El caos vive en una esquina

06 Abr 2018 Por Guillermo Monti

Cuando el remedio es peor que la enfermedad no es cuestión de dar muchas vueltas. Se suspende la medicación y listo. Al cambio de dirección de Mendoza al 900 no parece quedarle resto, teniendo en cuenta que en lugar de solucionar un problema (la carga de tránsito en la calle Salta) provocó un trastorno de proporciones mucho mayores en la Catamarca. En horarios pico, recorrer esa zona -entre 24 de Septiembre y Corrientes- es un calvario sobre ruedas. Las motos lo hacen fácil, porque suben a la vereda y se escapan en contramano. En definitiva, un caos.

La medida se tomó a modo de prueba, aclaró la Municipalidad. Enrique Romero, subsecretario de Tránsito, le dijo a LA GACETA que pedirá la marcha atrás. De paso se anota un poroto en el show de internas con las que el intendente se desayuna seguido. Son los riesgos de abrir un paraguas político tan variopinto, bajo el que se amuchan gajos del Pro, peronistas, radicales, neoprogresistas y otras yerbas. Convivir a los codazos es, cuanto menos, incómodo.

La cuestión de fondo sigue siendo qué hacer con los miles de vehículos que ingresan a diario al microcentro. Por donde sea que se los conduzca, en algún lugar van a embotellarse. Se cambió el sentido de Mendoza al 800 para aligerar la Junín, entonces el atasco pasó a la Salta. Ahora, con el cambio en Mendoza al 900, el embrollo es en la Catamarca, con un agravante: sabedores de lo que les espera a 200 metros, los conductores buscan otro camino y el túnel pierde su razón de ser. Corolario: se recargan 24 de Septiembre y San Juan.

Mientras las ciudades tienden a desalentar el uso de los autos en las zonas céntricas, San Miguel de Tucumán parece empecinada en calzarlos, de alguna manera, en el radio urbano. Buenos Aires avanza, con decisión política, en un programa de cierre al tránsito vehicular en el casco histórico y en la city. Cada vez son más las cuadras por las que no se puede circular. Salta está haciendo lo mismo en el sector de la plaza principal. Son cambios lógicos e inevitables, aunque deben ir de la mano de un sistema eficiente de transporte público y esa es una materia que Tucumán suele llevarse a marzo.

Las carencias en el transporte público no se reducen a que los taxis son carísimos en relación con la calidad del servicio que brindan y a que hay líneas de colectivos pésimas, cuyos usuarios son rehenes condenados a esperar un coche durante horas interminables. Tucumán involucionó si anotamos que la ciudad llegó a contar con un sistema de tranvías, hasta que se lo sacó de encima. Tranvías, subterráneos y metrobuses son el corazón del transporte en todo el mundo. Nuestra capital los mira desde lejos. Otro punto flaco es el mal estado de las calles que conectan el centro con los cuatro puntos cardinales del Gran San Miguel, un paisaje de baches y lagunas que obliga a tomar, sí o sí, las avenidas, con la carga que eso implica. Estos sí son aspectos a tener en cuenta si de reordenar el tránsito se trata.

El malhumor que se palpa en las calles -las más de las veces agresividad lisa y llana- obedece a distintos factores, aunque está claro que el caos vehicular figura en el top tres. Esa obsesión por llegar en el auto al corazón del microcentro, por más conciencia que se tenga del embotellamiento inminente, es un ejercicio masoquista netamente tucumano. La consecuencia, claro, son los estacionamientos en doble y triple fila, entre otros condimentos que hacen al festival de transgresión de normas que nos caracteriza.

Cerrar el centro a los vehículos particulares en horarios pico, liberándolo sólo para ómnibus y taxis, cortaría por lo sano con ese pandemonium. Muchos se enojarían al principio, hasta que el hábito ganaría por cansancio. Somos, a fin de cuentas, animales de costumbres. Pero pretendemos que la parada del ómnibus se encuentre a un par de metros, no que sea necesario caminar cinco o seis cuadras para tomarlo. Nos quejamos por los embrollos del tránsito, pero queremos que el varita mire para otro lado cuando paramos en doble fila. Y así. La urbanidad bien entendida empieza por casa, pero es preferible que haga punta el vecino. No es una contribución generosa si se trata de vivir un poquito mejor.

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