“Los nazis nos iban embruteciendo de a poco”

Reproducimos una conversación con David Galante, sobreviviente de Auschwitz, que tuvo lugar en Tucumán a comienzos de mayo de 2005

29 Jul 2018

Dolor. Ausencia. Hambruna. Sufrimiento. Miedo. Soledad. Terror. Frío. Aniquilamiento. Angustia. Muerte. También esperanza… se asfixian en una letra y tres números. La bestialidad nazi espanta a la vida. Tal vez el fin de los tiempos sopla en cuarteto en un campo de concentración. Todas las noches, en las barracas del oprobio, el B7328 dibuja un rezo en el insomnio. En la reverberación del alba, siente que va a poder vivir un día más en Auschwitz. Cuando la libertad le tuerce el brazo la mutilación y le devuelve la identidad. Mayo de 2005. Los 79 años del sobreviviente David Galante hablan entre pausas y silencios. Invitado por la Delegación de Asociaciones Israelitas Argentinas, ha llegado a Tucumán para dar su testimonio sobre el holocausto. Viendo caer la noche en el parque 9 de Julio a través de los ventanales de un hotel, se desarrolla esta charla.

-  ¿Cómo era su vida antes de la barbarie nazi?

- Soy un sobreviviente de Auschwitz. Soy oriundo de la isla de Rodas y somos descendientes de aquellos judíos que expulsaron de España en 1492 y se dirigieron a Italia, Holanda, Francia, a los Balcanes, que en esa época formaban parte del imperio Otomano. La isla fue ocupada por Italia en 1912; vivíamos alrededor de 1.800 judíos. Hasta el año ‘43 la isla perteneció a Italia, cuando firmó un armisticio con los aliados, los alemanes la ocuparon. Al principio no tuvimos mayormente problemas, hasta que en el mes de julio llegan oficiales nazis -ya en el año 44-, que formaban parte de la comisión encargada de la solución final, sería el exterminio de todos los judíos de Europa. Dieron la orden de que teníamos que juntarnos todos los judíos en un edificio con nuestros bienes, dinero y joyas. Una vez que entramos allí ya no pudimos salir más. Estuvimos dos días adentro prácticamente sin comida y al día siguiente, nos embarcaron en barcos de animales y nos llevaron a El Pireo, donde estuvimos dos días encerrados sin comida y sin bebida. Nos llevaron a la estación de trenes y nos embarcaron en unos vagones de animales, donde decía afuera: “Caballo, ocho, personas, 80”. El vagón estaba cerrado, solamente había una ventanita abierta para respirar. Nos llevaron un poco de pan y de mermelada y el tren emprendió viaje. Muchos murieron, había gente mayor, enferma, criaturas, el hacinamiento… Cada tres días paraba el tren, teníamos que sacar a los muertos y las cubas donde hacíamos las necesidades  y volvíamos otra vez al tren.

 - ¿Qué edad tenía? ¿Cuántos días duró el viaje?

- Tenía 18 años; nací el 24 de agosto del 25. El viaje duró 12 días; nunca llegamos a saber a ciencia cierta cuántos murieron, solo sabía los que habían muerto en mi vagón, éramos 80 en cada vagón, eran 20 vagones. Una vez que llegamos a Auschwitz, abrieron las puertas. Había gente con bastones golpeándonos para que bajáramos de prisa, nos pusieron en fila, hombres por un lado y las mujeres, por otro.

 - ¿Iba con parte de su familia o solo?

- Con toda la familia: padre, madre, tres hermanas y un hermano. Nos pusieron en fila a todos e hicieron la primera selección; había unos médicos al frente de nosotros, y a medida que íbamos pasando, el médico decía: “derecha o izquierda”. Los de la derecha iban para el trabajo, y a los de la izquierda, los mandaban a la cámara de gas. En total, para el trabajo quedamos alrededor de 400, el resto, gente mayor, enferma, que no servían para el trabajo, y los niños fueron directamente a la cámara de gas.

 - ¿Qué sucedió con su familia?

- Mi padre y mi madre… mis tres hermanas fueron para el trabajo pero no sobrevivieron, nunca supe de qué murieron, si de enfermedad, hambre, frío, ahí la gente moría por varios motivos… Nos separaron a los hermanos. Nos dieron un baño, nos pelaron a todos y nos marcaron el número en el brazo y desde ese momento, el nombre ya no existía más, nos llamaban por número.

