recepción en los jardines, mientras conversaban de pie, los empresarios y las empresarias que no lograban ponerse de acuerdo acerca de si la cumbre del G20 arrojó un saldo positivo para la Argentina, o no, coincidieron en una preocupación. Absolutamente común para el común de los tucumanos, pero ciertamente no al nivel de las mujeres y de los hombres de negocios de la provincia. O al menos, no hasta ahora. Mientras la tormenta caía, unánime, acordaron que la inseguridad (y el narcotráfico, como uno de sus alimentos esenciales) es su otra consternación.

Testimonio

Referentes de la producción, que llevan adelante emprendimientos en los bordes del Gran San Miguel de Tucumán, reconocieron que la marginalidad que impera -precisamente- en esos márgenes se ha transformado en estos meses en tema de agenda para su sector. Y advirtieron que sufren ataques que persiguen provocar daños en la actividad.

Otros aportaron que, en los últimos tiempos, se han registrado casos en los que, además del vandalismo, se pasó a la agresión física contra empleados.

También encendieron la alarma los que han sido víctimas de robos. Precisaron que las denuncias formuladas ante la Policía a menudo no dan resultado, así que ellos mismos deben hacer el trabajo de la fuerza de seguridad en materia de averiguaciones y determinar dónde está el objeto. Los uniformados realizan luego el operativo, recuperan lo sustraído… que al poco tiempo es robado nuevamente, aunque la reincidencia del atraco es acompañado de mayores daños a la propiedad. “Pareciera que el mensaje que nos da la delincuencia es que lo que está robado ya está robado, y que cuando queramos recuperarlo va a ser peor para nosotros”.

Entre quienes trabajan durante todo el día y se retiran de sus oficinas cuando ya es de noche, surgió el contrapunto acerca de si debían contratar custodia armada (en definitiva, policías), o no. La desconfianza por la fuerza de seguridad es el mayor “pero”. Temen que la “solución” termine deviniendo “problema”: el de contar con agentes de civil que, al poco tiempo, conozcan en detalle los “movimientos” de la empresa y del jefe.

“Naturalizamos que, en las esquinas con semáforos, sea habitual que te revienten una ventanilla para robarte la cartera, la mochila o el maletín. Entonces manejamos con esos elementos en piso, para que no queden a la vista. Y hacemos polarizar los vidrios de los vehículos, aunque de noche nos afecte la visibilidad. O sea que asumimos que ese delito llegó para quedarse y nos adaptamos a esa barbaridad”.

Precisamente, la aparente condición de adictos de muchos de los que protagonizan los atracos en la vía pública llevó a la denuncia de varios empresarios respecto de que el Gobierno nada hace para combatir a fondo el escarnio del narcotráfico. Particularmente, el consumo de “paco” (residuo de pasta base de cocaína).

“Aplaudimos que el Gobierno de Manzur tenga como uno de los ejes de gestión las giras internacionales para promocionar Tucumán y propiciar negocios. En general, nos ha invitado, en diversos viajes, a la mayoría de los que estamos acá. Lo que falta es una política local contra la inseguridad. Si la promoción mundial de Tucumán es su mayor acierto, combatir eficientemente la inseguridad es hasta ahora la mayor deuda”.

No faltaron los que, directamente, responsabilizaron a la Policía por el recrudecimiento del narcotráfico, pero no por falta de idoneidad sino por connivencia con los mercaderes de la muerte. Es decir, por sacar réditos de ese negocio que consiste en vender suicidio en dosis, a cambio de lo cual, sostienen los “clanes” tienen contactos y hasta “socios” entre los uniformados. Y no entre los del escalafón más bajo, precisamente.

“Pero el problema de la droga no es un problema de las clases bajas. De todas las barbaridades que le escuché decir al diputado ese de la campera amarilla (Alfredo Olmedo), oí una verdad incontrastable: que el problema de las drogas empieza por las clases medias y altas. Y porque es así, justamente, ni el Gobierno nacional ni el Provincial quieren hacer nada, porque implica ir en contra de las clases sociales de las que provienen los propios gobernantes”.

Desafío

Ahí, justo antes de pasar a la cena, terminaba de hacerse visible, desde el mosaico de testimonios y de opiniones, el verdadero riesgo que encarna el fracaso crónico de los sucesivos gobiernos, federales o locales, en el combate contra la inseguridad.

Tras décadas de desgobierno en materia de seguridad, la cuestión ya ha dejado de ser una brutal pero limitada “guerra de pobres contra pobres”, como advirtió uno de los comensales. Ahora es un escarnio consuetudinario. Y ese trauma ha sido históricamente, y es hoy en el presente más quemante, una de las vías hacia el populismo.

Que se entienda: no los neopopulismo como los que surgieron durante la década pasada en América Latina. Sino de los populismos clásicos. Los populismos que fueron marcadamente ultranacionalistas, y luego profundamente antidemocráticos, y simultáneamente violentos de manera criminal, y después depravadamente xenófobos, y más tarde fatalmente genocidas.

Esos populismos gozaron, en la movilización, del apoyo masivo de las masas. Y del consentimiento, en diferentes grados, de las elites intelectuales de las clases medias y de las elites industriales y materiales de las clases altas. La Argentina y Tucumán, afortunadamente, parecieran no estar cerca de ese quebranto. Pero tampoco parecía estarlo Brasil hasta que llegó Jair Bolsonaro con su prédica de lo peor. Ahora sólo resta esperanzarse de que se haya tratado sólo de una estrategia electoral. Porque si cumple lo prometido, advendrá una hora oscura para la potencia de la región.

En la Argentina, la sucesión ininterrumpida de políticas de seguridad que sólo han logrado un demencial crecimiento de la inseguridad se encamina a ser una pradera roturada para que un profeta de la antipolítica se presente a sembrar el odio.

Justamente, los protagonistas de las cenas de esta semana en el oeste de Gran San Miguel debieran ser también los articuladores de soluciones de amplio espectro. El Gobierno es el gran responsable de la seguridad y de encontrar las políticas para asegurarla. Pero para ello debe ir infinitamente más allá de las medidas sintomáticas, destinadas a la mera represión del delito callejero. La Argentina ha pasado de gobiernos kirchneristas que, directamente, optaron por negar el oprobio de la inseguridad, a una gestión macrista que aprueba un protocolo de uso de armas de fuego para las fuerzas federales sobre el que ya se ciernen planteos de inconstitucionalidad y denuncias penales.

Ya la historia reciente de occidente es suficiente muestrario del fracaso que implican el clientelismo, el negacionismo, la mano dura y la demonización.

Para que haya menos inseguridad debe haber menos desigualdad en la distribución de la riqueza. Como ya se ha dicho muchas veces aquí, hay países más pobres con tasas de criminalidad más bajas que la Argentina. Y ahí, en la necesidad de construir comunidades más justas y más dignas, es donde el empresariado, el gran generador de la riqueza legítima de esta provincia y de este país, puede hacer enormes aportes. Y en esa cooperación es donde los Gobiernos pueden encontrar soluciones de fondo.

Como fuere, los escarnios ya están tocando a las puertas de los dos.

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