23 Septiembre 2007 Seguir en 
BUENOS AIRES.- Para bien o para mal, es un hecho que para la dirigencia política argentina los programas económicos se reducen a qué hacer con la paridad entre el dólar y la moneda local. El resto de las variables no son desestimadas, pero quedan subordinadas al valor de la divisa estadounidense. La “tablita” de José Martínez de Hoz, el dólar “recontra-alto” impulsado por Guido Di Tella, o “a tres pesos” anunciado por el presidente Néstor Kirchner a los pocos días de asumir como objetivo deseable, son algunas de las muestras, coronadas por el uno a uno del plan de Convertibilidad, un régimen que cumplió el papel de un plan económico.La actual campaña electoral por la sucesión presidencial no es la excepción, a juzgar por las escasas pistas que los candidatos vienen dando en materia económica.
La senadora Cristina Fernández de Kirchner lo planteó en su última visita a Alemania, donde intentó convencer a funcionarios y empresarios de las bondades de la economía argentina, de la que destacó en primer lugar su “tipo de cambio competitivo”. Argumento difícilmente convincente para uno de los países impulsores de la Unión Europea y su moneda, el euro, una de las más sobrevaluadas en relación con un dólar alicaído en todo el planeta menos por estas latitudes.
Desde la perspectiva de quienes apuestan todas las fichas a un dólar alto, tenerlo a 72 centavos por cada euro sería el certificado de defunción de la Unión Europea, en cuyos países la miseria y la postración no pararían de crecer. Sin embargo, fue Cristina Kirchner quien concurrió a Berlín para buscar inversiones. Sería difícil imaginar a Angela Merkel recurriendo a los favores de la UIA para impulsar la economía alemana...
Entre los competidores de la candidata oficialista, Elisa Carrió abogó por un dólar alto dentro de parámetros que sean compatibles con la estabilidad. Su postulante a ministro de Economía, Alfonso Prat Gay, aventuró una señal acerca de qué se entiende por estabilidad de precios, al sostener que prefiere un crecimiento del 6% con una inflación del 5%, en vez de una evolución del PBI de 9 puntos y un índice de precios al consumidor (real, se entiende) del 20%.
Pareciera que los actuales niveles inflacionarios moderaran las expectativas, ya que un 5% de inflación anual sería motivo de preocupación para muchos gobiernos. En otro contexto, con una capacidad instalada ociosa y niveles salariales más deprimidos que los actuales, el propio Prat Gay consiguió en marzo de 2004 una tasa anual de inflación de 2,3%, menos de la mitad de su nueva meta. Prat Gay llegó a eso en tandem con otro de los candidatos presidenciales, el por entonces ministro de Economía Roberto Lavagna. Al igual que Carrió, el presidenciable de UNA relacionó el nivel del dólar con los precios y alertó sobre la incidencia de la inflación en el tipo de cambio real. Explicó que, con el aumento de precios de los últimos meses, el dólar a $ 3,20 de la actualidad es menos competitivo que el de $ 3,10 de principios de año.
Si se tomara una serie histórica más extensa, más de un partidario del dólar alto podría llevarse una sorpresa. Para muchos exportadores, el tipo de cambio actual, deducidas las retenciones estaría por debajo del de fines de la convertibilidad. Para ello, no podría tomarse como deflactor al IPC de los últimos ocho meses, mal que les pese a ciertos defensores de lo que se viene actuando en el Indec.
La inflación, entonces, representaría un perjuicio para los asalariados y para los exportadores, en la medida que el peso no se deprecie en consonancia con el aumento de precios. Lo que conduce a un inconfesado común denominador de los tres candidatos mencionados: el peso seguirá depreciándose a lo largo del futuro período presidencial, sea por la necesidad de mantener un tipo de cambio competitivo, por tener un dólar lo más alto posible compatible con la estabilidad o por el propósito de recuperar el terreno perdido ante la inflación. Y que muestra otra faceta de la inconsistencia en la elaboración del presupuesto: en sus supuestos macroeconómicos, fija para 2008 un dólar a $ 3,21, poco más de 1% de aumento respecto de la paridad actual, y una inflación siete veces mayor a ese incremento, si se toma la pauta oficial, y hasta 20 veces superior, si se siguen las diferentes proyecciones privadas. Una de dos: o el Gobierno ahora propone un dólar barato, o algunos números están mal hechos. Y conste que el proyecto de Presupuesto no se elaboró en el Indec. (DyN)







