Orlando se fue y nunca pude despedirme ni decirle aquello que jamás se declara hasta que es tarde y te quedás con las ganas de hacerlo. Yo estaba lejos, cerca de las olas, el día que este loco lindo, comprador al mango y mago del arte del sabroso choripán, decidió estirar una siesta hasta la eternidad. Nadie sabía quién era Orlando Espinosa. "Yo soy el 'Potro'", escondía su nombre de pila este gigante diminuto de no más de metro sesenta y algo. A Orlando nadie se lo llevaba por delante, ni siquiera esa destructora diabetes a la que ahuyentaba con litros y litros de coca y dulces. "Y qué", te toreaba si intentabas al menos hacerle entender que hacía todo al revés de lo necesario para cuidarse. Su mundo hubiese sido el del revés para cualquiera de nosotros.
Orlando era un tipo noble, guapo por naturaleza pero noble al fin. Moría por el "Cabeza de Limón", por Valentín; moría por sus hijos y por una chatarra a la que le invirtió vaya a saber cuántos miles de pesos. Era una máquina de hacer macanas, aunque cada una de esas patinadas eran forjadas a conciencia, con placer. Esa chatarra de cuatro ruedas fue su amante material. "En mi rastrojero subo las parrillas y me voy a las canchas. A todas. Nunca me deja en banda". Orlando mentía, mentía porque era un pecado capital hacerse cargo de la realidad. El "Potro" vivía en una segunda dimensión, despilfarraba plata, la malgastaba y después renegaba. Nada le salía bien, salvo esos choripanes traídos de su galaxia. Exquisitos.
La vida quiso que Orlando se vaya en silencio y no haciendo ruido como a él le hubiera gustado. El destino decidió que su adiós sea en paz, sin dolor. Orlando tenía 47 años. Era dueño de unas manos mágicas y de un corazón enorme.
Orlando era un tipo noble, guapo por naturaleza pero noble al fin. Moría por el "Cabeza de Limón", por Valentín; moría por sus hijos y por una chatarra a la que le invirtió vaya a saber cuántos miles de pesos. Era una máquina de hacer macanas, aunque cada una de esas patinadas eran forjadas a conciencia, con placer. Esa chatarra de cuatro ruedas fue su amante material. "En mi rastrojero subo las parrillas y me voy a las canchas. A todas. Nunca me deja en banda". Orlando mentía, mentía porque era un pecado capital hacerse cargo de la realidad. El "Potro" vivía en una segunda dimensión, despilfarraba plata, la malgastaba y después renegaba. Nada le salía bien, salvo esos choripanes traídos de su galaxia. Exquisitos.
La vida quiso que Orlando se vaya en silencio y no haciendo ruido como a él le hubiera gustado. El destino decidió que su adiós sea en paz, sin dolor. Orlando tenía 47 años. Era dueño de unas manos mágicas y de un corazón enorme.
Lo más popular








