Llanto de grandes, jamás de niños

Juan Manuel Asis
Por Juan Manuel Asis 27 Abril 2014
Miércoles cerca de la medianoche, llegué cansado a casa y a él lo sentí sollozando en su cama. Estaba con su madre -mi hija-, y sin pensarlo le lancé a ella la pregunta acusadora: ¿qué le hiciste a Santito? “Nada, vio algo en la tele y se puso a lagrimear”, me contestó Yamila desligando sus culpas. Estaba acurrucadito, abrazado a su almohada de Ben 10. Traté de acercarme a su corazoncito de cinco años. ¿Qué le pasa?, le dije acariciándole la frente. “Nono, no quiero que te hagas viejito”. Sorprendido y perturbado miré a mi hija: yo no tengo nada que ver, me dijo con los ojos. Algo así como “arreglátelas vos”. ¿Por qué decís eso?, le pregunté. “No quiero que a vos y a la Nona le salgan rayitas -arrugas- en la cara; yo tampoco quiero ser viejito”. ¿Qué habrá visto en la tele que lo sensibilizó?, ¿qué le digo?; peor aún, cómo salgo de esta. Sonreí, lo abracé fuerte, le afirmé -mentí, obvio- que jamás me pasarían los años, que frente a sus ojitos yo seguiría siendo el mismo, que no piense más en esas tonterías de los dibujitos animados, que siempre me tendría a su lado llevándole los chocolates que quisiera; esta y otras mil cosas más le dije para arrancarle su angustia infantil, que pasó a ser mi agobio por no animarme a exponerle la verdad. Tenía la obligación, y la necesidad, de parar su sollozo -cuyo origen sigue siendo desconocido para mí-, para quitarle esa tristeza pasajera lo más rápido posible. No puedo ver llorar a Santy. Ningún niño debiera llorar jamás. Menos por cosas de grandes. No sé si lo convencí, no sé si me desaparecieron los arrugas frente a sus ojitos picarones, no sé si lo abandonó su idea de no crecer; sólo sé que nos quedamos abrazados viendo a Perry, el ornitorrinco espía. Día siguiente, jueves, las 14.30, cancha de fútbol en San Martín al 2.900, techada, césped sintético, 20 personas, entre ellas yo, buscando entretenerse. En mi caso, transpirar y correr un poco; de habilidad ni hablemos. Minutos antes, Santy me había pedido por teléfono que le lleve un huevo de Pascua. En medio del partido, entre muchos desconocidos, un “mocoso treintañero” me grita: “va para vos, viejo”. No sé qué que hice, si miré o pateé la pelota, sólo recuerdo lo que pensé en ese instante, cuando esa palabra sonó a puñalada: “que no lo escuche Santy”. Con que yo suelte una lágrima, ya es suficiente.

Tamaño texto
Comentarios
Comentarios