La lección del Dr. Schweitzer

03 Sep 2017

Por César Chelala

En uno de mis viajes de trabajo a Gabón, país ubicado en el África Central, habitado originalmente por los famosos Pigmeos, un grupo étnico de altura media muy baja, lo que más me interesaba en este país era la posibilidad de visitar Lambaréné, localizado 75 kilómetros al sur del Ecuador, donde había trabajado el doctor Albert Schweitzer, una de las figuras más extraordinarias del siglo XX.

El doctor Schweitzer había dejado una brillante carrera profesional en Europa como músico y teólogo para estudiar Medicina. Por casualidad había leído un informe sobre las necesidades de ayuda médica en una zona del Congo y eso lo ayudó a tomar una decisión que cambiaría fundamentalmente su vida. Una vez graduado se trasladó a África con su esposa, y en 1913 construyó un hospital en Lambaréné en lo que había sido un gallinero. Allí dedicó su vida a tratar a miles de pacientes basado en un irreprimible sentido de deber personal. En ese hospital se atendían no solamente pacientes de Gabón sino también de países vecinos.

Casi religiosamente estaba caminando por los jardines del hospital donde el famoso médico Alsaciano había curado a miles de enfermos cuando me encontré con el pabellón llamado Cité Soleil, donde vive todavía una comunidad de enfermos con lepra. Tres hombres estaban sentados en un banco, uno de los cuales estaba tratando de arreglar - con las manos devastadas por su enfermedad- un desvencijado instrumento musical. Al verlo saqué rápidamente mi cámara fotográfica y cuando ya estaba listo para tomar su foto me increpó: “¡No dispare!”

Sorprendido, le pregunté el porqué de su reacción. Mientras continuaba trabajando, me dijo: “Ni siquiera nos saluda, no pide nuestro permiso ¿y nos quiere tomar una foto?” Avergonzado por mi involuntaria falta de sensibilidad le pedí disculpas, lo saludé correctamente y le pedí permiso para tomarle una fotografía, a lo que esta vez accedió.

Este enfermo de lepra me enseñó una lección importante. Aunque mi intención no había sido faltarle el respeto, eso era lo que en esencia yo estaba haciendo. Creí tener el derecho de tomar su fotografía sin su permiso porque pensé que era una escena interesante, pero no había respetado su derecho a no querer ser captado en una foto. No me di cuenta que él, al ser un enfermo con lepra, podía ser herido gravemente en su sensibilidad.

La seguridad del hombre acerca de sus derechos y la atmósfera de tranquilo orgullo en Cité Soleil no eran accidentales. Albert Schweitzer se caracterizó por su respeto por las necesidades de los demás, filosofía ejemplificada por su vida de servicio a los menos afortunados. “Debes dar tiempo a tu prójimo,” dijo Schweitzer. “Incluso si es algo pequeño, haz algo por aquellos que lo necesitan, algo para lo cual no obtienes ningún pago sino el privilegio de hacerlo”.

Sus actividades le habían ganado la admiración de figuras como Albert Einstein y de los presidentes norteamericanos Dwight Eisenhower y John F. Kennedy. En 1952 recibió el Premio Nobel de la Paz. Parte del dinero del premio fue para financiar la creación de Cité Soleil, donde yo había tomado la fotografía del enfermo de lepra.

Un día, mirando a una manada de hipopótamos en el río Ogowe, cerca del hospital, Schweitzer forjó su compromiso de reverenciar la vida: “El mayor mal es destruir la vida, dañar la vida, o reprimir una vida que es capaz de desarrollarse,“ escribió en uno de sus libros. Hoy no puedo dejar de comparar el enfoque del doctor Schweitzer con lo que está sucediendo en el mundo de hoy, cuando vivimos en lo que parece ser un estado permanente de guerra y cuando los motivos para ir a la guerra son cada vez más irrelevantes. Vivimos en un mundo en el que se utiliza la religión y el poder para destruir, no para mejorar la vida.

Mientras veía su viejo y desvencijado piano en su pequeño cuarto de trabajo –el único lujo que el Dr. Schweitzer se permitió durante su vida en África- no podía dejar de preguntarme: ¿Dónde están los Gandhis, los Martin Luther Kings, los Mandela o los Schweitzer de hoy en día? Rememorando ese momento sentí una penosa nostalgia cuando comparé a esos gigantes de la lucha por la paz con las caricaturas representadas por ciertos líderes actuales.

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