Clarividente, Tomás Eloy Martínez vio el país de hoy en 1991

Clarividente, Tomás Eloy Martínez vio el país de hoy en 1991

Guillermo Monti
Por Guillermo Monti 27 Junio 2026

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“El Dinero ha encontrado encarnaciones grises pero estridentes, que defienden valores como la Eficiencia, la Estabilidad, el Cierre de los Números, el Darwinismo Social (...) ¿Habrá que imaginar, entonces, una Argentina del siglo XXI en la que, desaparecidas las industrias nacionales, abandonado el campo, privatizados los cordones de las veredas, sólo nos rijan la Especulación y un Orden en el que los ricos (invirtiendo el célebre apotegma de Perón) sean cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres?”

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La desesperanza se desprendía de la prosa de Tomás Eloy Martínez allá por 1991, cuando la película del menemismo corría frente a sus ojos de periodista/analista. Aquel clima de época encontró en el escritor tucumano a una suerte de Nostradamus, capaz de pronosticar en textos publicados a lo largo de toda la década el inevitable apocalipsis de 2001. La recorrida por esa colección de breves ensayos, muchos de ellos publicados en el libro “Argentina y otras crónicas”, va entregando pasmosas e irrefutables similitudes con el país de hoy. “El tema central de las conversaciones es ahora el dinero”, lamentaba Tomás Eloy. Dinero al que catalogaba de “valor absoluto”, artífice de un gran anhelo nacional -el éxito en el mercado- y piedra basal de las ilusiones de toda la comunidad.

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Detrás de esta foto flotaba la percepción inequívoca del vaciamiento cultural provocado por la dictadura, cuya consecuencia -escribía Tomás Eloy- fue la emergencia de un país vencido y empobrecido. Diez años antes de que Zygmunt Bauman publicara “La cultura en el mundo de la modernidad líquida”, Tomás Eloy ya miraba un país marcado por la fragilidad de los vínculos y por la propensión al descarte, todo tan propio de esa sociedad de consumo que encontró tierra fértil a partir de los 90. “La comunidad cultural argentina es un reino donde para ser, para existir, es preciso adquirir primero estatus de superestrella”, apuntaba en el potente texto titulado “Una civilización de la barbarie”.

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Era un Tomás Eloy marcado todavía por el exilio y, en especial, por la perplejidad que le provocó el regreso a una Argentina que le costaba reconocer. Se sabe: duele irse, pero a veces duele más volver. Desde ese prisma buceó en la historia nacional, procurando encontrar respuestas originales a nuestras dudas existenciales. Para eso enlazó los mitos pasados con los mitos por venir. “Mucha de la infelicidad argentina nace de una lección que la realidad siempre contradice -sostenía Tomás Eloy-. Se nos enseña que somos grandes y a cada rato tropezamos con la pequeñez. La civilización que hemos predicado está marcada por golpes de barbarie (,,,). ¿Cuál es nuestro lugar entonces? Nunca le será fácil alcanzar la dicha a un país que siempre cree tener menos de lo que merece y que desde hace décadas viene imaginando que es más de lo que es”.

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Durante décadas, el contraste entre el potencial del país (recursos naturales, territorio) y su realidad (pobreza, inflación) ha consolidado la creencia de que existe una incapacidad estructural para hacer las cosas bien. Arturo Jauretche lo describió en su “Manual de zonceras argentinas”, cuando describe cómo los propios argentinos repetimos frases hechas (como pensar que el país es inviable o inferior a otros) para justificar el atraso. En esa línea se inscribe la cantinela de que los argentinos “no podemos”. Y como “no podemos”, lo que corresponde es entregarle los controles a quienes sí pueden. El proceso de desindustrialización que apreciaba Tomas Eloy en los 90, tan similar al actual, se inscribía en esa lógica. Como “no podemos” ser competitivos, pues bien, habrá que traer de afuera lo que no estamos en condiciones de producir. “La decadencia argentina -sintetizó el escritor- es uno de los más extravagantes enigmas de este siglo”.

