Federico Lorenz: “El suicidio asociado a Malvinas expresa a una sociedad que no supo, o no quiso, escuchar”

El historiador presenta su libro el martes en el Virla.

15 Oct 2017

“Pisar Malvinas es perturbador: es un lugar conocido aunque uno no haya estado nunca, pero al mismo tiempo es extraño y lejano. Es la frontera, el dolor y el orgullo mezclados y revueltos por ese viento que rara vez cesa”. Eso dice Federico Lorenz cuando se le pregunta qué se siente al pisar las Islas. Historiador y doctor en Ciencias Sociales ensayista y novelista, investigador del Conicet, director del Museo de Malvinas e Islas del Atlántico Sur (en la ciudad de Buenos Aires), Lorenz es autor del libro “La llamada, Historia de un rumor de la posguerra de Malvinas”, que publicó EDUNT y que él presentará el martes, a las 20.30, en el Virla. Lo acompañarán los doctores en Letras Rossana Nofal (directora de EDUNT) y Ezequiel Svetliza.

- En el arranque de “La llamada” usted recurre a una cita dl español Javier Cercas acerca de la responsabilidad de “contar” la historia. En su caso, con Malvinas, ¿ es responsabilidad moral, histórica o intelectual?

- Cuando uno recoge historias, aún cuando sea para para aplicarles el aparato crítico de la disciplina a la que pertenece, de alguna manera se transforma en parte de esa narración también. En el caso de Malvinas eso es más evidente porque hay una gran cantidad de situaciones de sensación de “deuda social” con el tema, con sus protagonistas. De alguna manera, conformaron mi aproximación a ese campo de estudios, cuando en su origen, como niño testigo de la guerra –desde Buenos Aires, a través de los diarios- lo que yo sentí el 14 de junio de 1982 fue una sensación de gran estupor, de “estafa”.

- Usted señala que hay una deuda académica con el tema. ¿Por qué habrán primado hasta ahora la ficción, la fotografia y la crónica por sobre la Academia?

- Se debe al particular contexto de los primeros años de la democracia, en el que todo aquello que remitiera a “lo militar” estaba fuertemente asociado a los crímenes de lesa humanidad, al terrorismo de Estado. Los investigadores no escapamos a esos sentidos comunes, que son prejuicios y condicionan lo que consideramos relevante o central para caracterizar una época. Pienso que esto, que no fue excluyente de “Malvinas” - se acentuó en el caso de la guerra de 1982 porque a la vez el impacto que esta tuvo fue muy diferente a nivel regional. La guerra de Malvinas tuvo diferentes intensidades de acuerdo al lugar del país en el que había sido vivida. Y sin dudas uno de los lugares donde menos intensamente se vivió fue en los grandes centros urbanos –como Buenos Aires, que es a la vez donde se producen los relatos nacionales, por ejemplo en los medios, sobre los “temas de interés”.

- Usted arranca con un rumor sobre un soldado que llama a su madre y que luego se suicida. ¿Cómo negocian el rumor con los hechos documentables?

- Yo utilicé el concepto de verosimilitud. Todo mi trabajo, en “La llamada”, se centró en explicar históricamente por qué la historia terrible del joven suicida podía ser creíble. Qué elementos del humor social, qué características del regreso de los soldados, de las políticas estatales y las actitudes sociales hacia los ex combatientes hicieron que esa historia pudiera ser considerada como real. De algún modo, lo que legitima la herramienta es que el rumor es el vehículo para comprender la época. Desde el punto de vista de las actitudes sociales, no es tan importante que “realmente haya sucedido” como que la gente lo creyó.

- El suicidio es un tema que se repite en la historia de Malvinas...

- Más allá de situaciones extremas, el suicidio asociado a Malvinas expresa a alguien que no encontró el lugar para que su historia “calce” en las miradas colectivas sobre lo vivido, pero, creo yo, a una sociedad que no estuvo dispuesta, no pudo, quiso o supo escuchar. De allí la fuerza de la metáfora sobre esa incomunicación encarnada en la historia de “La llamada”…

-¿Cuál es su tesis central sobre la cuestión Malvinas?

