"En economía, no hay almuerzos gratis"

El ex presidente del Banco Central opina que la obsesión del Gobierno por un crecimiento del 9 % entraña un futuro complicado.

INCISIVO. Alfonso Prat Gay sostiene que la estabilidad monetaria debe ser una política de Estado. LA GACETA / JOSE NUNO
INCISIVO. Alfonso Prat Gay sostiene que la estabilidad monetaria debe ser una política de Estado. LA GACETA / JOSE NUNO
17 Junio 2007
“Creo que en economía no hay almuerzos gratis”, dispara Alfonso Prat Gay para explicar cómo ve el horizonte de la Argentina de aquí a un par de años. Un horizonte en el que él advierte nubarrones, producto de lo que define como un mal hábito de los argentinos: administrar mal la época de vacas gordas. “El ciclo económico existe, y tiene algunas razones que no son técnicas, sino de psicología de masas. Cuando digo que esto no nos saldrá gratis, lo que estoy señalando es que el crecimiento tendrá un costo. Todos aquellos puntos de más que tengamos hoy vamos a tener que devolverlos en un futuro. Yo preferiría un esquema por el cual la economía crezca un 6%, con inflación del 5 %, durante 20 años, en vez de un esquema como el actual, en el la economía crece al 9%, con una expectativa de inflación de entre el 15 y el 20% durante unos pocos años, pero que después traerá como consecuencia situaciones más complicadas”, explica.
El economista disertará el martes a las 20.30 en el Centro Cultural de la UNT, en el marco del ciclo de conferencias de LA GACETA, con el auspicio del Banco Santiago del Estero; la presentación estará a cargo del doctor Carlos Páez de la Torre (h).
Prat Gay fue presidente del Banco Central de la República Argentina (diciembre de 2002 a septiembre de 2004) y economista de la banca JP Morgan, y actualmente es docente de las universidades Di Tella y Católica Argentina, y conductor de “Andares”, una fundación dedicada al desarrollo de las microfinanzas. Opina con la pasión de quien ha hecho de la economía un derrotero, le toque donde le toque, sea en la función pública o en el llano.

-¿Cómo llegó a las microfinanzas?
-Un poco por casualidad. La búsqueda es siempre la misma. la ciencia económica es tal en cuanto responda al bien común, en cuanto sirva para mejorar la calidad de vida de la gente. Cuando dejé el Banco Central encontré que el Tercer Sector era un espacio para trabajar, y en las microfinanzas también, porque eran la posibilidad de mejorar las condiciones de vida de los que menos tienen.

-¿Cómo está el sector en la Argentina?
-En pañales. En el país hemos relevado 30.000 prestatarios de microcréditos, pero calculamos que podría haber 750.000 -o un millón, siendo ambiciosos- de microemprendedores que hoy tienen su actividad de autoempleo y que llevan adelante sin financiación. Eso es un gran problema, porque generalmente se cree que los pobres tienen menos necesidad de servicios financieros que los ricos.Y es al revés: un peso canalizado a un emprendedor pobre tiene un retorno no solamente económico, sino también social.

-¿La banca privada reacciona?
-Está empezando a leer con más detenimiento lo que ha sido un modelo exitoso; experiencias como las de Yunnus han ayudado a popularizar el concepto. Pero en la Argentina la banca no ha sabido apuntar a las pequeñas ni a las medianas empresas. Claro que si acá no está resuelta la actividad industrial, es difícil pedir un salto cualitativo y que se vaya a la base de la pirámide.

-¿Cómo ve la coyuntura, de cara a las elecciones?
-No veo las elecciones como factor de perturbación pero tampoco como factor de estímulo al crecimiento, como sí lo fueron en 2005. Uno mira los números 2005 y ve que buena parte de la reaceleración de la economía de la segunda mitad de ese año tuvo que ver con un aumento notable de la obra pública. El Gobierno, entonces como hoy, disponía de importantes excedentes presupuestarios y los puso al servicio de la obra pública, con la intención de recaudar más votos. No descarto que la intención del Gobierno sea hoy la misma, pero creo que está más restringido, fundamentalmente por el deterioro, ante la opinión pública, de algunos de los vehículos a través de los cuales el Gobierno nacional ejecuta la obra pública.

