El discurso completo de Juan Cerisola por los 100 años de la UNT

El discurso completo de Juan Cerisola por los 100 años de la UNT

El acto se realizó en el Patio del Rectorado, el pasado 23 de mayo.

El discurso completo de Juan Cerisola por los 100 años de la UNT
27 Mayo 2014
El pasado 23 de mayo, el rector de la UNT, Juan Cerisola, dio un discurso durante el acto central que se hizo en el Patio del Rectorado con motivo de celebrarse los 100 años de la Universidad Nacional de Tucumán. A continuación el texto completo:

“Estimada Comunidad Universitaria:

La fecha que nos convoca, evoca dos grandes celebraciones: el 204 Aniversario de la Revolución de Mayo y el Cumpleaños número 100 de nuestra Casa de Altos Estudios, bajo la consigna: 100 años iluminando el pasado, 100 años proyectando el futuro.

También ocurre en un mes en el que se produce el recambio de autoridades. En efecto, el próximo 29 de mayo entregaré el mandato a la Rectora Electa, Dra. Alicia Bardón.

Emprendo este último discurso pronunciado como rector en el marco de un acto público de esta Casa, y quiero destacar tres aspectos:

1) El sentido de las gestas de Mayo.

2) El sentido de la celebración de la fundación de esta Casa, hace 100 años.

3) Qué significa para mí celebrar el Centenario y la despedida de mi mandato.

- En lo que hace a la gestas de mayo, quisiera revisar los sentidos de nuestra emancipación política, generalmente desnaturalizados en los libros de historia tradicionales, que parten de un postulado anacrónico: que en 1810 surge la Nación Argentina como tal. De esta manera, la independencia del Imperio Español, es entendida como un hecho inexorable, centrado en el territorio portuario, porque el relato de nuestra revolución se detiene en acontecimientos que sucedían en la ciudad de Buenos Aires. Esta perspectiva le resta riqueza y trascendencia a nuestro pasado, y ha eclipsado el rol que le cupo al actual Norte Argentino en las gestas de la independencia.

En este mismo sentido deseo rescatar el carácter estrictamente latinoamericano de nuestra revolución, porque unos años más tarde, aún no existía un Estado ni un Ejército Argentino. Lo que había aflorado en los albores de 1810 era una incontenible voluntad anticolonial, de alcance sudamericano, cuyo ideario se sintetizaba en el Ejército del Norte, como se llamaba a las huestes del Gral. Manuel Belgrano, uno de los dos más grandes héroes de nuestra argentinidad, cuyo Bastón de mando descansa en manos de la Virgen Generala de dicho Ejército del Norte, Nuestra Sra. De la Merced, en nuestra ciudad de San Miguel de Tucumán.

Destaco aquí otro concepto clave: el carácter revolucionario de nuestra independencia. Y cuando digo revolución, me refiero a la intervención directa de los pueblos, lo que supuso derrumbar las tradicionales barreras que separaban las masas de la política, como sucedió con la reacción popular a la invasión napoleónica a la península ibérica.

Nuestra revolución implicó la interacción social y política de sectores completamente diversos: las clases decentes, como se decía en la época, se acercaron a los pueblos indígenas, a los campesinos criollos y a la gente de color, quienes empuñaron juntos las armas contra el colonialismo español. Así, se constituyó el punto de partida central para entender los sentidos y proyecciones de la Guerra de la Independencia.

En lo que hace a la fundación de nuestra Universidad Pública, lo que impulsó al Dr. Juan B. Terán hace 100 años a crear esta Institución, también fue su patriotismo, sin lugar a dudas, su intelectualidad, y sobre todo, el poder de su palabra.

Palabras de orador, con las que supo forjar consciencias, convencer voluntades, iluminar mentes. Incluso creo que Terán avizoró un sueño de carácter revolucionario en los albores del siglo XX: una Universidad pública en estas latitudes olvidadas de la Patria. ¿Qué otra cosa sino la palabra Patria pudo guiarlo, y entretejer, crear, al menos perfilar siquiera una idea como esta?

Pero tuvo que hacerse fuerte sobre su propia palabra, para vencer la adversidad y el pesimismo. Porque un proyecto de Universidad era demasiado grande, una palabra muy extensa como para que encontrara albergue en una ciudad de resabios colonialistas.

Las reacciones adversas no tardaron en llegar, como siempre que se intenta modificar la historia, para convertirla, al decir de Paulo Freire, en algo más que un dato: en un tiempo de posibilidades, y no de determinismo. Terán cimentaba esta Casa sobre el cimiento más fuerte de su palabra, de sus convicciones y de su propia estatura moral.

