La estatua que desató un escándalo

La efigie de Domingo Faustino Sarmiento, modelada por el célebre Augusto Rodin, provocó una conmoción pública en el Buenos Aires de 1900, por la falta de parecido.

20 Sep 2015 Por Carlos Páez de la Torre H
Conocemos la polvareda que levantó hace poco en Buenos Aires, el reemplazo de la estatua de Cristóbal Colón por una de Juana Azurduy. Pero se ha esfumado en el tiempo el gran escándalo que, hace un siglo y quince años, estalló con la colocación de la efigie de Domingo Faustino Sarmiento. Vale la pena pasar el plumero a esa historia.

Como se sabe, Sarmiento murió en 1888. Al inicio de la siguiente década, se resolvió emplazar en Palermo una estatua que lo conmemorase, adecuada a su ya indiscutido rango de prócer argentino. Se formó una comisión, que integraban entre otros Miguel Cané y Aristóbulo del Valle. Este último insistió –y logró- que el encargo recayera en uno de los más famosos escultores europeos de entonces. Nada menos que Augusto Rodin (1840-1917), el celebrado autor de “El beso”, entre tantas obras maestras.

Mal comienzo

Los dolores de cabeza de Cané, cuando asumió como ministro argentino en París, se iniciaron con los 60.000 francos girados para honorarios de Rodin. Un empleado infiel distrajo 18.000 francos: Cané tuvo que demandarlo y la justicia francesa lo puso preso, hasta que devolvió la suma. Además, el ministro empezó a visitar el taller de Rodin, y a insistir en que esa cabeza que iba modelando no tenía parecido con la de Sarmiento. El maestro prometía modificarla y no lo hacía. Como el contrato no ponía condiciones, Cané aseguró a Carlos Pellegrini, por carta, que Rodin “es rey y señor en la materia y hará lo que le dé la gana”. No se equivocaba.

Cuando llegó Paul Groussac a París, acordó con Pellegrini correrse hasta el taller de Rodin, para apreciar la marcha del trabajo. Groussac narraría en detalle esa visita.

Groussac se espanta

Rodin los recibió “robusto, recogido, la tez rosada, sin una cana en su larga barba rubia: el aspecto entre campesino y burgués pero con algo más metido tras la surcada frente y aguda mirada del ojo gris”. Vestía “un saco burdo, con la roseta de la Legión de Honor en el ojal” y calzaba zuecos. Tras los saludos, lo llevó a la habitación donde estaba la efigie de Sarmiento que había modelado en yeso.

A Groussac le bastó una mirada para espantarse. No podía creer que así se representara al sanjuanino, cuya inconfundible fisonomía tanto él como Pellegrini habían conocido de sobra. “¡Sarmiento! ¡Ese largo cuerpo desmadejado, con su pierna dislocada y a la rastra; ese cráneo dolicocéfalo que aplasta el ángulo facial, esa boca fruncida, esos ojos hundidos y parpadeantes que han perdido sus lentes!”… Le parecía un “conjunto ingrato y triste, mezcla de alcalde de aldea que con su mano en el pecho arenga al vecindario, y de dómine aguafiestas que no se sonrió jamás!..”

“Yo lo veo así”

No parecía Rodin hombre capaz de modificar un trabajo que juzgaba concluido. Pero Groussac no pudo contenerse, y empezó a marcar el ningún parecido, ni en el rostro ni en la pose. Fastidiado, Rodin le mostró su modelo. Era “una fotografía de aficionado, hecha en el Paraguay y que, sin duda por el desnivel del aparato, había dado efectivamente un Sarmiento con cuerpo de Lincoln”.

Al maestro no le entraban balas. “Yo lo veo así”, se limitaba a decir meneando la cabeza. Ya exasperado, Groussac le gritó: “Pero, al fin ¿qué es lo que usted ve en Sarmiento?” No transcribe la respuesta, pero la sintetiza. Ocurría que “en su duro cerebro de escultor a secas, se había grabado el símbolo de no sé qué Pestalozzi americano, confesor y mártir del silabario”.

Groussac ofreció traerle una “noticia biográfica” del sanjuanino. Volvió con ese escrito a los pocos días, narra, sólo para comprobar que “el Sarmiento no había cambiado, ni yo tampoco: mucho menos, la opinión inconmovible del autor”. La obra ya estaba lista “para el sobrevaciado y la fundición”.

Truena la polémica

Fue llevada a Buenos Aires y se inauguró el 25 de mayo de 1900, en las inmediaciones de la que fue casa de Juan Manuel de Rosas: exactamente en la esquina de la Avenida del Libertador y Avenida Sarmiento actuales. Al retirarse el velo que cubría el bronce con pedestal de mármol, los aplausos del público se apagaron de pronto.

La gente esperaba un retrato de Sarmiento y encontraba desconocida a esta figura, por más que fuera cincelada por Rodin. Inclusive, varios indignados, criticaron la obra a los gritos. Al día siguiente, el pedestal apareció embadurnado con leyendas, y la Municipalidad resolvió ponerle custodia policial: se temía que algún exaltado acometiera el bronce a martillazos.

Entretanto, la polémica tronaba en los diarios y revistas. “La Nación” fue durísima: “Es difícil concebir algo más feo, vulgar, casi repulsivo y, por lo tanto, menos parecido a Sarmiento que el perfil de su estatua”, expresó. “Sarmiento era feo, pero no tenía un cráneo de degenerado ni era su cabeza la de un notario o la de un farmacéutico de aldea”.

