“Aquí, en El Corte, el Estado está ausente”

La ordenanza que protegerá al pedemonte y que se discute entre la Municipalidad de Yerba Buena y el Concejo preocupa a los habitantes

18 Jun 2018
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EN EL CORTE. Hasta la zona protegida donde se realizan los tareas clandestinas de desmonte llegó LA GACETA. la gaceta / foto de diego aráoz

- No le podés decir al que tiene tres hectáreas, que no va a poder hacer nada. Tenés que darle un changüí.

- Lo que pasa es que después usan esos argumentos para habilitar cualquier cosa.

- Si las leyes se cumpliesen, esto estaría ordenado. Pero eso no pasa.

Lain Falco no se conforma. Ni Patricio Smitsaart. Ni Jorge Camps. Miran de reojo a los gobernantes, que por estos días discuten cuán prohibitiva debe ser la nueva ley que va a ponerles el freno -se supone- a las urbanizaciones en el pedemonte de Yerba Buena. Y no se conforman porque, durante años, lo único que los políticos les han mostrado es indiferencia. Son ellos los que tuvieron que salir a pintar paredes cuando se estaban vendiendo lotes de menos de 800 metros cuadrados, lo cual está prohibido. Son ellos los que han puesto el grito en el cielo porque al final de la calle Los Pinos han arrancado árboles para hacer un loteo. Son ellos los que tienen agua sólo tres horas al día. “Si siguen abriendo barrios, ¿voy a tener dos horas?”, pregunta Daniel Diéguez, otro vecino de El Corte, como se conoce a ese paraje situado a ambos lados de la ruta 338, que lleva al cerro San Javier.

Falco es abogado. Su profesión lo lleva a hacer conjeturas, en este caso de oídas, sobre el manuscrito del pedemonte. Él sabe que, a principios de mayo, los 10 concejales del municipio aprobaron de modo unánime (como no sucede casi nunca con casi todo) el proyecto que les había enviado el intendente, Mariano Campero. En ese texto, se prohibían, al oeste del río Muerto, los desarrollos urbanos como barrios cerrados, countries, clubes de campo, proyectos comerciales y divisiones de parcelas. Pero al cabo de unos días, Campero vetó su propia idea. ¿Por qué? Según su explicación, la norma podría ser acusada de inconstitucional, al limitar el derecho a la propiedad. Pensándolo bien -dijo- reemplazarán la palabra prohibición por restricción. Y les permitirán a los tenedores de grandes extensiones algunos usos, como de turismo rural.

Esos usos representan el changüí del que habla Lain. Pero esa es su única certeza; el resto son dudas. Sabe -también- que desde diciembre de 2016 se encuentra vigente un fallo judicial que le ha ordenado a la Municipalidad que se abstenga de seguir habilitando lotes con excepciones a lo que está escrito en el Código de Ordenamiento Urbano (“seguir” porque habían descubierto que el otrora intendente, Daniel Toledo, había habilitado varios).

Sabe -además- que desde ese tiempo están suspendidos los desarrollos inmobiliarios en el pedemonte durante 360 días, a pedido de Campero. Sabe -entonces- que las leyes están. Lo que ocurre es que algunos no las cumplen. Y que otros no las hacen cumplir.

Y en este punto, Lain entiende las preocupaciones del resto. Smitsaart desconfía de las intenciones. Ya ha dicho que después usan esos argumentos para habilitar cualquier cosa. Y tiene más para decir, como que en El Corte hay una “ausencia total” del Estado. O que nunca se ha respetado al medio ambiente. O que las urbanizaciones son descontroladas. Camps agrega otra razón: no hay infraestructura. “Yo mismo llegué aquí una vez. Sería egoísta que plantease que nadie puede venir. Pero eso debe hacerse dentro de la legalidad. Los terrenos tienen que cumplir con las medidas exigidas para que garanticen una baja densidad de habitantes. Y la Municipalidad debe proveer los servicios”, plantea.

-¿Qué necesita El Corte?

-Esta es una unidad ambiental diferente. Y debe ser tratada como tal. Pero eso no ocurre. La especulación inmobiliaria ha avanzado rápidamente, aprovechándose de los huecos legales. Las ordenanzas van y vienen. Y nada está claro. Ni parece ser suficiente-. Mientras contesta, Leonor Roger pasa el dedo por la pantalla de su celular, como si estuviese hojeando. Muestra fotos de cómo quedan las calles cada vez que llueve. Fotos de las cañerías de agua por encima del nivel de esas calles. Fotos de los desmontes. “El pedemonte puede convertirse en un gran lugar turístico, a través de un manejo ecológico que sea ejemplar”, añade. La charla con los vecinos transcurre en una mesita al exterior de un bar situado al pie del cerro. Es de noche y está frío. La música de Bob Marley suena de fondo. Luis Honorato dice que el suelo de la loma se desmorona. Se desmorona, repite. Y el coro a voces que había sido el encuentro -hasta ahora- se vuelve un silencio. “No estamos reforestando. No estamos trabajando con responsabilidad sobre el entorno. Y, como siempre, terminamos siendo nosotros, los vecinos, los que salimos a reclamar protección”.

El Corte se encuentra dentro de la unidad ambiental cinco del Código de Ordenamiento. Esa unidad tiene una superficie aproximada de 817 ha, y ha sido definida en ese documento como “la madre” de todas las unidades ambientales, porque debe preservar el ecosistema del municipio. La densificación no puede superar los 65 habitantes por ha, ya que es un área de PELIGRO (así, con mayúsculas, está escrita la palabra en el Código).

“Creo que la montaña no está en condiciones de que se siga construyendo”, opina Claudia Rossini, otra vecina que siente que ese refugio ha crecido de golpe. Para ella, la posibilidad de un deslave no suena descabellada. Marisa Zongo señala con el dedo los lugares desmontados. “Transgreden. Nadie evita que las cosas pasen”, dice. El frío apura la charla. Los vecinos hacen una síntesis, en la que exponen lo siguiente:

• Que no hay protección del medio ambiente.

• Que no hay controles.

• Que no hay infraestructura que soporte este crecimiento.

• Que no hay mantenimiento de la infraestuctura que sí existe.

• Que no hay canalización de las aguas de lluvias.

En conclusión, los habitantes de El Corte plantean carencias. Son ellos los que no pueden salir en auto cuando llueve porque las calles quedan como bombardeadas. Son ellos los que ven salir agua de sus grifos tres horas al día. Son ellos los que coleccionan fotos de desmontes.

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