La increíble vida de Guillermo Vilas
“Fue como un rockstar, que además conquistó a una princesa”, dice, en charla con LA GACETA Literaria, el autor de El otro Vilas, libro de reciente publicación en el que cuenta “el otro lado” de la vida del tenista. Poeta, lector voraz, productor musical y amigo de estrellas internacionales, Vilas construyó un personaje que desbordó largamente los límites de una cancha. Amalfitano recupera historias poco conocidas de una figura que considera irrepetible y cuya dimensión cultural, sostiene, todavía no ha sido suficientemente explorada.
Ion Tiriac, ex jugador rumano de tenis y de hockey sobre hielo, fue la sombra de Guillermo Vilas durante gran parte de su carrera. Entre ellos hubo secretos muy bien guardados y que tal vez nunca sepamos; y otros que ahora cuenta el periodista argentino Pablo Amalfitano (9 de octubre de 1990) en su reciente El otro Vilas: historias escondidas de una vida irrepetible, la última joya de literatura deportiva que acaba de lanzar la editorial Al Arco, especializada en la temática.
En los años 70, Tiriac se había puesto en contacto con la gerontóloga Ana Aslan, también rumana, famosa por sus tratamientos antienvejecimiento y por sus pacientes: los ex presidentes estadounidenses John F. Kennedy y Lyndon Johnson, el mandatario francés Charles de Gaulle y los actores Charles Chaplin, Marilyn Monroe y Sylvester Stallone, entre tantos.
“Tiriac creía que Vilas debía robustecer y rejuvenecer el físico, la herramienta esencial para exprimir las cualidades de su juego. El vuelo secreto, en avión privado, partió desde París y descendió de manera directa en Transilvania, sitio en el que la doctora tenía su espacio de descanso y en el que, durante dos semanas, el tenista argentino realizó un visionario tratamiento con Gerovital H3, el infrecuente compuesto para retrasar el envejecimiento. El procedimiento confluía a la perfección con largos masajes, el control del flujo sanguíneo, los duros entrenamientos en la montaña y la oxigenación con glóbulos rojos. Años más tarde todo aquello resultaría cotidiano para cualquier preparación física a manos de un médico deportólogo, pero por esos años hacía pensar en una mezcla de dos aspectos: la faceta enigmática del tratamiento, sólo reservada para robustas personalidades del universo, y la visión del tándem Vilas–Tiriac”, se lee en el libro de Amalfitano como para que quede claro de quién se habla cuando se habla de Vilas.
Es que el tenista nacido el 17 de agosto de 1952 en Buenos Aires pero criado en Mar del Plata, está entre los mejores deportistas de la historia argentina. Y también entre los mejores tenistas del mundo. Pudo ser número 1, pero oficialmente nunca fue reconocido. Esa fue su principal frustración deportiva a lo largo de su vida, que por estos días transcurre en el Principado de Mónaco, donde vive recluido con su familia.
Vilas fue una de las grandes celebridades internacionales que tuvo nuestro país. Lector fervoroso de Rimbaud, escribía poemas que publicaba en libros hoy inhallables. Se dio el gusto de producir un disco de Luis Alberto Spinetta para el mercado norteamericano. Se hizo amigo de los Rolling Stones. Ya en los 90, se lanzó él mismo como cantante. Protagonizó romances que dieron de qué hablar; entre ellos, el que mantuvo por unos meses con la princesa Carolina de Mónaco.
“Quería rescatar el lado B de una figura cuyas hazañas fueron hace 50 años. La parte cultural de Vilas es de una dimensión bastante importante, incluso más de lo que la gente se imagina “, cuenta Pablo Amalfitano, especialista en tenis en Página/12, durante la extensa charla con LA GACETA Literaria.
-En El otro Vilas evitás hablar de su estado actual (enfermedad neurológica con deterioro cognitivo).
-Es que su familia nunca informó oficialmente lo que tiene. No hay nadie que haya hablado, entonces traté de ser respetuoso en ese sentido. Está contenido en un lugar lindo para él, especial e importante en su carrera.
Además, no vi necesario tocar ese tema, porque puede sonar como un golpe bajo. La dimensión de Vilas excede su presente.
