La democracia vibra y crece

22 Oct 2017 Por LA GACETA

De Dolores Marcos, 
Profesora adjunta a cargo de la cátedra filosofía social y política UNT

Toda elección es una afirmación de igualdad entre los ciudadanos y las ciudadanas. Aun bajo la convicción de que la democracia debe ir más allá del acto de ir a votar, es necesario reconocer que ese acto afirma un tipo de igualdad. Ese día toda la ciudadanía concurre a las urnas bajo el principio según el cual todos los votos valen lo mismo: el del dueño de la fábrica y el del obrero, el del profesor y el del alumno, el del médico y el del paciente, el del campesino y el del citadino, el del joven, y el del abuelo.

Y tendemos a olvidar que esa igualdad mínima, insuficiente, quizás fugaz, es el resultado de muchos siglos de lucha por el reconocimiento de que todos los ciudadanos tienen el mismo derecho a influir en las decisiones que afectan la vida pública. Por eso no puede dejar de celebrarse como un acontecimiento extraordinario.

Las elecciones de medio término, especialmente, tienen una significación central, puesto que se votan los representantes del poder más democrático del Estado. No sólo porque allí están representados proporcionalmente los habitantes y las provincias, sino que es el poder que hace las leyes que regulan nuestra vida cotidiana, que manifiestan lo que queremos ser como pueblo: un pueblo tolerante o intolerante, respetuoso o no de las diversidades, dispuesto o no a reconocer nuevos derechos.

Por otra parte, estas elecciones son relevantes porque marcan el grado de conformidad de la población respecto de lo votado dos años antes. Si en algún sentido se puede afirmar que nuestras democracias representativas son un antídoto contra la tiranía y el autoritarismo es en el hecho de que podemos sostener o no las decisiones que tomamos hace un tiempo. En esta dinámica el juego democrático vibra, crece, se enriquece.


Recuerdos de la infancia

De Lucía Piossek Prebisch
Filósofa - profesora emérita de la UNT

Una de las pocas ventajas que trae la vejez es disponer de ese “inmenso tesoro sumergido” que es la memoria (según Norberto Bobbio en De senectute). En estos días, un dato de ese “tesoro” que se me viene imponiendo en forma recurrente, corresponde a los tiempos de mi niñez y primera juventud en época de elecciones.

En mi familia abundábamos las mujeres: mi madre, mis dos hermanas, el personal de la casa y yo misma. Los domingos de las elecciones, desde muy temprano, estábamos todas pendientes de mi padre que siempre salía para votar a primera hora de la mañana. Y esperábamos también ansiosas su regreso y sus comentarios durante el desayuno, pues intuíamos que él nos representaba a todas y era el responsable político de nosotras. (A propósito: Imborrable sigue siendo para mí la figura delgadísma y airada de Silvio Frondizi, hacia 1943 en una de sus clases de Historia Contemporánea, delatando la injusticia de la condición femenina en la vida política: “¿cómo es posible -protestaba- que ninguna de mis alumnas aquí presentes, lectoras de un Mommsen y un Toynbee, pueda votar?”).

Recuerdo vivamente, por eso, con emoción, mi primera salida a votar; yo ya era docente de la UNT, y los estudiantes varones votaban desde siempre. Participar activamente en ese primer acto electoral para mí significó como ingresar a un mundo nuevo, pero sobre todo sentirme, de pronto, cargada de una enorme responsabilidad hasta entonces desconocida.


Una elección con múltiples caras

De Leandro Lichtmajer
Investigador del Conicet

Como afirmó la politóloga María Laura Tagina, las elecciones de medio término fueron concebidas por los “padres fundadores” del sistema político norteamericano como una forma de protección de las libertades de la sociedad frente a la tiranía de los poderes del Estado, sobre todo del Legislativo. En la práctica, sin embargo, funcionan como un termómetro de la gestión del Ejecutivo. Así, sus resultados no sólo redefinen el mapa del Congreso, al modificar la correlación de fuerzas entre el gobierno y la oposición. Iluminan, principalmente, el grado de apoyo al presidente.

Al mirar sus resultados demasiado cerca corremos el riesgo de encandilarnos, ya que las tendencias que marcan no son definitorias. Por ejemplo, mientras que en 2001 el coctel de “voto bronca” y triunfo peronista permitían aventurar el descalabro de la Alianza, la derrota del kirchnerismo en las elecciones de medio término de 2009 fue revertida dos años más tarde.

Por otra parte, aunque definen cargos en el Congreso de la Nación, no debemos entender a las elecciones de medio término como contiendas nacionales en un sentido estricto. No traducen, en efecto, un resultado nacional sino un caleidoscopio de realidades donde el todo no es igual a la suma de las partes. Hay 24 elecciones simultáneas donde se eligen cantidades variables de representantes, para una o ambas cámaras. Se enfrentan, asimismo, un amplio abanico de partidos, que no siempre tienen una filiación nacional definida. Cada provincia tiene sus propias lógicas, sus entramados políticos y sus liderazgos. Los gobernadores, por lo tanto, también son puestos a prueba por el electorado. Esta paradoja de las elecciones de medio término, en palabras de Julio Burdman, no puede soslayarse a la hora de evaluar sus resultados.

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