Donato Grima: La vida es el desafío de desenredar un pelo

Donato Grima: La vida es el desafío de desenredar un pelo

El artista plástico quiere que el Estado contrate un cuerpo de pintores estables, mientras realiza 200 cuadros por el bicentenario de la Argentina

RECUERDOS DOLOROSOS. Uno de los momentos más emotivos del almuerzo fue cuando Grima habló de la muerte de su padre, hace cuatro meses. la gaceta / fotos de Inés Quinteros Orio RECUERDOS DOLOROSOS. Uno de los momentos más emotivos del almuerzo fue cuando Grima habló de la muerte de su padre, hace cuatro meses. la gaceta / fotos de Inés Quinteros Orio
19 Octubre 2014
Donato Grima garabatea una línea que recorre el espacio sobre sí misma, enredándose cada vez más. “Este es un pelo”, avisa, y explica que ese dibujo sin orden simboliza la búsqueda de los hombres a lo largo de su existencia. “Es un proceso interno complejo, le llamo pensamiento abstracto y también persona y también vida. Lo que buscamos en todo lo que hacemos, es el camino que transitamos, es llegar a la síntesis que es lo más difícil de encontrar”. Cierra su bosquejo con una línea simple, casi recta y definida, lo contrario del inicio. “Si se lo logra, es lo que se llama sabiduría”, define.

La explicación del pintor, uno de los principales exponentes de la llamada generación del 70, llega casi a la hora de haber comenzado el almuerzo en el restaurante del Sheraton Hotel y frente a un plato de cordero que, lentamente, desaparece bocado a bocado. En el Mora Bistró desistió de tomar vino porque nadie lo acompañaba, pero le hizo honor al plato.

“La plástica es un arte tangible, es algo real. El arte es el cuarto movimiento de dinero en el mundo, luego de los remedios, la droga y el petróleo. Pero no estamos en un país en el que la cultura sea una alternativa de inversión pese a que hagamos patrimonio. El Estado tendría que responsabilizarse de hacer de nuestras creaciones una opción económica, con seguimientos de cotización para poder construir un mercado”, se queja.

No es lo único que exige. Reclama un cuerpo estable de pintores, así como hay un teatro, un ballet y una orquesta estables, con la obligación de hacer obras. “En cinco años haríamos de Tucumán una galería, con 50 plásticos tendríamos 600 cuadros por año y podríamos armar centros culturales en todos los barrios”.

Cuando tenía siete u ocho años su madre lo llevó a un profesor de pintura de apellido Figueroa. Sin embargo, no define lo que es la vocación. A lo sumo, habla de predisposición a ciertas cosas.

“El talento es algo que se desarrolla. Tiene mucho que ver la sensibilidad en el medio en que uno se cría. Si empezás a narrar una historia con personajes que te inventás de la pared y tu mamá te escucha y te dice que es una maravilla, es un llamado de atención a los padres. Yo tuve la suerte de tener alguien que haya mirado, pero también podría decir que es una desgracia, que me hizo un daño en vez de enviarme a estudiar mecánica, abogacía, arquitectura, ciencia. Por ejemplo, a mí me gustaba la música lírica y creo que soy un cantante lírico frustrado, pero estoy conforme con lo que hago. La maravilla del arte es que te deslumbra por dentro y te da la posibilidad de encontrarte con vos mismo”.

A partir de que uno elige, se despiertan otros mundos y otros desafíos. En su caso, lo desvela lo social y lo vuelca en sus trabajos. “Fue mi conexión temática desde el inicio. Cuando uno llega a un nivel de expresión alto y tiene la posibilidad de manejar muchas cosas como la tecnología, estás habilitado para hacer muchas cosas, incluso para joder gente. Uno tiene buenas obras, tiene encuentros y desencuentros, olvidos y desamparos”. Algunos de ellos lo encontraron en Venezuela, donde se exilió en 1975 con sólo U$S 20 en el bolsillo y dejando atrás a una hija pequeña y a su mujer embarazada. Allí conoció a Tomás Eloy Martínez. Fue una época dura. “Uno deja jirones del alma en cada esquina y te das cuenta cuando después querés reconstruirte”.

Ahora trabaja en un proyecto monumental: prepara 200 pinturas para los 200 años de historia argentina, una por año, con los hechos más relevantes a su criterio. “Son mojones que voy tomando, no hago revisionismo, sino que tomo el hecho histórico y hago la obra. La idea es que haya 200 coleccionistas de arte que las compren y se las lleven, pero en julio de 2016 van a ser exhibidas juntas, aunque cada cuadro sea individual, con una mirada y una vida propia”. Explica que el Ente Cultural de Tucumán declaró la idea de interés cultural y destinó el Timoteo Navarro a la muestra. Pero no sabe qué pasará en la futura gestión: “vivimos en una casa que tiene siempre una habitación en construcción y nunca se termina la que está empezada”.

Acerca del Bicentenario, reclama que sea un trabajo en conjunto. “Los argentinos tenemos un serio problema cultural, al nacionalismo lo vemos desde el fútbol y no nos hacemos cargo. El argentino todavía no terminó de integrarse al país, todos estamos pensando en salir en algún momento al exterior. Sé que estamos mal, que tenemos una deuda heredada y una corruptela que me asquea, pero nos damos el lujo de tener una universidad gratis para el que quiera venir del mundo a estudiar acá. Conocí países donde el proyecto número uno de toda pareja joven era juntar dinero para que estudie el hijo cuando nazca; acá, si lo quiere, nace con el diploma bajo el brazo, aunque tengamos planes de estudio del siglo XIX, docentes del XX y alumnos del XXI. Estamos más soberbios que nunca”.

Recuerda que en 1969, la India contrató al primer premio Nobel de Economía para erradicar la pobreza, pero nunca puso en marcha el plan. Cuando preguntó el por qué, le contestaron: en democracia, el hambre es una necesidad política.

Grima desiste de los postres del Mora Bistró y pide un café. Mucha gente vio obras de él, pero no tantos lo conocen, lo que no lo inquieta. Al contrario, “el ser visto es mejor, es para lo que uno hace lo que hace, es lo importante; el ser difundido es la parte egocéntrica de cada uno”. “Nuestro trabajo siempre es en soledad, no en equipo y somos reticentes hasta a debatir nuestras ideas. Las otras artes tienen un trabajo colectivo. Somos lobos esteparios, pero a mí me mueve lo social”, insiste.

Cuando se le consulta sobre a qué le teme, el silencio copa la mesa. La pregunta lo golpea y los ojos se inundan. Hace cuatro meses falleció su padre. “Le sentí el último latido, le había agarrado la mano y le había dicho: ‘viejo, ya dejá de sufrir’. Y terminó todo, con una contundencia inmanejable. Fue brutal, muy duro y no me puedo reponer”.

En la confesión, se hace cargo de la primera persona. “Le temo a la muerte, siempre la asocio con un cuadro: uno sabe dónde comienza, pero no dónde termina y es lo que a uno lo inquieta. Es un miedo que no te deja vivir y sin el cual no podrías vivir. A medida que uno avanza en este viaje, visualizás las estaciones que te quedan: o te preparás para ver la última, o el terror te paraliza. Para vos, la muerte siempre es del otro, pero te das cuenta que también es tuya”.

Quizás para ahuyentarla, pinta como siempre lo hizo y como lo sabe hacer, sobre un lienzo que lo invita, seduce y convoca.

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