“Un orangután”

Su nieto Augusto Belín Sarmiento, afirmó que la cabeza parecía “la de un orangután”. Groussac era, por cierto, desde las columnas de “El País”, el más encarnizado detractor de “la insólita figura y su curioso pedestal”. Partía de la base de que la estatua que retrata a alguien debe ser, “ante todo, la biografía plástica y condensada del personaje”. En ese sentido, “el retratista es historiador: parte de la verdad como base para llegar a la belleza como coronamiento”. Toda estatua considerada obra maestra, “es la reproducción reconocida, proclamada, saissisante (sobrecogedora), del modelo vivo o muerto”.

Su larga invectiva terminaba, contundente: “Rodin no ha querido aceptar el documento y la línea, ni ha podido amasar la vida real y propia del modelo con el relieve artístico. Su obra no es exacta ni bella a pesar de algunos detalles admirables: no es expresión, a pesar de sus artificios de débraillé (desaliñado) y de su modelado en ‘bolsa de nueces’. Aquel bronce no muestra el cuerpo ni revela el alma de Sarmiento”.

Roce y caricatura

El crítico y pintor Eduardo Schiaffino se alineó entre los defensores y replicó a Groussac en “El Diario”. Este consideró que lo hizo “groseramente” y lo calificó de “pintamonas” que “escribe como dibuja, con esfumino. Hoy no se distingue gran cosa: mañana, nada”. A la vez, insistía que el Sarmiento era “un monigote de bronce”.

Una caricatura en “Caras y Caretas” mostraba al presidente Julio Argentino Roca en el taller de Rodin. Se veía al fondo la estatua de un Roca prognático y panzón, sostenido por una mano con una herradura en el puño. En el diálogo del epígrafe, decía Roca: “Yo no tengo esas mandíbulas tan desarrolladas, ni el abdomen tan abultado, ni necesito que nadie me sostenga”. Rodin le contestaba: “Es como se verá en la historia, mi general. No olvide que es un retrato simbolista”…

Días antes de la inauguración, la estatua había sido divulgada en fotografías. “Caras Caretas” anticipó un par de páginas de comentario ambiguo, advirtiendo que “ha motivado ya los más opuestos juicios”. Ocurría que, “de carácter simbólico, el Sarmiento de Rodin no recuerda, ciertamente, la figura del viejo luchador, tal como la evoca la memoria de los que le conocieron en sus tiempos”.

Detallaba: “la cabeza de la imagen resulta pequeña y de un aspecto duro y quizás cruel, muy poco en consonancia con la del insigne educador, que trata de reproducir”.

Esperar el paisaje

No faltaba quienes dijeran que la escultura debía juzgarse sobre el paisaje donde estaría enclavada. Había que esperar, entonces, “el follaje de Palermo, el cielo azul, el espacio, la luz del sol, la relación de colores entre el monumento y los árboles que le rodean, etcétera”.

Cuando se inaugurara, si alguien afirmaba que la escultura “no es cosa mayor” y si el que así opinaba “goza de autoridad literaria o artística entre nosotros, es casi seguro que nadie va a entrar en polémica con él”. Y si, por el contrario, otra firma autorizada decía que “la estatuaria moderna debe ser tal y como hace unos años la entiende Rodin, todos vamos a creerlo a pie juntillas, y llegaremos a convencernos de que las esculturas deben ser, no retratos de tal o cual personaje, sino una idealización de los mismos, o una materialización de su espíritu o de sus pensamientos”.

“Cambiarle la cabeza”

Una curiosa defensa fue la que presentó Leopoldo Lugones, y que reproduciría en su “Historia de Sarmiento”, en 1911. En el bronce de Rodin, “cuya hermosura es innegable en su conjunto”, decía, el público había afirmado “con justicia” que “esa no es la cabeza de Sarmiento”. Pensaba que el error de Rodin había sido “atenerse demasiado al perfil”, en el cual “escultores y frenólogos suelen ver la línea primordial del carácter”.

Rodin no tenía “un conocimiento profundo del tipo que va a reproducir, para adquirir la posición exacta de sus rasgos fundamentales. Y esto, aunque parezca inaceptable, no puede darlo la fotografía”. Lo que correspondía era “suprimir, entonces, su defecto, cambiando la cabeza de la estatua, como se hacía habitualmente en Grecia y en Roma”. Opinaba que se podía tomar como modelo el óleo de Eugenia Belín Sarmiento, que daría al escultor “la necesaria impresión de vida”. La clave era “imprimir a la nueva cabeza la norma frontal característica, suprimiendo el erróneo predominio del perfil que la deprime”.

Reclamo de Cané

Dos días después de la inauguración, sin disimular su enojo, Cané –orador del acto- envió una carta a Rodin. Informaba al “querido maestro” que se libraba una verdadera “batalla de opinión sobre su obra de arte”. Ya experimentó sorpresa y desagrado cuando, al abrir el embalaje, “vi que usted no añadió nada, no suprimió nada, no modificó nada la figura de Sarmiento”, decía.

Esto a pesar de que había pasado dos años rogándole que diera, a los rasgos y a la cabeza, “todo el parecido posible con el original”. Lo mismo había hecho Pellegrini, y “usted nos prometió tener en cuenta nuestros razonamientos, que en el fondo no afectaban en nada sus ideas generales sobre lo que debe ser un monumento conmemorativo”. Le había dicho, recordaba, que diera a Sarmiento la actitud que quisiese, pero que su cabeza debía tener “la misma forma que la que tuvo en carne y hueso”; igual que los ojos y que “el peinado de los pocos pelos que tenía”.

Le recriminaba: “usted me había prometido más de una vez hacer esas modificaciones, pero no tuvo en cuenta para nada nuestros ruegos. ¡Es una pena! Se diría que usted mismo no quiso, por razones que no llego a explicarme, acallar todas esas objeciones contra su obra”.

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