- Pienso que un modo de entendernos como país es el que nos llevó a la guerra del 82. Y que como sociedad tenemos que procesar esa derrota en nuevas formas de pensarnos como país y a las Islas Malvinas dentro de la Argentina. Creo que los sentimientos contradictorios que aún se asocian a la guerra dificultan eso, pero que es el trabajo que hay que hacer. Concretamente, para mí la “cuestión Malvinas” es una plataforma formidable para pensarnos como país atlántico. Pienso que aún pensamos el conflicto como una cuestión excesivamente atada a “tierra que nos falta”, y nos cuesta pensarnos como uno de los países con mayor litoral marítimo del mundo.

-¿ Es la plataforma marítima el motivo por el cual Gran Bretaña no cede las Malvinas?.

- No lo plantearía de esa manera. Malvinas es un enlace estratégico no solo por los recursos naturales, sino por su proyección antártica, por un lado, y sobre el territorio continental sudamericano, por el otro. Históricamente Malvinas ha sido un enclave estratégico, que el descubrimiento de nuevos recursos ha mantenido vigente.

-¿ Hay documentación que haya sido desclasificada en los últimos años que permita dar una vuelta de timón a lo que se sabe hasta ahora de Malvinas?

-Lo que hay es una gran masa documental que aguarda trabajo sistemático de muchos investigadores, más que información que revele aspectos desconocidos. Casi no tenemos nada sobre la historia social de la guerra, sobre las experiencias civiles; más que información, lo que nos falta son nuevas preguntas.

-¿Recuerda algún episodio de la historia argentina que haya sido tan solapado como el de Malvinas?

- Los años de la Resistencia Peronista, de alguna manera, tan ricos en experiencias populares, de alguna manera quedaron “opacados” por la rutilancia de los ‘70 y el horror de la dictadura. Creo que tiene que ver con las capacidades de agencia simbólica de los actores muchas veces, y con la extracción social de los investigadores.

-¿Cómo evalúa usted la politica del macrismo respecto de Malvinas?

- El gobierno nacional explora todas las formas de acercamiento posible sin que esto implique renunciar al reclamos soberano. Hay gestos de acercamiento muy importantes y que construyen puentes, como es el de las identificaciones de los soldados argentinos enterrados como “desconocidos” en Malvinas.

- ¿ Cómo juegan los kelpers?

- Los isleños son una comunidad pequeña pero aún así diversa: saben que tienen que convivir con los argentinos, otros, tal vez con intereses económicos concretos, se refuerzan en el rechazo a cualquier acercamiento. Es muy importante trabajar sobre y con las generaciones nuevas.

- Usted señala que fue una guerra alejada de Buenos Aires, que es el centro constructor de relatos. Por otra parte, ¿hubo una cuestión de clases en el componente de los soldados? De ser así, ¿cómo influyó en la visibilización de la tragedia?

- No solo de clase, sino regional. En términos de experiencias bélicas, no es lo mismo pertenecer a un regimiento urbano, que a otros con asiento en provincias cuyo componente era mayoritariamente rural. El nivel educativo y económico, las distintas ponderaciones acerca de las Fuerzas Armadas en las diferentes regiones del país condicionaron mucho las formas en las que la guerra fue vivida y luego recordada. Los lazos que se establecían entre los oficiales, suboficiales y soldados fueron muy diferentes y también estuvieron atravesados por estas circunstancias. De allí que no azarosamente las primeras agrupaciones de ex combatientes surgieron en la Capital Federal y La Plata, donde además algunos de sus fundadores tenían alguna experiencia política previa o eran lo que se llamaba “soldados viejos”, que habían pedido prórroga por estar cursando estudios. Otras experiencias, como las de los peones rurales, o los marinos del Belgrano del NOA, tardaron bastantes años más en ser conocidas. Tiene que ver con el capital simbólico y las relaciones sociales, así que sí, hubo claramente una cuestión clasista también.

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