Su idea era articular carreras de orientación práctica y técnica, destinadas a estimular las industrias regionales y encarar la educación popular a través de la extensión universitaria. La nueva Universidad no se agotaría en los estudios profesionales o prácticos, sino que también debería dedicarse a las letras clásicas y a las denominadas “bellas inutilidades”, por su vocación trascendente.

Al mismo tiempo, Terán concebía una Universidad de profundo arraigo social, fuera de toda pretensión elitista. Su Universidad representaría, en cambio, un proyecto de universalización de la educación. Fernando Savater explica lo que significa esta idea diciendo:

“durante siglos, la enseñanza sirvió para discriminar a unos grupos humanos frente a otros, a los hombres frente a las mujeres, a los pudientes frente a los menesterosos, a los citadinos frente a los campesinos, a los clérigos frente a los guerreros, a los burgueses frente a los obreros, a los civilizados frente a los salvajes, a los listos frente a los tontos, a las castas superiores frente a las inferiores. Universalizar la educación representa, en cambio, acabar con tales manejos (…) En este sentido el esfuerzo educativo es siempre rebelión contra el destino, sublevación contra el fatum. La educación es anti-fatalidad”.

Pero como la cultura debe responder a las necesidades de la vida actual de la Nación, no puede permanecer encerrada entre las paredes de los claustros. Y por eso, a lo largo de 100 años, esta Casa pudo consolidarse como la Universidad Pública más grande e importante del norte argentino. Trascendencia que se expresa en sus 13 facultades, en las 7 escuelas experimentales, en sus escuelas universitarias de Cine, de Enfermería y de Kinesiología, sus más de 75.000 estudiantes en todos los niveles de enseñanza, sus casi 100 carreras de grado, sus tecnicaturas, sus más de 130 carreras de posgrado, con una activa producción científica y con programas de extensión de gran impacto en la sociedad.

En su constante crecimiento es importante destacar que en los últimos años se ha expandido hacia las ciudades del interior de la provincia, y lo seguirá haciendo.

Destaco también que la UNT participa activamente en organismos nacionales e internacionales de educación, con quienes mantiene convenios de intercambio docente y estudiantil que la posicionan a escala mundial. Estar presentes y mantener el vínculo con ellos, ha sido otra gran prioridad de mi gestión, algo reconocido por el CONICET.

Por todo esto, creo que debemos sentir y celebrar este Centenario como un momento crucial de nuestra Casa y una oportunidad histórica para resignificar los sentidos de nuestro quehacer cotidiano, del lugar que ocupa el conocimiento en nuestros claustros, de los posicionamientos que tiene nuestra Casa frente a la sociedad, y también de la perspectiva que ella le devuelve, cualquiera que esta sea, a veces justa y muchas otras injusta.

Este momento es para celebrar, para colmarnos de un festejo que debe alcanzar los corazones de todos los tucumanos.

Pido, una vez más, como lo hice en reiteradas ocasiones, que todos los actores provinciales: poderes del estado, sectores políticos, sector privado, empresarios, organizaciones, instituciones, medios periodísticos, personas individuales, celebren intensamente este Centenario. Que celebren su Universidad, que no la vulneren ni la conviertan en objeto de intereses inapropiados; que la defiendan de la maledicencia. La Universidad es un universo mucho mayor que sus procesos internos, que sus componentes individuales, tan sujetos a tareas pendientes, que sin dudas deben mejorar. Pero también es cierto que en estos claustros se aprende todos los días gracias a cientos de dignificantes ejemplos de decencia y compromiso.

Por otro lado, este festejo nos involucra a todos. Involucra gran parte de lo que somos los tucumanos hoy, y lo que la Universidad representa para esta ciudad, para la provincia, para el Norte de nuestro país y para miles de personas de países limítrofes que acá estudian o han estudiado. Esta Casa fue creada para ser regional pero de puertas abiertas al mundo.

Permítanme también como Rector, rechazar y no dejar pasar todas las calumnias y discursos agraviantes que se escuchan o se escriben, que predican que en estos claustros se aprende indignidad. Pensamiento perverso, ignorante y oportunista. El solo lenguaje desenmascara a quienes lo utilizan y, en cambio, la comunidad universitaria, aprendió a no dejarse confundir con presiones y agravios.

Por el contrario, en cada rincón de esta Casa se agita el desvelo de miles de docentes, alumnos, y empleados, por construir con esfuerzo, con decencia, y con grandeza.

Esto es lo que celebramos y lo que auguramos para los próximos Cien años: que esta Casa siga siendo consciencia crítica de la sociedad y arquetipo genuino de lo que estamos llamados a ser: una sociedad de conocimiento, donde el saber, la decencia y la belleza vayan de la mano.