 - ¿Qué número le pusieron?

- B7328 (se arremanga el antebrazo y lo muestra). Era justamente para animalizarnos, al sacarnos el nombre, para transformarnos en imbéciles, esa era la función de ellos, deshumanizarnos. El primer día, me llamaron a una barraca, donde había chicos de ocho y 10 años. Estuve ahí ocho días con ellos, más o menos nos daban de comer bien. A los ocho días, un alemán me preguntó cuántos años tenía y le dije que 18. Él tenía anotado ocho años, se había equivocado. Me sacaron de ahí, con el tiempo supe que estos chicos sirvieron para hacer experimentos médicos, con sus órganos. Lamentablemente, ninguno de ellos pudo sobrevivir.

 - O sea que no los mataban en principio a todos los chicos.

- A un grupo los mantenían para experimentos. La gente que no era apta para el trabajo la eliminaban directamente. Los trabajadores se iban debilitando y cuando no estaban ya en condiciones de seguir trabajando, también los eliminaban; los médicos hacían selecciones permanentemente. Yo hice varios trabajos, por ejemplo, iba con un carro, pasábamos al campo de las mujeres, íbamos a limpiar las letrinas, a vaciarlas, eran letrinas largas con agujeros, eran como 200. Después íbamos con unos baldes, vaciábamos las letrinas, el excremento lo poníamos en el carro y después lo vaciábamos en otro lado. Este trabajo era uno de los mejores porque cuando pasábamos cerca de la cocina de las mujeres, ellas nos tiraban un pedazo de pan o una papa. Tener un pedazo de pan de más, era un día más de vida. El alimento que nos daban era una rebanada de pan por día y un tazón de caldo caliente para todo el día. El trabajo era muy duro; el frío, el hambre, el cansancio, nos iban debilitando, poniéndonos cada vez peor. Y en un determinado momento, empezó el frío y no estaba en condiciones de poder soportarlo, nos dieron ropa liviana con unos zuecos. Uno de los problemas principales era la gente que se moría de frío. Hacían 20 o 30 grados bajo cero y no tenía ropa adecuada. Un compañero me dijo un día que se podía ir a trabajar a una barraca, donde estaban los enfermos de tifus. Fui allí y qué hacíamos, cuando la gente se moría, a la que tenía mejor ropa se la sacábamos, así pude conseguir un sacón grueso, botitas, una gorra, y pude cubrirme en ese sentido. Claro, el peligro era que podíamos contagiarnos, pero por suerte, pude zafar. Por lo menos, podía ir a trabajar en mejores condiciones.

- ¿Qué pasaba por su cabeza? ¿Qué sentía al saber que a sus padres los habían eliminado?

- No sabíamos nada. Pero después nos íbamos imaginando porque teníamos los crematorios cerca y los que estaban de antes nos mostraban el humo, “Ahí están sus padres”, nos decían. Al principio, no queríamos creer porque nosotros veníamos de un país civilizado, nunca escuchamos esas cosas ni sabíamos lo que pasaba.

- ¿Cuál era la conciencia de lo que estaba pasando?

- No nos daban tiempo para pensar. Después del trabajo, tenía que ir a dormir y a la madrugada de vuelta a levantarse. Nos iban embruteciendo de a poco…

 - Eran como autómatas…

- Sí, cada día que pasaba era uno más de vida. Cuando me pusieron en esta barraca al principio, al resto de mis hermanos los mandaron a otros campos, entonces no supe nunca más de ellos, yo quedé ahí solo en Auschwitz. Luego hice varios trabajos, dentro del campo iba buscando, a los 18 años uno tiene un poco más de coraje. Fui a cargar heno en un lugar con un grupo de chicos y me dieron el tridente. En un momento, uno de los chicos nuestros, agarra el tridente se lo clava a un nazi; todos los alemanes vinieron, lo cercaron al chico y le tiraron los perros encima, dejaron que lo despedazaran. Cada grupo tenía un capo, el nuestro era un alemán pero prisionero porque era socialista, era un hombre bonachón. En una de esas tocan el pito, cuando terminaba la hora de trabajo y había que correrse donde estaban los otros grupos para volver al trabajo. No sabíamos qué hacer porque la consigna era que cuando uno del grupo hacía una macana de este tipo, eliminaban a todo el grupo, los colgaban en el portón de entrada para dar un ejemplo de lo que pasaba. Y el alemán, cuando escuchó el pito, nos hizo señas con los ojos de que escapáramos, que nos fuéramos a la fila. Y salimos corriendo y nos metimos en la fila junto con los demás, que eran muchos. Gracias a este alemán pudimos salvarnos.

