Cómo vivieron los argentinos el viaje en tren de alta velocidad e Moscú

Joaquín tiene ocho años y se mostró encantando con la experiencia. Estuvo dibujando en su bitácora de viaje.

25 Jun 2018 Por Leo Noli
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Segundos después del 2-0 de Nigeria a Islandia, Joaquín abre su mochila, saca un cuaderno y le pide una lapicera a su papá, Martín. Ahora sí está más tranquilo el único menor de un vagón lleno de argentinos, incluido nuestro viejo amigo el Usurpador, al que nunca le conoceremos el nombre, y la buena de Tatiana, la rusa vestida con los colores de Croacia. El niño sonríe. Ya no quiere seguir jugando al arcade de los Súper Campeones que tiene en el celular de su papá. “Primero los arcade, después la Play”, busca complicidad con nuestros años jóvenes este hombre de sonrisa amplia, barba estilo vikinga y pocos pelos ya sobre la meseta de su cabeza.

Joaquín habla con Abel, su abuelo y le consulta un par de cositas. Abel está incómodo en los asientos del tren, pero se las ingenia para dormir un poco. Casi se desnuca, gajes del oficio en el tren rápido que nos dejará a todos en Moscú y después nos llevará rumbo a San Petersburgo, la última parada de la Selección en el Grupo D. Ojalá no sea la última de su estadía en Rusia 2018. Joaquín toma contacto con la lapicera. Es momento de atacar la bitácora de su viaje.

Está encantado el nene con la experiencia. Tiene ocho años y se presenta como Joaquín Ignacio Martínez. Cuenta que su señorita estaba chocha con que él pudiera venir al Mundial y destaca que sigue en pleno contacto con sus amigos y compañeros del cole, Giner Soler.

Negocios. “Antes de viajar les mandé y me mandaron fotos, también besitos. Estoy en contacto con todos mis amigos. Uno me contó que ya completó el álbum de figuritas del Mundial. Yo también lo completé. Con Joaquín, que se llama igual que yo, cambiamos la figura de Messi, la más difícil. Era la que me faltaba”, relata. Joaquín tiene en su poder uno de los tesoros que los pavotes de los mayores usamos durante el viaje para conocer un poco más hacía dónde podría rumbear la Selección si se ganamos a Nigeria. Aguante Panini. Aguante Joaquín, al que la figurita de Messi no le salió barata. “Una pelota dorada, difícil, y una parte del rompecabezas de la primera página”, explica lo que debió pagar por ella.

Dibujitos

La vida en colores. Joaquín es prolijo, utiliza cada hoja de su cuaderno para retratar lo vivido en el día. Hace dibujitos descriptivos. Escribe. “Tengo que terminar de contar lo que hicimos en Nizhni y después sigo con Moscú y lo que nos queda el viaje”, explica. Este chico, sin saberlo, inmortaliza en su niñez lo que con el paso de los años verá como un tesoro invaluable. Viajó con su papá y su abuelo. ¿Qué más puede pedir? “Si él no hubiera venido con nosotros me hubiera replanteado muchas cosas a futuro. Sé que es un nene, pero esta experiencia para él no tiene precio”, confiesa Martín. “Es un divino. Se porta muy bien y nos ayuda con todo. Si tiene que lavar ropa, lava; si tiene que cocinar, cocina. Aparte, habla algo de ruso y es clave cuando llegamos a las estaciones de subte. Más que un chico es un compañero más de viaje”. Al padre no le pueden brillar más sus ojos color café cuando habla de su hijo. Es eso o llorar. Tampoco estaría mal.

Regalos. El viaje de Joaquín empezó en Londres, en una parada con destino de espera con tiempo para recorrer el free shop, la muerte financiera de cualquier padre. Sin haber pisado Rusia, Joaquín ya estaba hecho. “Me compré dos Legos de las Guerras de Las Galaxias”, cuenta con una enorme sonrisa. El padre, a su lado, lo dice todo, emitiendo apenas un gesto: perdió 2-0. Los Legos ya han sido abiertos, pero sus cajas siguen inmaculadas. Como todo chico, Joaquín no tiró nada, ni lo hará. Es all in.

De Julieta, su hermanita de seis, Joaquín ya se encargó. “Le compré una gorrita del zorro del Mundial, unos patines con luces de colores y también un juego de magia que viene con una paleta que cambia los colores”, señala. Genio. ¿Y mamá Soledad, qué onda? “Mmmm, en el fan fest de Moscú le compré una remera del Mundial. Con eso basta, creo”. ¿Estás seguro? ¿Un perfume, quizás? “No vi perfumes”, responde Joaquín. Difícil que los vea, amigo, si salió disparado a la sección juguetería.

Como si la madurez, experiencia y picardía fueran sus ángeles de la guarda en esta experiencia, Joaquín entiende el mensaje Divino. “Como vos me decís, tal vez a la vuelta por Madrid vea un perfume... y también unos anteojos. Igual, dejo a mi papá que se encargue del resto”. ¡Pobre papi!

¿Y los remedios?

Martín se siente realizado por estar en Rusia con su padre e hijo. “Venimos armando esto desde hace un año. Nunca habíamos salido tanto tiempo solos con Joaquín. Es otro viaje cuando no está la madre, que se encarga de cosas que nosotros los hombres ni estamos enterados, por ejemplo, los remedios”. En esta gira, Martín es el jamón del medio, el volante central de los Martínez. “Cuando nos subimos los tres al avión, el viaje ya estaba pago”, afirma. Orgullo paterno le dicen a eso.

Por si algo le faltara a la perfección del momento, Joaquín es más bueno que Lassie con bozal. Hace caso y se la banca. “En Nizhni nos mandaron a un hotel que en realidad era como una especie de centro de entrenamiento de gimnasia. Había que cenar de ocho a nueve y después las luces del lugar se apagaban. Nada de desayuno continental como salía en la página de una de las empresas de viajes que nos vendió semejante paquete de un hotel con estrellas’. Él no se quejó nunca, y eso que venimos superando varias sorpresas”, indica.

Mientras Joaquín dibuja en su bitácora de viaje, Tatiana lo sorprende. Le tira un par de palabras sueltas en español y el chico queda boquiabierto. Si él sabe ruso, por qué ella no español, piensa. Lo que todavía no le cierra a Joaquín es el tema regalos. Martín, sin hablar con él, tranquiliza la situación. “Nosotros estamos acá, pero ellas se fueron unos días a Brasil. Les ofrecí Chascomús, pero no pude cerrar trato”, ríe el padre. Entonces Joaquín entiende que no hay problema de nada y que la gira puede seguir siendo igual de copada que hasta ahora. Dudó en algún momento. Mirá si me pone en penitencia por los regalos”. Por las dudas, en su cuaderno escribe en un apartado: dinero de reserva para un perfume y anteojos.

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