Foucault que opinaba que las utopías son algo demasiado grande, decía: “sueño con una ciencia que estudie no las Utopías, porque es preciso reservar ese nombre para aquello que no tiene realmente un lugar, sino que estudie esas impugnaciones del espacio social que no encuentran albergue. Esa ciencia se llamará, por lo tanto, heterotopología, y estudiará todos aquellos lugares que la sociedad acondiciona en los márgenes”.

Me parece que allí tenemos un desafío abierto: que nuestra Universidad siga buscando los márgenes sociales para integrarlos con cultura, con educación, y con las mismas oportunidades que nosotros tuvimos. Nuestra provincia todavía es campo abierto para ello, y lo que se empezó en este sentido, seguramente llegará todavía más lejos.

Así, entonces, ya es tiempo de hablar del futuro. Si lanzo una mirada al horizonte, tengo la plena certeza, como la tuvo la reciente Asamblea Universitaria, de que el mejoramiento de muchos procesos universitarios iniciados, así como muchos otros nuevos, estarán en el corazón de Alicia, la nueva Rectora.

- Por eso ahora, tan solo permítanme decir lo que este momento significa para mí. Para mí, en lo personal, estar entregando el cargo que ocupó Terán, representa un motivo de emoción y de profunda gratitud. Además, representa un motivo de compromiso con mis propios valores y un compromiso, como lo ha sido toda mi vida, con la palabra, con mi palabra.

El valor de mi palabra la aprendí de mi padre. Sus significados los aprendí sobre las faldas de maestra de mi madre, y me la enseñaron mis docentes y mis profesores. Son las mismas palabras con las que pude ofrecer afectos y recibir amigos.

Quiero aprovechar esta ocasión para despedirme entonces de mis verdaderos amigos, así como dejarles mi agradecimiento a todos aquellos que me honraron con su amistad.

Gracias a quienes me acompañaron, a quienes confiaron en mí.

A tantos docentes con sus luchas, a los estudiantes con su inquietud, sus desacuerdos, con el apasionamiento de sus debates y contrapuntos. Esta casa vive gracias a ellos y uno, como docente, rejuvenece con ellos. Gracias de corazón a los jóvenes.

Gracias queridos no-docentes. Pienso en muchos rostros concretos. Ustedes son el alma de esta Casa, como lo fueron antes sus padres o abuelos. Recuerden de enseñarles este dignísimo trabajo también a sus hijos.

En cuanto a mí, lo repito una vez más, la Universidad no me debe nada. Yo le debo todo a ella, sobre todo haber pasado aquí los años más felices de mi vida.

Permítanme hacer mías las palabras del gran maestro Freiriano, que decía:

“Nunca tuve miedo de apostarle a la libertad, a la seriedad, a la amorosidad, a la solidaridad. Nunca temí ser criticado por mi familia, ni por mis alumnos (…) por haberle apostado demasiado a la libertad, a la esperanza, a la palabra del otro, a su voluntad de erguirse y volverse a erguir (…).

Lo que temí, fue dar margen, mediante gestos o palabrería, a ser considerado un oportunista, un “realista”, “un hombre con los pies en la tierra” o un equilibrista de los que están sobre el muro a la espera de saber cuál será la onda que se hará poder. Lo que siempre busqué fue vivir la relación tensa, no contradictoria ni mecánica, entre autoridad y libertad (…). La posición más difícil siempre es la del demócrata, coherente con su sueño solidario e igualitario”.

Por último repetiré adaptadas a mi persona y a la Universidad, algunas palabras del Gral. Julio Argentino Roca:

“He podido cometer errores, no haber interpretado siempre bien las aspiraciones de la Comunidad Universitaria, dejando de hacer cosas útiles. Que no es misión fácil, como sí lo es su crítica, el desempeño del cargo más alto de esta Casa de Estudios. Pero les puedo asegurar que en todos mis actos, buenos o malos, no he agregado otros móviles que el bien y la grandeza de la Universidad Nacional de Tucumán, persuadido que el orden institucional es el don más precioso que puede ostentar, detenida con frecuencia en su marcha ascendente por agitaciones y sacudimientos estériles.

Al descender de este elevado puesto de grande honor y de grandes responsabilidades al mismo tiempo, donde la lucha es incesante, la fatiga sin tregua, abundante la amargura; donde el menor acto o descuido puede ser un crimen y donde se tiene que soportar impasible los embates de mil opiniones e intereses encontrados, y recibir los dardos e insultos siempre agudos y envenenados de las pasiones opositoras; lo hago con la conciencia tranquila, el ánimo sereno, acariciando la idea del silencio y el retiro que las instituciones reservan para quienes las han servido, bien o mal, sin odios ni rencores para nadie”.

Muchísimas gracias, y en lo personal… hasta siempre”.

Juan Alberto Cerisola – Rector de la UNT

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