Llueve desconfianza

Este 9 de Julio llega con el Presidente en medio de una difícil tormenta. Mientras en Tucumán, el peronismo disfruta de las debilidades de la oposición. Alperovich viaja con la libretita de los traidores. Comida peronista.

08 Jul 2018
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El barco se mueve. Parece incontrolable. Los vientos lo zamarrean. Las tormentas se vuelven fieles al diccionario: perturban y agitan. También (como el chajá en algún cuento borgiano) las tormentas -lo dice la Real Academia Española- preanuncian la adversidad, son sinónimos de desgracia y hasta de la infelicidad de alguien. Pasar el invierno no es un objetivo sino un mal recuerdo. El viento de cola es huracanado y prefiere mostrarse en la proa. Mauricio Macri, capitán de la Argentina, mueve con desesperación el timón. Se aferra a él. Los ojos se desorbitan. La sonrisa se perdió en el último sacudón. La parsimonia budista se tiró al agua. La ilusión de la reelección ya no viaja ni de polizón. El futuro se juega entero en cada ola, en cada minuto. Los sojeros, los exportadores de limones, los que mandan arándanos a los rascacielos neoyorquinos se escaparon en el bote salvavidas que tenía la leyenda: los que apuestan al dólar, ganan. Meses antes, mareados, pero más desanimados, los peronistas se habían bajado cuando el sol reinaba y las brisas les auguraban que el timón no estaría en sus manos por mucho tiempo. Se adelantaron y ahora esperan en la costa y se frotan las manos, incluso augurando el naufragio. Algunos gobernadores están panza arriba en sus islas.

Cuando faltan 522 días para que concluya su mandato, Mauricio Macri se aferra al astrolabio, atormentado. No es para menos. Cuando su golden boy dice algo; en pocas horas, otro miembro de su equipo lo desmiente. Marcos Peña “dibuja” un impuesto y Nicolás Dujovne lo borra de un plumazo. La alianza que le dio el timón se desangra en una pelea. Como perros y gatos. No hay contemplaciones. Sin abrigo y sin paraguas, la clase media que puso los votos suficientes para darle el embarcación al capitán, tose y se ahoga ahora que se siente por debajo de la línea media.

Ese Macri atribulado es el que desembarcará en Tucumán mañana. Su estada será por horas, como siempre. Para los presidentes argentinos, la visita por el 9 de Julio se ha convertido en una obligación, y no en una fiesta para disfrutar y repensar un país agrietado. El capitán del barco empieza a entender que su esfuerzo personal no alcanza. Su tripulación habla en su nombre -síntoma que suele aparecer cuando las papas queman- y se mueve como una estructura descuajeringada cuyos integrantes sonríen para la televisión, pero dudan en su interior.

En la isla tucumana, el Presidente no tiene quién le alivie la fiebre de conducción. No es para sorprenderse. Los principales líderes no son Pro. Y los que lo son parecen contra. Es que radicales y peronistas disidentes terminan dando más contención que el intervenido partido macrista. Pruebas al canto: mañana, cuando aterrice en las Tierras de la Independencia, no habrá ni un macrista de pura cepa para darle la bienvenida al titular del Poder Ejecutivo Nacional. Y, si lo hubiera, seguramente no será lo suficientemente poderoso para aglutinar y diseñar un camino futuro.

José Cano se ha perdido en un mar de denuncias estériles. Les ha servido para crecer, para ser un tucumano “ministeriable”, para que se lo respete en el Congreso y hasta en los picados de la Casa Rosada. Pero no alcanza. El líder radical aparece debilitado en medio del dolarizado vendaval. Sin embargo, transita en silencio los insondables caminos del interior.

Silvia Elías de Pérez, cuál Penélope, teje y desteje su candidatura a gobernadora. José Alperovich le ha enseñado, sin quererlo, que la ansiedad no es buena consejera. Como Cano padece la crisis de identidad. Ambos fueron acunados con la marcha radical, pero se elevaron cuando se colgaron de los globos amarillos.

La marchita peronista sólo la sabe el intendente Germán Alfaro, pero son cantos de sirenas para los oídos del poder actual. El otro se llama Alfonso Prat Gay. Aún no se sabe si su candidatura es un invento, es un sueño de trasnochado, tal vez una operación de marketing o simplemente un burla porteña para seguir subestimando a Tucumán. Una más, como la de los directivos de la Anses que ni siquiera son capaces de darle libertad a los funcionarios que ellos mismos han puesto en el distrito Tucumán.

Esa es la tripulación que Macri tiene en la provincia. Hay más, inclusive tiene oficiales de cubierta Pro, pero suele ser opositores del peronismo, pero de boca, de e-mails, de tuits, pero no mucho más. Por eso Juan Manzur puede tomar sol en la ínsula.

Uno de los prácticos de la barca visitó Tucumán. Participó de actos protocolares, pero no hubo articulación política alguna. Tampoco debates para revisar el rumbo del barco o para ver cómo se enfrentan los temporales. Se trata de un ministro estratégico como Jorge Triaca a quien le dieron la pesada tarea de lidiar con los más gordos, precisamente. Hubo jóvenes del Pro en la platea. Una segunda línea que escuchó atentamente cómo este navegante explicaba los esfuerzos para subsistir en medio del temporal. La postal fue un calco de la que protagonizó la pilota Patricia Bullrich, quien, meses atrás en Monteros, también anduvo sola sin el acompañamiento de los líderes locales.

Triaca no fue el único hombre que aterrizó esta semana oriundo de la metrópoli. Hasta la casa del gobernador Manzur llegaron la irreductible Graciela Camaño junto a su colega diputado Marco Lavagna y al tucumano Víctor Hugo Arias. Tampoco faltaron los dos diputados Gladys Medina y José Orellana. Se bañó de peronismo. Todos se empanzaron con una picada de queso y fiambres y, obviamente, no podían faltar las aceitunas (verdes y negras) del eufórico anfitrión. Cuando pasaron a la mesa, los platos se llenaron de carne de vaca y de cerdo, prolijamente asada.

Mientras almorzaban con valioso malbec, el senador José Alperovich hacía de las suyas y se fotografiaba con otro integrante del peronismo renovador como Roberto Lavagna, padre del invitado de Manzur.

Luego, el ex gobernador y la titular del PJ, la inefable Beatriz Rojkés, empezaron a hacer las valijas para tomar aire en el exterior. El matrimonio no se autodefine como rencoroso pero deben tener anotado cada uno de los movimientos que están realizando algunos fieles de antaño como el mismo Manzur, Sergio Mansilla, Gassenbauer hijo y hasta José Saab, que hubo de darle la espalda a Cano para quedarse con el abrazo de José y ahora, años después, se contenta con escuchar que es uno de los paisanos preferidos del gobernador Manzur. Los tiempos de venganzas aún no han llegado a este Tucson, el distrito de las instituciones endebles.

A propósito, Manzur sigue en estas tierras como si viviera en una isla paradisíaca. Lo logra porque la oposición no trabaja de opositora. Se diluye en palabras que se las llevan las tempestades. Por eso la reforma política se hace como quiere Carolina Vargas Aignasse o se venden acciones bancarias sin problemas. E incluso en Tribunales (preocupado hoy por si le llegan invitaciones a un casamiento cortesano y si así fuera cuánta plata tendrán que depositar para el regalo) ningún opositor pone el grito en el cielo. En Cambiemos el peor daño que ha hecho la crisis es que todos están contra todos porque la lluvia ha hecho germinar la desconfianza. Otro problema más para el capitán del barco.

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