El texto tiene un punto de partida muy fuerte: Jesús no pregunta solamente qué sabemos de Él, sino quién es Él para nosotros. Para un cristiano este evangelio puede profundizarse llevando la pregunta desde la información hacia el encuentro, y del encuentro hacia una decisión de vida.
Podemos ver tres pasos.
1. “¿Quién dice la gente que soy yo?” Jesús comienza por la opinión de los demás. Hay muchas respuestas: profeta, maestro, hombre bueno, personaje histórico, referente moral. También hoy existen muchas imágenes de Jesús: el Jesús revolucionario, el Jesús misericordioso, el Jesús que consuela, el Jesús que inspira valores. Todas pueden contener algo verdadero, pero ninguna alcanza por sí sola el misterio de su Persona. La pregunta de Jesús nos invita a no quedarnos en un Jesús construido según nuestras necesidades.
2. “Y ustedes, ¿quién dicen que soy?” Aquí cambia radicalmente la pregunta. Ya no interesa solamente lo que dicen los demás. Jesús quiere saber qué lugar ocupa Él en nuestra propia existencia. No pregunta: “¿Qué aprendieron sobre mí?” sino: “¿Quién soy yo para vos?”
Pedro responde: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Es una respuesta que no nace simplemente de la inteligencia de Pedro. Es una respuesta de fe. Pedro reconoce en Jesús algo que supera lo que puede captar con los sentidos: Jesús no es solamente alguien que habla de Dios; es el Hijo que revela el rostro mismo de Dios.
3. La pregunta se vuelve existencial. Aquí está, a mi entender, el núcleo para la homilía: Podemos tener una relación con la Iglesia sin haber llegado todavía a preguntarnos seriamente quién es Jesús para nuestra vida. Podemos conocer el Evangelio, rezar, participar de la Eucaristía, servir en la Iglesia y, sin embargo, correr el riesgo de vivir una fe heredada, cultural o acostumbrada.
Por eso la pregunta de Jesús atraviesa nuestra vida: ¿Quién es Jesús cuando tengo que tomar una decisión difícil ¿Quién es Jesús cuando sufro? ¿Quién es Jesús cuando tengo que perdonar? ¿Quién es Jesús cuando tengo que elegir entre mi comodidad y la verdad? ¿Quién es Jesús cuando parece que Dios guarda silencio? ¿Quién es Jesús cuando tengo éxito y cuando fracaso? ¿Quién es Jesús cuando me pregunto para qué estoy viviendo?
Porque la verdadera respuesta a «¿quién es Jesús?» no se da solamente con los labios; se da con la vida.
4. De una respuesta doctrinal a una relación personal. Hay una diferencia enorme entre decir: “Jesús es el Hijo de Dios” y poder decir: “Jesús es mi Señor, mi Salvador, aquel en quien pongo mi vida”. La primera afirmación puede ser aprendida. La segunda implica conversión. Por eso podrías terminar con una invitación muy sencilla y profunda: Hoy Jesús vuelve a preguntarme: “¿Quién soy yo para vos?”
Y quizá la respuesta más sincera no tenga que ser una frase perfecta. Puede ser una oración: “Señor Jesús, quiero conocerte más, pero sobre todo quiero reconocerte como el Señor de mi vida. Que no seas solamente alguien de quien sé cosas, sino Alguien a quien sigo, en quien confío y a quien entrego mi vida.” Y hay una consecuencia pastoral muy importante: la evangelización comienza cuando ayudamos a las personas a pasar de “sé cosas sobre Jesús” a “me encontré con Jesús”. Ahí la fe deja de ser solamente una tradición recibida y se convierte en una relación viva.
Una frase que podría ordenar toda la homilía sería: “La pregunta más importante de nuestra vida no es solamente quién es Jesús, sino quién es Jesús para mí”. Y una segunda, como conclusión: “La respuesta que damos con los labios debe terminar convirtiéndose en una respuesta que damos con nuestra vida.”