-¿Cómo llegaste a Vilas?
-Soy de Mar del Plata, donde se formó; porque por más que haya nacido en Buenos Aires, siempre se autoproclamó marplatense. Generacionalmente no lo ví jugar, pero en mi ciudad su figura es muy grande. Además crecí leyendo El Gráfico y cosas viejas que me pasaba mi papá, que también es periodista (Víctor Hugo Amalfitano) y me contaba de sus hazañas. A la vez, decidí profundizar porque me interesó también entender el contexto en el que se formó esa figura: me parece que Vilas fue lo que fue por el contexto de su época. Creo que es imposible que haya otro Vilas.
-¿Por qué?
-Por la formación que tuvo y por el momento en el que vivió su apogeo. Arrancó en la década del ‘60, que fue tan revolucionaria a nivel cultural en el mundo. Él la consideró una época de libertad, una época de expresión. Y junto a tantos otros tenistas explotó en los años ‘70, cuando ganó el Másters en Australia. Sin esa generación hoy no existiría el tenis como lo conocemos. Ni hablar de nuestro país, porque fue Vilas quien lo popularizó. Sin Vilas no existiría Del Potro ni La Legión ni nada; no existirían profesores de tenis ni canchas. O sea, toda esta industria que hay alrededor del tenis desde hace 50 años es gracias a Vilas.
-¿Qué saben las nuevas generaciones de él?
-Yo mismo llegué a Vilas sin verlo jugar: y si me sumergí en su figura es porque evidentemente tiene algo. Creo que a las nuevas generaciones les puede interesar el personaje. Además, este libro tiene una lectura ágil: son historias sueltas pero unidas de manera cronológica, porque arranca con el origen del fenómeno y termina con el último Vilas.
-¿Cómo definirías su figura en sí?
-Vilas ganó cuatro Grand Slams, fue número uno del mundo, y a pesar de ganar todo dedicó gran parte de su vida a leer, a escribir, a pensar el mundo y a pensarse a sí mismo. No es normal que un tipo de la elite del deporte haga todo eso. Incluso pensaba y escribía sobre la muerte y tantos temas profundos. Vilas fue profundamente reflexivo, y eso es una puerta de entrada para recuperar su figura.
-Es que Vilas trascendió, definitivamente, las canchas de tenis.
-Fue como un rockstar: ¡conquistó a una princesa! El mundo estaba pendiente de ellos, hasta que en Hawai los encontró, escondidos en un hotel, un fotógrafo (el francés Pascal Rostain) que terminó vendiendo las imágenes a los medios de comunicación más importantes de la época. Vivió un montón de historias, muchas de ellas quedaron afuera por cuestiones de espacio.
-El propio Vilas, sin embargo, nunca se sintió reconocido del todo.
-Me parece que empezó a tener un reconocimiento tardío; o por lo menos el reconocimiento que él pretendía. Incluso una vez retirado, en los años 90 quiso ser capitán del equipo de la Davis y los dirigentes no lo tuvieron en cuenta, lo que llevó a un enfrentamiento, porque se sintió rechazado. Pero Vilas ya es una leyenda.
-¿Quién fue Vilas?
-Un distinto. Y creo que los distintos merecen incluso trascender esta época en la que todo se pierde tan rápido. Hoy es imposible que volvamos a tener un Vilas, así como será imposible que salga otro Maradona, por lo que hicieron culturalmente.
-¿Llegaste a interactuar con él?
-Lo conocí y le hice una sola nota. Me vine a vivir a Buenos Aires en 2010, tenía 19 años y Vilas se fue a Mónaco en 2016. Entre esos años empecé a cubrir noticias de tenis. Recuerdo que lo cruzaba en los torneos y en los clubes: Vilas vestido siempre de tenista, con ropa Topper negra, boina, short, y siempre lo veía dando un consejo a alguien. Era una leyenda aportando su conocimiento a otro jugador y hablando con la gente y queriendo dar entrevistas abiertamente. Pues entonces, yo era un pibito que recién empezaba y le hice una nota después de una conferencia. ¡Para mí era una locura!
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Por Alejandro Duchini







