Más de uno termina siendo llevado de las narices

Por Fernando Stanich -Redacción LA GACETA.

07 Mayo 2009

No hay que subestimar. Ni a los gobernadores, ni a los pobres ni mucho menos a la Presidenta. A la gente humilde, por su condición de tal, no se la puede arriar como ganado. En realidad, los pobres no son los únicos a los que se suele llevar de las narices.
Son, en todo caso, un eslabón -el último, si se quiere- de un cadena de favores anclada históricamente en el clientelismo. El ejemplo que, a veces, se transmite desde el poder es el de la prebenda: dominar para hacer creer que será la única manera de obtener algo.

Gran árbitro
Sólo por ello la Presidenta puede darse el lujo de actuar como gran árbitro de todas las fidelidades. Eso se pudo interpretar el martes en el teatro San Martín. Dicho de otra manera, si la Provincia pretende recibir $ 400 millones para cloacas, los tucumanos -todos, sin excepción- lo menos que debemos hacer es demostrar fidelidad al kirchnerismo y votar por ellos el 28 de junio.
Claro que no existen pobres inocentes ni víctimas en esta historia. Lo mismo que la Presidenta hace con el gobernador, él lo aplica con los 19 intendentes y con los 93 delegados comunales.
Y lo propio ejerce el vicegobernador, Juan Manzur, con los 49 legisladores. Porque el bolsoneo no se termina en un paquete de arroz o en uno de yerba. En todo caso, esa es apenas la cara visible del clientelismo.

Un rehén más
En definitiva, esa es la concepción política de gran parte de la dirigencia y de buena parte de la ciudadanía. Gobernadores, intendentes, comisionados rurales, punteros y sociedad ven en ese sistema una garantía para la supervivencia personal. Al final, el gobernador también termina siendo un rehén más.

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