¿Por qué nos reímos?

La risa es cruel, amonesta la falta de adaptación y es esencialmente humana. Es, para Bergson, una “anestesia momentánea del corazón”. Ludwig Wittgenstein, Roberto Gómez Bolaños y Woody Allen nos ofrecen ejemplos y reflexiones para abordar las causas y las características de la comicidad.

02 Jul 2017
1

Por Santiago Garmendia

PARA LA GACETA - TUCUMÁN

Henri Bergson (1859-1941), en La risa: Un ensayo sobre el significado de lo Cómico (1904), busca invariantes de la comicidad. En primer lugar, señala que nos causa lo humano en doble sentido: nos reímos sólo los humanos y únicamente de los humanos (o en todo caso de lo humano proyectado). Por otro lado, la risa es esencialmente cruel, carece de sentimientos. Se opone a la empatía, porque para Bergson la risa es una suerte de “anestesia momentánea del corazón”. Además de estos dos rasgos, hay un tercero fundamental: la risa tiene una función social que amonesta conductas esclerosadas, que han perdido la elasticidad por la rutina. Es la sanción espontánea a la falta de adaptación, al automatismo. A las acciones que se repiten mecánicamente una y otra vez, a pesar de no lograr el objetivo, como golpear contra un vidrio al caminar y empecinarse en no reflexionar sobre el obstáculo, rebotando una y otra vez, o untar con manteca la mano, en lugar de la tostada, y morderla.

No cuesta nada reconocer en esta idea de lo cómico al humor de Roberto Gómez Bolaños, gran lector de Bergson. No es casual. En sus memorias Sin querer queriendo (2007) señala que la incorporación de Villagrán se debió a su semblante de muñeco inanimado. Carlos Villagrán componía por entonces un personaje niño, un proto-Quico, “me hizo recordar una de las causas de risa que destaca Henri Bergson en su excelente estudio… la mecanización de lo humano. ‘Los movimientos mecanizados de una persona nos hacen reír en cuanto nos hacen recordar la rigidez de un mecanismo o la producción en serie de títeres, muñecos, etcétera’. Entonces me hice una pregunta: ¿qué tal funcionaría un niño con estas características como contraparte del Chavo? “ (2007, p.101) .

El pequeño Shakespeare construye con total intención un mundo de personajes condenados y celebrados en su inelasticidad: podemos anticipar la entrada del hombre, el golpe, las excusas, etc. Este es el trasfondo del humor de la vecindad.

Wittgenstein en Manhattan

Ludwig Wittgenstein (1889-1951) se niega a dar una nota esencial del chiste o de la comicidad ni de una función social inherente. No busca las notas fundamentales del chiste sino desplegarlos en su variedad. Por otra parte, y esto es muy interesante, le confiere un altísimo valor filosófico. Al punto de haber señalado a su discipulo Norman Malcolm, que podría escribirse una obra filosófica seria y buena que consistiera únicamente de chistes. Le interesa su rareza gramatical porque un chiste es una implicatura total entre lo que decimos y el contexto. De hecho conocer un idioma no garantiza en absoluto poder reirse de lo que se ríen sus hablantes. Es una de las prácticas donde más juegan los regionalismos, las particularidades de los grupos etarios, étnicos, de género, de clase, etcétera.

Destaca Wittgenstein que a través de la risa que provocan los chistes gramaticales se muestran las reglas que transgreden. Señala a Lewis Carroll (1832-1898) como un ejemplo preclaro. Pensemos en el famoso no-cumpleaños que propone festejar en Alicia a través del espejo, ¡para que haya más días de cumpleaños! Es la ridiculización de traspasar los límites de la regla misma de cumpleaños, del dictum general de que toda determinación es una negación.

Ahora bien, encontramos a su vez en Woody Allen (1935-) a un ejecutor contemporáneo de esta amalgama de filosofia con humor. Al igual que en el caso de Carroll, no filosofa sobre el chiste, sino que hace chistes con la propia filosofía. Es uno de los puntos dilectos de Allen mostrar cómo la razón se vuelve chiste ante los hechos de la vida. De allí la risa que provoca, por ejemplo, su “no le temo a la muerte, pero espero no estar allí cuando ocurra” (en Sin Plumas, 1980). Es una bofetada perfecta a los argumentos de Epicuro (270 AC) para no temer a la muerte. Palabras más, palabras menos, el ateniense dice que cuando la muerte está yo no estoy y cuando estoy ella no está. Pero a nadie se le va el miedo a morir por leer a Epicuro, por eso la respuesta de Kleinmann (el personaje de Allen), es brillante.

En Woody se unen los antagonismos de los intelectuales que hacen reir por su inoperancia, por su incapacidad de ejecutar maniobras predefinidas, por su intento de reflexionarlas y de no caer en los lugaares comunes. Así liga la verborragia y la inacción, lo cotidiano y la reflexión abstracta. Estos son los mojones del antihéroe de Woody Allen en sus muchas caras: el mencionado Kleinmann, de Mellish de Bananas, de Starkwell de Robó, huyó y lo pescaron, y, por qué no, el temeroso espermatozoide de Todo lo que siempre quiso saber sobre sexo….

Filósofos y humoristas

Así como Bergson considera el humor amonesta la conducta irreflexiva y repetitiva, Wittgenstein hace lo propio con la reflexión de la filosofía especulativa que busca una originalidad insincera, que no tiene raíces reales en la vida social. Chespirito nos hace reír por anticipación de sus personajes condenados a órbitas imperturbables. Woody lo hace en cambio por el absurdo de querer ser solamente racional en un mundo que, vamos, es un insulto a la inteligencia. Como la risa.

© LA GACETA

Santiago Garmendia - Doctor en Filosofía,

Escritor, profesor de la UNT.

Comentarios