-El caso Skanska...
-Exacto. Si uno mira los números de obra pública,puede observar que prácticamente no ha habido crecimiento en los últimos 12 meses. Habría que esperar un rebote importante, como lo tuvimos en 2005. Con ese rebote, se podría pensar que la obra pública puede agregar un punto y medio adicional del crecimiento del PBI. Pero creo que, dadas estas cuestiones y la reticencia que va a haber por parte de cualquier actor del sector privado a participar en estos proyectos, no vamos a tener la oportunidad electoral de la obra pública. No veo las elecciones como un factor de incertidumbre económica este año. Tampoco veo que el Gobierno tenga margen como para usar fondos públicos en su beneficio político.

-¿Y el largo plazo?
- Dentro de dos años vamos a empezar a pagar los costos que le señalaba antes. En algún momento del próximo mandato se va a producir una combinación de desaceleración de la economía e inflación, que se mantendrá estable, e incluso se puede acelerar. Y es lo que cualquier gobierno del mundo quiere evitar. Eso puede ser un problema para un esquema de poder que hasta ahora sólo ha sabido gobernar en un esquema de bonanza. Y no me preocupan tanto las consecuencias económicas como las políticas. ¿Qué sucede si la economía, en vez de crecer al 9 %, crece al 4%? Esa no es una mala tasa de crecimiento, pero 4%, comparado con el 9 % va a genera una sensación de recesión, y eso puede gatillar comportamientos políticos latentes y complicarle la gestión al próximo gobierno. Como sociedad, debemos estar atentos a que no nos vuelva a suceder lo que siempre nos pasa: administramos mal la época de vacas gordas.

-¿Cómo analiza la actual explosión de consumo?
-No puedo juzgar a la gente que consume. Me preocupa más el comportamiento de la dirigencia, que parece anestesiada por el crecimiento y convive con el cortoplacismo impuesto por un gobierno que parece estar siempre orientado a la próxima elección o a la próxima encuesta. Lo que nos distingue a veces a los argentinos de otros países es el compromiso de la dirigencia privada.

-¿Cómo explica esa conducta?
-Creo que es una cuestión cultural y una influencia de nuestra historia reciente. En el pasado, a los empresarios que apostaron al largo plazo no les fue bien; al que le fue bien fue al vivo que estaba esperando la crisis. En la Argentina nos cuesta pensar como grupo, como sociedad. Nos sale más fácil el “sálvese quien pueda”, y tenemos una dirigencia que en vez de marcarle los límites al gobierno de turno termina jugando su juego. ¿Por qué digo marcarle los límites? Porque un emprendimiento privado no es empresa si no se proyecta a veinte o a treinta años. En cambio, un gobierno puede proyectar a sus cuatro años de gestión. Es cierto que en otros países tampoco hace falta un compromiso demasiado extraordinario de la dirigencia privada, porque en tanto funcionen adecuadamente las instituciones, son ellas las que marcan el horizonte temporal. Tomemos como ejemplo toda la discusión en torno de la independencia del Banco Central. Yo creo en la independencia del Banco Central porque tiene que haber organismos públicos que estén pensándose a largo plazo; y el Banco Central debe ser uno de ellos . La estabilidad monetaria tiene que ser una política de Estado. Sin estabilidad monetaria no hay ni siquiera capitalismo, y sin capitalismo no hay capacidad de proyectarse a largo plazo. Y sin eso, no hay desarrollo.

-¿Qué puede decir de las economías regionales, y de Tucumán?
- Tanto para las economías regionales en general, como para Tucumán, el reacomodamiento de las variables económicas, fundamentalmente en el ajuste de precios relativos, vía tipo de cambio, ha sido una llave muy poderosa para dejar atrás los momentos tan duros que se vivieron en los años 90. En los 90 se imponían esquemas en los que, allí sí, los servicios eran ganadores. Y la bonanza estaba en las ciudades, y el campo se iba vaciando.


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