Compartir mesa con algún profesor o profesora importante como Genie Valentié o Lito Shkolnik tenía casi siempre el plus de que alguien se acercara a saludarlo y le hiciera saber que había sido su alumno de tal materia en tal lugar y momento, muchas veces remoto. Uno sentía que el “egresadito” de unos sesenta años estaba nervioso y feliz de haber tomado el valor para acercarse. A su vez, al maestro se le iluminaba la cara. No es una escena común en estos días y latitudes, en los que la docencia no recibe muchas señales de gratitud espiritual ni material.
El “Negro” Zeballos, reconocido profesor de lógica y tangólogo, contaba que durante su estadía en Alemania se sorprendió del trato que la sociedad les daba a los profesores, saludados con taquito y Herr Professor. Allí el doctorado incluso puede hacerse constar en el documento de identidad, y los rangos académicos tienen una repercusión visible en la vida cotidiana y en el trato entre las personas.
De todas maneras, el punto es que la relación pedagógica tiene formas misteriosas y fascinantes. Vamos con una. Desde hace unas semanas circula en redes un relato de Patricio Rago, escritor y dueño de “Aristipo” librería de libros usados o viejos que le llaman, en Villa Crespo, en Buenos Aires. La historia es que él le compró a Germán Jiménez, profesor jubilado de Metafísica en la Universidad Nacional de Salta, una colección de filosofía de unos 800 ejemplares de su biblioteca, de la que se desprendía porque se mudaba a Friburgo para traducir a Heidegger. El librero relata que un cliente joven a quien desconocía le dijo que era ex alumno de Jiménez (el profesor ponía un sellito y su nombre a cada libro, así se dio cuenta) y que quería comprar toda la colección, pero que por razones económicas no podía hacerlo de una sola vez. Entonces hicieron un arreglo de reserva y, mes a mes, el discípulo se llevaba una pila y seleccionaba otra para que se la tasaran y se la tuvieran separada para la vuelta siguiente. Lo curioso es que, cuando faltaban los últimos cinco libros, dejó de ir. El librero muestra en el video la bolsita que es el corcho del asunto: “flaco, aquí están”. Lleva siete años esperando. No sabe por qué, pero no es capaz de venderlos a otro. En la Universidad de Salta intentaron sin éxito identificar al estudiante y el propio Germán Jiménez reconoció no saber con certeza quién era.
Cosa curiosa: Jiménez nació en Granada, su familia anduvo por varios lugares y de chico le temía a una sola cosa, ir a parar a un país cuyo idioma no conocía. Terminó su carrera en Friburgo traduciendo a Heidegger, que es como curarse el miedo al agua cruzando a nado el Canal de la Mancha. En Alemania recibe el trato de Herr Professor y está en contacto con las fuentes, con escritos originales para traducir. En Buenos Aires, el ex alumno desconocido que fue a la librería de viejos le hizo otro tipo de reverencia. Quizás el alumno no dejó de ir por plata ni por olvido, sino porque hace siete años lo visitó una melancolía de completar la operación. Quizás no quería terminar la conversación. Porque mientras queden esos cinco libros en una bolsita, esta trama de saber, conocer e ignorar se mantiene junta; esos cinco libros son la piedra clave de un arco improbable que une Salta, Friburgo y una librería de viejos de Villa Crespo. Cosas de la filosofía.







