Emilio Buabse, con vacunas, dedicó toda su vida a prevenir enfermedades

Recuerdos de un médico pediatra cuando las campañas de vacunación eran verdades cruzadas. Ejerció durante 54 años la profesión.

11 Jul 2017
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GRAN MAESTRO. Emilio Buabse fue el docente emblemático de la cátedra de Enfermedades Infecciosas. LA GACETA / FOTO DE ANTONIO FERRONI.-

Se había recibido de médico dos días antes de cumplir los 24 años. El 18 de marzo de 1952. Fue ya por esos años que despuntaba para Emilio Buabse la pasión por la infectología. La Facultad de Medicina de la UNT todavía no se había constituido cuando el entonces joven tucumano inició su carrera, en la Universidad Nacional de Córdoba. Tanto amaba la especialidad que le ocuparía 54 años de su vida, que lo primero que hizo al recibirse fue presentarse en el hospital de Niños de Córdoba para trabajar en la sala de infectología pediátrica. El director lo recibió de buen grado hasta que le preguntó: ¿y el carnet? ¡Qué carnet!, le respondió Buabse. “El carnet del partido. Aquí no entra nadie que no sea peronista”.   

Sesenta y cinco años después, Emilio Buabse, sentado en el sillón de su casa en barrio Norte, recuerda su vida como si fuera ayer. “Me convertí en un médico clandestino - cuenta - porque en el hospital de Córdoba no podía firmar recetas ni historias clínicas. Lo único que hacía era aprender. Ahí, en la sala de Infectología pediátrica, conocí el sarampión, la varicela y la tos convulsa. En 1954 mi mamita, que lloraba cada vez que hablábamos por teléfono porque me extrañaba, me pide que me venga a Tucumán”, dice con voz todavía firme y clara, lenta, como cuando era profesor en la UNT y quería que sus alumnos tomen buenos apuntes.

“Cuando llegué, Tucumán estaba en plena epidemia de viruela, como todo el país. En el viejo Hospital de Niños, de la avenida Sarmiento 800, quedé en la sala de Infecciosos con el único maestro que tuve: Juan Francisco Villalonga. El fue el director de la lucha contra la viruela”. Emilio Buasbe hace un largo silencio que precede cada vez que va a decir algo importante: “por aquellos años, la única vacuna universal era la de la viruela, que se creó en 1796. Bajo la directiva de Villalonga vacunamos a todo el mundo, incluso a las embarazadas”, esboza una sonrisa. “Con una sola vacuna salíamos a la calle de a dos: mientras uno vacunaba, el otro explicaba su valor. Así llegamos a todos. En la medida en que fuimos vacunando no aparecían nuevos casos de viruela”. Hace otro silencio.

-¿Mejoró la situación sanitaria en Tucumán? La respuesta es no. “En ese interín las madres tucumanas empezaron a hablar a sus pediatras: “doctor, mi hijito se cae cuando camina, doctor mi hijo no se puede levantar de la cama”. Silencio. “Había comenzado la epidemia de parálisis infantil. La Polio. 1956. El Hospital de Niños de la avenida Sarmiento al 800 estaba colmado. Todo el personal sanitario de Tucumán se había volcado al hospital de Niños. Era tal la cantidad de enfermos que quedaron solamente cinco camas para emergencias quirúrgicas. Los chicos venían contracturados, había que hacer fomentos para descontracturarlos, para saber qué músculo estaba paralizado para luego reeducar ese músculo. Llegamos a tener cuatro pulmotores porque eran muchos los bebés que no podían respirar ni tomar la leche”, evoca con amargura.

“Nunca voy a olvidar el llanto, el rostro de esas mamitas que veían a sus bebés retorciéndose de desesperación por sobrevivir. Como en todo hospital viejo se cortaba la electricidad, y había que agarrar la palanca para hacer funcionar el pulmotor en forma mecánica. Los médicos, enfermeras y padres nos turnábamos para mover la palanca y hacer que el chico pueda respirar”, cuenta.

“Fue entonces cuando me dije a mí mismo: el futuro de mi vida va a ser la prevención de las enfermedades. ¿Con qué? Con la vacuna. Aparece la primera vacuna contra la parálisis, a virus muerto. La segunda vacuna es la Sabin. Dos gotitas. ¡Habría que hacerle un monumento a Sabín en cada pueblo, en cada ciudad del mundo!” dice levantando en alto ambas manos.

Hacia el ‘60 o ‘65 la parálisis infantil en Tucumán ya se había eliminado. “En 1960 los expertos de todo el mundo se reunieron en Washington para declarar que la parálisis infantil había sido exterminada desde Canadá hasta Tierra del Fuego.

En el nuevo hospital de Niños, en el segundo piso, de la sala 7 de Infectologia, vimos otras enfermedades: el sarampión, la varicela, la tos convulsa y la hepatitis A. A medida que aparecían las vacunas las íbamos aplicando”, dice satisfecho. Buabse quiere rendir homenaje a los lucharon contra las enfermedades de ese tiempo: Juan Francisco Villalonga, “el maestro”, como lo llama, a Rubén Alcaide, Oscar Larrabure, Alejandro Bimbi y a Francisco Ruiz Jaime. “De todo ese grupo soy el único sobreviviente”, cae en la cuenta. El doctor Buabse ha cumplido 90 años. Y las noticias todavía consiguen sorprenderlo. Como cuando leyó leyó horrorizado en LA GACETA que una legisladora había propuesto quitar la obligatoriedad de las vacunas. “Algo inconcebible, un horror”, fue su único comentario.

En la UNT Buabse pasó los mejores años de su vida. Rindió 14 concursos y fue ascendiendo desde el cargo más bajo hasta llegar a ser profesor asociado de la cátedra de Enfermedades Infecciosas. Se retiró a los 70 años de la universidad y siguió trabajando como médico pediatra. Fue profesor del gobernador Juan Luis Manzur y asesor del gobierno José Alperovich. Dice que le duele cuando escucha que alguien, por desconocimiento, no se quiere vacunar contra la gripe. Explica que hay un pequeño porcentaje de personas que no consiguen inmunidad, pero aún así logran evitar la neumonía, que es la peor complicación de la gripe. “Escriba, por favor”, pide: “el doctor Buabse adhiere fervorosamente a la necesidad de que todo el mundo se vacune contra la gripe”.

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