Resumen para apurados
- En el Mundial 2026, Lionel Scaloni consolida su legado al mantener la identidad de la Selección Argentina mediante una idea de juego que trasciende los nombres de Qatar 2022.
- Ante el retiro de Di María y la rotación de históricos, jóvenes como Almada y Fernández se acoplaron con éxito a una estructura táctica ya consolidada y en pleno funcionamiento.
- Este proceso redefine el fútbol argentino al priorizar el funcionamiento colectivo sobre las individualidades, asegurando la competitividad del equipo a largo plazo.
Ya es todo como en Qatar 2022. Ángel Di María se retiró de la selección argentina, Marcos Acuña quedó afuera de los convocados al Mundial 2026, Leandro Paredes ya no es una fija en el medio campo y Nicolás Otamendi alterna más de lo que jugaba hace cuatro años. Sin embargo, Thiago Almada dejó de ser una promesa para transformarse en una realidad, Julián Álvarez y Lautaro Martínez aprendieron a convivir y ponen a Lionel Scaloni en una buena encrucijada, y Alexis Mac Allister y Enzo Fernández pasaron de ser jóvenes con futuro a futbolistas imprescindibles en el esquema del DT.
Pero pese a esos múltiples cambios, hay algo que no se modificó. Argentina sigue siendo Argentina.
Después de dos partidos en este Mundial, una sensación sobrevuela cada entrenamiento y cada conferencia. El equipo se parece mucho al campeón de Qatar, aunque no sea exactamente el mismo. La esencia y el funcionamiento parecen estar intactos; y eso, en el fútbol de selecciones, es bastante más difícil de conseguir de lo que parece.
Porque las selecciones suelen estar atadas a las generaciones. Se van los nombres y comienza otra historia. Cambian los líderes, los códigos y hasta las maneras de jugar, y pocas veces existe una continuidad real. Pero algo diferente sucedió con durante este ciclo. Los nombres cambiaron, pero la idea no.
Da la impresión de que los futbolistas se incorporan a una estructura ya construida. Como si el equipo estuviera por encima de las individualidades y como si cada uno supiera perfectamente qué hacer incluso antes de entrar a una cancha.
Por eso Almada parece llevar años jugando con Messi, Lisandro Martínez se mueve con naturalidad entre Otamendi y Cristian Romero y la ausencia de Paredes ya no provoca debates existenciales. Por eso también Giuliano Simeone espera su oportunidad y el propio Otamendi acepta la rotación con una naturalidad que habla más del grupo que de cualquier discurso.
Hay algo que desde afuera parece camaradería y que, visto desde cerca, se asemeja más a una estructura. No hay titulares inamovibles ni tampoco suplentes resignados. Tampoco hay urgencias o estrellas que reclamen privilegios.
En esta Selección hay futbolistas preparados para jugar y otros preparados para esperar. Y eso, en un Mundial, vale tanto como una buena presión, una idea clara o una jugada de pelota parada perfectamente aceitada.
Scaloni consiguió algo extraño para el fútbol argentino. Históricamente, las selecciones se construyeron alrededor de nombres. Mario Kempes, Diego Maradona o Gabriel Batistuta. Las épocas llevaban apellido, pero en este caso el equipo parece llevar una idea.
Messi sigue siendo el líder futbolístico y emocional. Sigue resolviendo partidos y rompiendo récords con 39 años recién cumplidos. Pero cuando no aparece (pese a que en este torneo aún no sucedió), otros saltan a escena. Cuando falta uno, el equipo no se derrumba y cuando un partido exige paciencia, la tiene. Argentina sabe sufrir y también sabe cuándo atacar.
Eso se vio en los dos primeros partidos. Argelia exigió paciencia, mientras que Austria propuso intensidad. Fueron desafíos distintos y Argentina encontró respuestas diferentes. Pero sobre todas las cosas logró sumar victorias.
No siempre jugó bien, tampoco dominó de principio a fin. Pero siempre transmitió una sensación difícil de explicar y sencilla de reconocer. Sabe lo que hace y eso en el fútbol te lo da la marca de un entrenador.
Scaloni se animó a modificar a un campeón del mundo. Sacó piezas, agregó otras y consiguió que el recambio no significara una ruptura. Dicen que en el fútbol lo más complicado no es ganar sino sostenerse; y ahí radica la mayor obra de este ciclo.
La “Scaloneta” ganó dos Copas América, la Finalissima y el Mundial de Qatar, pero la verdadera obra del DT fue haber construido una Selección capaz de sobrevivir a los cambios.
Acá, en Kansas City, en donde el plantel volvió a instalar su rutina después del viaje a Dallas, no se percibe ansiedad ni euforia. Tampoco hay sensación de misión cumplida. El equipo se entrena, viaja, descansa y vuelve a empezar. Como si el éxito hubiera dejado de ser una meta para convertirse en una costumbre.
Argentina ya no depende de los nombres, depende de las ideas. Y acaso ese sea el legado más importante que deje Scaloni.
Porque los jugadores pasarán y las generaciones se terminarán, pero las ideas, cuando son buenas, encuentran la manera de quedarse.
Por eso, tres años y medio después de Qatar, Argentina sigue pareciéndose tanto a sí misma. Y eso, en el fútbol, es mucho más difícil que ganar un Mundial.












