Sapo cancionero

Sapo de la noche… sapo cancionero/ que vives soñando junto a tu laguna/ tenor de los charcos, grotesco trovero / estás embrujado de amor por la luna. ¿Quién no ha saltado con esa zamba? “Sapo cancionero” nació de un poema del chileno Alejandro Flores al que el jujeño Jorge Hugo Chagra puso música. Pero después llegaron Los Chalchaleros y la hicieron famosa. Parece un poco obvio que nadie la haya cantado como ellos, como que era para ellos. ¿No son una voz de a cuatro que salta y baja? Son, con todo el respeto y la galantería del caso, el conjunto más sapero que se me ocurre.

Vamos a la zamba. El sapo canta de noche para no ser visto y rechazado por su aspecto. Se sabe “feo y contrahecho”. Canta su melancolía que suena como letanía, como rezo, como una reiteración de un amor que nunca será correspondido. No hace falta decir que en los cuentos y refranes lo tratamos mucho peor, como en aquella historia que señala que una mujer debe besar al sapo para que deje de serlo y devenga parte de la nobleza. Decimos que nos tragamos un sapo cuando aguantamos algo feo sin protestar. Como continuando el dicho, escasean, bordeando la extinción los lugares que tengan rana en la carta (usaré rana y sapo indistintamente, como solemos hacer porque son del mismo orden biológico). Hasta juega un papel significativo en cuanta poción de bruja o juntada de la Salamanca. Pero todo esto es injusticia pura: la clave del sapo está en nosotros, en nuestra ingratitud hacia un animal maravilloso y benéfico.

En esa fuente de saber y frescura que es el proyecto “de mano en mano” de la biblioteca de la Facultad de Filosofía y Letras, donde ponen a disposición obras “usadas” de todo tipo, encontré un libro profundo e inquietante: La herencia y otros ensayos de ciencia popular, de Julian Huxley (edición de Losada, 1949). Inquietante porque fue siempre un convencido defensor de la eugenesia (de hecho es quizás el primero en usar la expresión ahora en moda “transhumanismo”). Lo que su hermano Aldous narró como una pesadilla distópica en Un mundo feliz era un mundo bastante feliz para el biólogo.

Pero (un pero no compensatorio) aparece allí una conferencia suya sobre la rana donde pondera sus dotes y su lugar en la evolución; él dice que es un sermón biológico, y está escrito con una pluma fascinante. La parte más linda es la del canto. Huxley cuenta que bajo el Antiguo Régimen, en Francia, uno de los deberes de los campesinos era salir de noche a golpear el agua de los estanques para que las ranas se callaran y los nobles pudieran dormir. Uno dimensiona la ingratitud de esos palos al agua cuando agrega Huxley un dato que cualquier filósofo del lenguaje debería anotar: Las ranas habrían sido la primera música vocal de la vida. Otros animales ya hacían ruido antes, los insectos, pero eran todos, digamos, instrumentistas, como hoy los grillos, con cítaras en las patas y violines en las alas. Sin ese comienzo humilde del charco no habría canto de pájaros ni habla humana. Agrega Huxley que su experiencia es que cantan cuando llueve. Sería que el sapo no anuncia la lluvia, la festeja. Esa voz antigua habría sido entonces para festejar y cortejar.

El primer cantor de la vida del planeta fue este galanteador de charco. Sin él no se entienden todos los cantos que vendrán después al mundo, como los de los zorzales, los chalchaleros, que hicieron que en medio de las peñas suene esta zamba-poema, en cuyo estribillo es casi imposible no querer zambullirse: Sapo cancionero/ canta tu canción/ que la vida es triste/ si no la vivimos con una ilusión…

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