 - ¿Cuánto tiempo estuvo en Auschwitz?

- Poco tiempo, seis meses, porque en el ‘45 fue la liberación, pero seis meses era bastante porque cálculos científicos que había hecho la gente decían que el promedio de vida en el campo era de tres meses, con la poca comida, el frío, el hambre, el mal dormir…

 - ¿Cómo fue la liberación?

- Fui a trabajar con unos soldados rusos que estaban prisioneros, cargando unos motores de avión en los trenes, en un determinado momento me dieron ganas de ir al baño y cuando salí del baño no podía abrocharme los pantalones porque tenía los dedos congelados. Había un fuego donde estaban los alemanes y me acerqué a calentarme las manos; un nazi me dio una patada, me tiró en el fuego y me quemé los dos pies. Enseguida salí de ahí y volvimos después del trabajo, pero las quemaduras fueron poniéndose peor, se iban infectando, me dio fiebre y tuve que ir a la enfermería. Ir a la enfermería era la antesala de la muerte, porque el que entraba ahí no salía más, no querían gente enferma. Entonces nadie iba, salvo cuando uno estaba desahuciado. En esos días había llegado una orden de Berlín de que tenían que evacuar el campo, destruir la cámara de gas de los crematorios porque el ejército ruso estaba cerca y tenían que eliminar todo vestigio de lo que hacían ahí adentro. Unos días más tarde, dieron la orden de evacuar el campo, entonces nos pusimos en fila, eran como 60 o 70 mil presos, me puse con ellos, pero un médico francés que era paisano, un judío que me conocía, me dijo: “no conviene que vayas porque no podés caminar ni 100 metros. A los otros los van a matar a todos”, me dijo. Me convenció de que me quedara. Se quedaron los que estábamos enfermos, los desahuciados. Un alemán nos revisó. A mí ya de me había pasado la infección. Esos viajes eran la marcha de la muerte porque morían de un campo a otro caminando en la nieve, a los que sentaban para descansar los mataban. Los que llegaron a otros campos fueron muy pocos en relación con la cantidad que salió. Nos quedamos ocho días en la enfermería. Murieron varios, nos quedamos solos, hasta que llegaron los rusos, teníamos que buscar comida para sobrevivir. Vimos a lo lejos que se movían unas sábanas blancas, los soldados rusos se mimetizaban con sábanas para disimular y cuando los vimos, salimos y les hicimos señas. Se acercaron. Vieron el espectáculo de cantidad de muertos que habían quedado tirados en el suelo, los mismos soldados se pusieron a llorar. Nos llevaron a un hospital. Cuando me liberaron, pesaba 38 kilos, era pura piel y hueso. Estuve cinco semanas en el hospital, me curaron, me atendieron bien, aumenté 20 kilos. El hospital estaba ahí nomás, en Auschwitz, era de los alemanes que lo transformaron para nosotros.

- ¿Y luego qué pasó?

- Los rusos nos enrolaron en el ejército porque éramos aliados, la guerra no había terminado. Estuvimos con ellos en el frente pero no en primera línea, estábamos para colaborar con ellos. Cuando terminó la guerra, yo estaba en Breslau, me cambié de ropa, me puse de civil y me escapé. Empecé a andar por toda Europa en trenes, en camiones hasta que en determinado momento, me encontré en la estación de Bratislava -era Checoslovaquia-, en una de esas para un tren y escucho gente hablando en griego, eran griegos que volvían a su país, les hablé, les conté… Me dijeron que fuera con ellos. El viaje duró un mes, por lo menos, porque las vías estaban todas rotas. En Grecia, la comunidad judía me ayudó a volver a mi país. En Rodas encontré la casa destruida, nadie de mi familia, estuve un tiempito viviendo hasta que me enteré de que un hermano mío se había salvado. Vivía en Roma y me fui a estar con él, éramos los únicos sobrevivientes, estuvimos juntos un año. Queríamos venir a la Argentina porque teníamos un hermano que había llegado antes de la guerra. Éramos siete hermanos, una hermana estaba en Sudáfrica. Lamentablemente no nos daban permiso para entrar. Era el 47, tuvimos que venir de contrabando, veníamos como polizontes en un barco de carga.

