Tucumán: entre un estado ausente y un estado ineficaz

Por Raúl Natella, ingeniero civil / especial para LA GACETA.

Hace 5 Hs

Existe una falsa discusión entre quienes defienden un Estado presente y quienes critican su intervención. Sin embargo, para los ciudadanos, el verdadero problema no es la cantidad de Estado, sino su eficacia. Porque un Estado ausente y un Estado ineficaz terminan produciendo consecuencias muy parecidas: ambos son incapaces de resolver los problemas estructurales y de construir un futuro mejor.

Tucumán quedo atrapada desde hace años en esa contradicción. Mientras abundan los anuncios, la publicidad oficial y las inauguraciones de pequeñas obras, las transformaciones que podrían cambiar definitivamente el destino de la provincia continúan postergadas. La política parece concentrarse en la próxima elección cuando debería estar pensando en las próximas generaciones.

Las inundaciones recurrentes constituyen una prueba evidente de ello. Año tras año, miles de tucumanos vuelven a sufrir las consecuencias de obras hidráulicas que nunca llegan. Los estudios y proyectos existen, pero las soluciones definitivas siguen esperando. Lo mismo ocurre con la infraestructura vial. El 80% de las rutas provinciales se encuentran en mal estado y el 20% restante presenta condiciones apenas regulares. Esta realidad afecta la seguridad vial, encarece la producción y limita el desarrollo económico de toda la provincia.

Paradójicamente, Tucumán posee una oportunidad única. Gracias a su ubicación estratégica y a su reducida superficie, podría convertirse en la primera provincia argentina conectada en todos sus límites interprovinciales mediante autopistas, autovías o rutas multitrochas sobre los corredores nacionales ya existentes, ejecutando no más de 520 kilómetros, con una política sostenida y construyendo 35 km/año en 15 años se podría ver reflejado ese sueño que transformaría a la provincia en un centro logístico de referencia para todo el Norte Argentino. Sin embargo, resulta difícil no caer en el escepticismo cuando obras de escasa extensión, caso acceso Norte por San Andrés de sólo 2,8 Km, permanecen años sin concluirse.

La falta de visión estratégica también se refleja en el área metropolitana. El Gran San Miguel de Tucumán necesita imperiosamente una circunvalación moderna que integre municipios y comunas, ordene el tránsito y prepare a la región para su crecimiento futuro. Del mismo modo, la creación de un Centro Multimodal de Cargas, tantas veces anunciado, permitiría fortalecer la actividad productiva y mejorar la competitividad provincial. Son proyectos que deberían formar parte de una política de Estado y no de promesas recurrentes.

Otro ejemplo de oportunidad desaprovechada es la postergada construcción del Centro Cívico proyectado por el arquitecto tucumano Cesar Pelli. Su concreción permitiría descentralizar y modernizar la Administración Publica, reducir significativamente los elevados gastos en alquiler de oficinas estatales y volviendo menos caótico el tránsito en el micro y macrocentro.

Resulta llamativo que una provincia que dio al mundo a uno de los arquitectos más prestigiosos de la historia contemporánea aun no haya sido capaz de materializar una iniciativa de semejante importancia ni de rendirle el reconocimiento que merece, como ejemplo a imitarla provincia de Jujuy lo acaba de hacer, construyendo el Centro Cultural proyectado por el arquitecto Pelli y que alberga, irónicamente, las obras de otra artista tucumana como Lola Mora.

A ello se suma una realidad que debilita la calidad institucional: la frecuente designación de funcionarios sin la preparación técnica adecuada para las áreas que administran. Sin idoneidad, planificación y continuidad resulta imposible sostener proyectos serios y políticas públicas de largo plazo. Pero la responsabilidad no recae únicamente en los funcionarios que demuestran incapacidad para administrar áreas específicas del Estado sino también son responsables quienes los designan en esos cargos, ya que ninguna administración puede aspirar a resultados eficientes cuando colocan a personas sin la preparación, experiencia o competencia necesaria para ejercer funciones de gobierno. La falta de capacidad en la función pública no es un accidente: es una decisión política, y cuando esa práctica se repite las consecuencias las paga toda la sociedad, con atraso, pobreza, obras que no se hacen y oportunidades que se pierden.

Todo esto adquiere una dimensión aún más preocupante cuando se recuerda que Tucumán fue durante décadas la locomotora económica, cultural y política del Norte Argentino y hoy es prácticamente el furgón de cola, observando como otras provincias de la región avanzan en infraestructura, conectividad y desarrollo.

Administrar correctamente los recursos públicos implica prudencia, pero también la capacidad de invertir cuando el futuro de la provincia lo exige.

Mientras las grandes obras esperan, la atención suele concentrarse en intervenciones menores que reciben una difusión desproporcionada. La publicidad oficial no reemplaza la planificación. Las fotografías de inauguraciones no sustituyen las políticas de desarrollo y las obras concebidas para el próximo proceso electoral difícilmente resuelvan los desafíos de las próximas décadas.

Tucumán parece haberse resignado desde hace décadas a un modelo de administración que confunde gobernar con pagar sueldos. La principal preocupación del Estado provincial parece ser llegar a fin de mes para afrontar el pago a la masa salarial, mientras las grandes obras de infraestructura que podrían cambiar el destino de la provincia continúan postergándose indefinidamente.

El temor a asumir decisiones audaces y a utilizar herramientas de financiamiento para ejecutar proyectos estratégicos ha terminado convirtiéndose en una política de Estado, (recordemos que el dique El Cadillal se construyó tomando un empréstito de bancos británicos en libras esterlinas).

Mientras otras provincias invierten, construyen y planifican, Tucumán espera. Mientras otras provincias se endeudan responsablemente para generar desarrollo, Tucumán administra la inercia.

En lugar de impulsar una agenda propia de transformación, la dirigencia provincial ha recurrido una y otra vez a solicitar asistencia extraordinaria al Gobierno nacional, esperando aportes no reintegrables que rara vez alcanzan para modificar la realidad de fondo. El resultado suele repetirse: viajes, reuniones, anuncios, fotografías y declaraciones, pero las obras estructurales siguen sin aparecer.

Ninguna provincia se desarrolla viviendo de la espera permanente ni dependiendo de la voluntad de los gobiernos nacionales de turno.

Ninguna provincia recupera liderazgo reemplazando la planificación por la gestión de urgencias.

Ninguna provincia construye futuro cuando el miedo a asumir riesgos termina siendo más fuerte que la voluntad de progresar.

Tucumán necesita recuperar la ambición de pensar en grande. Necesita dirigentes capaces de proyectar la provincia de los próximos treinta años y no solamente la próxima elección. Porque cuando el Estado está ausente, la sociedad se estanca. Pero cuando el Estado existe, gasta y administra sin visión estratégica, el resultado puede ser exactamente el mismo. Los pueblos no salen de su atraso mendigando soluciones; salen de su atraso planificando, invirtiendo y ejecutando obras que cambien su destino.

Comentarios