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Tomás Eloy seguía con atención fenómenos propios de los 90 que hallan un paralelismo en este rincón del siglo XXI. Fue testigo, por caso, de la privatización del río Paraná, concretada por el menemismo el 21 de febrero de 1995. La firma belga Jan De Nul se adjudicó esa concesión por el término de 25 años. El contrato cesó en 2020, cuando el país recuperó la soberanía de su vía navegable troncal, esa por la que se mueve el grueso de nuestra producción y también la que “baja” desde Paraguay y Brasil. Pero en el marco de ese festival de oportunidades desperdiciadas que fue la gestión de Alberto Fernández, la posibilidad de cambiar la historia naufragó. Se perdió la chance de ejercer todos los derechos que le corresponden a un país soberano a partir de la conformación de un ente nacional encargado de controlar y administrar el comercio fluvial. Una vez más se impuso el argumento de que los argentinos “no podemos” -por ineficientes o por corruptos- hacernos cargo del Paraná. El Gobierno de Javier Milei volvió a entregarle el río a Jan De Nul, en un acuerdo que se extenderá hasta el año 2051. Tomás Eloy hablaba de cordones de la vereda privatizados; en el caso del Paraná no hubo metáforas de por medio.

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“Quizás el mejor medio para conocer a una nación es lo que ella hace con el lenguaje”, subrayaba Tomás Eloy. En Argentina, es evidente, el lenguaje está colmado de trampas. Una de ellas es referirse al Paraná como “la hidrovía”. Para la opinión pública, focalizada en historietas como las de Adorni o Insaurralde/Cirio, dos caras de la misma moneda a fin de cuentas, la privatización del río fue una noticia marginal. Mucho tienen que ver los enunciados: no es lo mismo “privatizaron la hidrovía” que “privatizaron el Paraná”. La imposición del concepto de “hidrovía” en el discurso, borrando toda referencia geográfica que toque -potencialmente- alguna fibra sensible del argentino medio, es una exitosa trampa del lenguaje.

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Las premoniciones de Tomás Eloy, tristemente cumplidas, ayudan a entender la Argentina contemporánea. Anticipó la centralidad del mercado, la degradación del lenguaje público, la desindustrialización, el debilitamiento de la cultura y la naturalización de la desigualdad como rasgos de una sociedad en transformación. Muchas de las discusiones que hoy dominan la agenda nacional ya habían sido planteadas hace más de tres décadas y el legado de Tomás Eloy lo demuestra. Este párrafo del texto “El agua de la desgracia” (del 2001) es de lo más llamativo por lo ardiente de su actualidad:

“La misma expresión ‘déficit cero’ parece un horizonte vacío. ¿Qué hay después del cero? ¿Otro déficit? ¿Más préstamos y, en consecuencia, otros pagos de otros intereses, una infinita cadena de ajustes kafkianos? Si la sociedad está inmóvil, en el ojo de la tempestad, es también porque no sabe hacia dónde ir. Nadie se lo dice, o lo dice de una manera que la sociedad no entiende”.

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Nadie como Tomás Eloy para contarle las costillas al peronismo. Jamás olvidó que fue un Gobierno peronista el que lo obligó a exiliarse, amenazado por aquella Triple A que había creado José López Rega. Antes y después, el escritor tucumano incorporó el peronismo a su dieta periodística y literaria, al punto de parir libros imprescindibles, desde “La novela de Perón” a “Santa Evita”. Tomás Eloy desenmarañó el mar de contradicciones predominante en un movimiento al que conoció como pocos. Con argumentos sólidos, difíciles de rebatir, ayudado además por las vergonzosas piruetas del menemismo, Tomás Eloy derribó mitos y desnudó mentiras históricas. Humanizó a Perón, bajándolo de la estatua, y narró todo lo que el líder y sus acólitos se empeñaban en ocultar o tergiversar. Lo que impregna esos textos es la certeza de un desencanto.

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Pero esa sistemática y ácida crítica al peronismo no le tapó el bosque a Tomás Eloy. Sus textos miran el cuadro del siglo en su totalidad, así que el reparto de responsabilidades por la retahíla de errores cometidos abunda en precisiones. En ese sentido, el breve ensayo “El duelo de Borges y Perón” propone, desde la potencia de esas figuras, una serie de ejemplos que reflejan un país enojado. A la vez, ensaya explicaciones para entender, al menos en parte, esta grieta que está lejos de mantenerse intacta. Tomás Eloy la vio: jamás para de crecer.

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