- ¿Por qué no podían entrar al país?

- Porque no les daban permiso a los judíos, mientras que los nazis entraban por la puerta grande.

- Claro, era la época de Perón…

- Sí. La mayoría de los sobrevivientes que llegamos a la Argentina, entraban por Bolivia, Paraguay… de contrabando. Después se pudo regularizar la situación. Yo tuve problemitas, la Policía quiso averiguar cómo habíamos entrado al país, les contamos, pero no nos creían, pensaban que había mafias que dejaban entrar gente y querían descubrirlas. El que nos ayudó fue un comisario de un barco que era amigo de mi hermano, lo hizo como un benefactor y no podíamos denunciarlo. Pasaron dos años, el barco llegó de vuelta al país, la Policía averiguó y se descubrió cómo entraban. Nosotros estábamos prontuariados y tuvimos que ir a tribunales. Nos mandaron 15 días a la cárcel de Villa Devoto, corríamos peligro de que nos mandaran de vuelta a Italia. Por suerte, teníamos acá familiares que estaban bien relacionados con la Policía y pudieron sacarnos y conseguirnos documentos.

- ¿Se quedó en la Argentina?

- Sí, acá tuve una fábrica de partes de bicicleta. Vendíamos a los fabricantes de bicicleta. Me quedé en Buenos Aires. Me casé. Tengo dos hijos y dos nietos.

- ¿A la luz de los años qué es lo que siente de esa experiencia tan terrible? Me imagino que las imágenes lo deben acompañar en los sueños.

- Durante 50 años no pude hablar, estuve sin poder contar nada. Me dediqué de lleno al trabajo. Cuando vi la película La Lista de Schindler

- ¿Estaba bloqueado interiormente?

- Cuando intentaba hablar, la gente no me creía. “Vino loco del campo”, decían. Entonces pensaba que si contaba le iba a hacer daño al otro y la gente también tenía miedo de preguntarme sobre lo que había pasado, pensando que me iba a hacer daño.

- Tiene que haber sufrido muchísimo… ¿sus hijos sabían la historia?

- Sí, sufrí. Mis hijos sabían a medias, sin entrar en detalles. Hace diez años comencé a contar los detalles y desde entonces cuento permanentemente lo que me pasó. Mi misión en este momento es poder contar a generaciones jóvenes todo lo que ocurrió para que luchen contra el antisemitismo, el nazismo, el racismo, la intolerancia, que no se vuelva a repetir nunca más este terrible genocidio.

- Sin embargo, vemos que se repite, las guerras son permanentes… el hombre no aprende de las tragedias, ¿qué piensa de eso?

- Dicen que es el único animal que tropieza dos veces en una misma piedra.

- ¿Qué piensa del genocidio que vimos en la Argentina?

- Tremendo. En todas las dictaduras se está expuesto a que eso suceda. Cuando el hombre no tiene libertad está expuesto a todo.

- ¿Volvió a la isla de Rodas?

- Sí, pero me hizo tanto daño que no me quedé. Empecé a recordar la escuela, el club, la casa… quizás ahora si voy tal vez sea mejor porque estoy un poco más abierto. En la medida que uno va contando va mejorando, es una liberación, una herida que tiene adentro que tiene que cicatrizar, aunque gran parte de lo que me pasó no lo tengo presente, lo he olvidado, al no hablar de ello durante 50 años, perdí muchas cosas. Hace poco, recordé que estaba en el campo, en la fila, y un nazi saca un revólver y dispara, la bala me pasa rozando la nariz y me saca la piel, y el que estaba al lado mío, cae muerto. Este episodio lo tenía perdido completamente. Estando en casa, me golpee con la puerta del baño y me salió sangre. Recordé que esto ya me había pasado…

- Es también un mecanismo de autodefensa para morigerar el sufrimiento.

- Sí, sí, la memoria es frágil, hay una tendencia a olvidar. Soy jubilado y me dedico a dar charlas para la juventud porque hay mucha gente que no sabe qué fue el holocausto.

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