Groussac y Tucumán
SAN MARTÍN AL 300. Tucumán fue hogar y refugio para Groussac.

Por José María Posse
Abogado, escritor, historiador
Una placa colocada por la Universidad de Tucumán en 1928, sobre calle San Martín al 300 -edificio donde funciona actualmente la Tesorería de la Provincia- recuerda el lugar donde vivió Paul Groussac en los primeros años, de los casi doce que vivió entre nosotros.
Por entonces era parte de la casa de un importante industrial azucarero, quien alquilaba unas habitaciones aledañas a su hogar. Es tradición que el joven francés, por entonces un gallardo jovencito, se enamoró sucesivamente de dos de las hijas del dueño, relación que fue prohibida por el padre, quien consideraba al mozo -que apenas hablaba el castellano- poco digno de sus hijas. No imaginaba que con el tiempo, Groussac se convertiría en un personaje relevante, verdadero maestro del idioma de Cervantes y en árbitro de la cultura argentina.
En Tucumán
El afamado intelectual franco argentino Paul Groussac (1848-1929) vivió en San Miguel de Tucumán una docena de años, con algunos intervalos. Fue un profesor de nota, un punzante periodista y quizás el primer historiador propiamente dicho de la provincia. Llegó a la ciudad en 1871, a instancias del ministro de Instrucción Pública, Nicolás Avellaneda, con una cátedra en el Colegio Nacional, recientemente creado.
A Groussac lo cautivaba el paisaje, la naturaleza y también el calor de hogar y de afecto que bien necesitaba. Nunca olvidaría la acogida de su gente, “cordial como una adopción”. Encontró que era moneda corriente “la cariñosa solicitud con que se practicaba la hospitalidad del corazón, ahorrando al recién llegado las horas infinitamente amargas de la soledad entre la multitud y la acomodación penosa al medio ambiente”. Todo eso formaba “un recuerdo grato, que en ningún viajero se borraba jamás”, escribiría años más tarde. Sus grandes amigos en aquella época fueron Delfín Gallo, Manuel y Sisto Terán, a quienes dedicaría junto a Nicolás Avellaneda, su libro “El Congreso de Tucumán”.
DESTACADO. El legado de Paul Groussac sigue vigente.
Fruto vedado
Años más tarde escribiría una novela muy celebrada en su época, “Fruto vedado”. Una parte sustancial de la acción transcurre en Tucumán, a la que llama “provincia azucarera de San José”. La describe con cariño y hasta incluye, bajo un transparente nombre de ficción, algún personaje femenino que conoció. Además de personalidades que muestra con sus matices pueblerinos, en una pintura de época extraordinaria, con el telón de fondo de la aldea tucumana y en el que apenas se disimulan los rasgos autobiográficos del francés. Escribe: “un elemento vivaz que mantenía alborotadas las diminutas olas del lago provincial y renovada incesantemente la atmósfera pesada, como una sal de la azucarada tierra. El chisme representaba en San José lo que en otras partes la producción literaria y artística, la especulación intelectual, el ejercicio de las facultades inventivas para impedir su atrofia completa: en fin, el vuelo imaginativo cernido sobre la chata realidad para engalanarla y para transformarla. En efecto, “la habladuría callejera y social era en San José una verdadera institución de pública utilidad, y su influencia era tan poderosa como legítima. Esta plácida aldea mediterránea y tropical -donde la siesta era de tan estricta observancia que quien atravesará la plaza de una a cuatro de la tarde sufría vehementes sospechas de andar en pasos pecaminosos- no puede uno figurársela decentemente privada de la saludable y benéfica maledicencia: a las pocas generaciones, el marasmo y el reblandecimiento cerebral habrían triunfado de ese vecindario alegre y relativamente chispeante y divertido. Era un “verdadero poder oculto de la población”.
Una travesía
Por entonces, la industria azucarera comenzaba su etapa previa a la llegada de las modernas maquinarias que iban a revolucionar la forma de fabricación del azúcar. Groussac nos narra con su natural maestría el entorno rural de aquellas primitivas fábricas. “Transcurría alguna mañana de la década de 1870, cuando el jinete marchaba rumbo al ingenio azucarero. Se sabía el camino más que de memoria: el vado del río Colorado, el arruinado puente sobre una acequia que se había de cruzar por un extremo, la quinta de naranjos que se contornaba, el cedro que dividía el callejón como un peñasco en un arroyo, el trecho de camino recientemente desmontado, donde el caballo tropezaba con los troncos a flor de suelo. Había un primer rancho que denunciaba la próxima llegada. Ya a ambos lados de la carretera empezaban los tablones de caña en pie, blanquizca y seca por las heladas, con grandes trechos cosechados que hacían como manchas sombrías en las llanuras. Aquí su fiebre decaía de repente, ponía al trote su caballo jadeante, avanzando sin prisa por entre los carros llenos de caña recién cortada, los ranchos de la población cosechera, donde al resplandor de los fuegos de ramas, las chinas morenas pisaban a dos manos el maíz en el mortero, con el cigarrillo de chala entre los dientes. Detrás del caballo, los perros ladraban furiosamente; algunos peones asomaban por las ramadas de tacuara y maloja; había que descorrer una pesada tranquera. Y de repente aparece el ingenio con sus hornos encendidos, la alta chimenea cuadrada, los galpones y galerías donde hormigueaban los trabajadores de los fondos y del trapiche, perfilándose fantásticamente en las paredes crudamente iluminadas por el fuego de los hornos. Solía distinguirse ya el ronquido del molino hidráulico, desde que el caballo hundía su casco en el elástico piso cubierto de bagazo puesto a secar y extendiendo su gran sábana blanca”.
El legado
Las letras y la cultura argentina en general deben páginas de gloria a la labor de Paul Groussac, una de las plumas más mordaces que conoció el periodismo y la literatura de nuestro país. Testigo de la etapa de formación institucional de su patria adoptiva, trató íntimamente a los más destacados protagonistas de la época. Su amistad con Pedro Goyena, con José Manuel Estrada o con el mismo Nicolás Avellaneda, le abrieron las puertas de la Gran Aldea, donde al poco andar ya era respetado por su estilo cáustico, su vasta cultura de autodidacta y su fina inteligencia para juzgar a los hombres y sus circunstancias.
En su libro “Los que pasaban”, efectuó una extraordinaria radiografía de las principales personalidades de la Generación del 80. Son memorables sus pinturas sobre Carlos Pellegrini, Roque Sáenz Peña o Sarmiento, para nombrar sólo algunos; son piezas descriptivas únicas, artículos pletóricos de perspicacias, matizadas por una afilada ironía de la que no se exceptuaron sus amigos más cercanos y queridos.
De sus largos años tucumanos, en la cátedra del Colegio Nacional, y luego como director de la Escuela Normal, quedan huellas perennes que por desgracia, las generaciones actuales prácticamente desconocen: El “Ensayo Histórico sobre el Tucumán” como así también la “Memoria Histórica y Descriptiva de 1881”, son obras fundamentales para el conocimiento de nuestra provincia.
Periodista polémico, fue director del “Sud América” y de “Le Courrier Français”, además de colaborar con los más prestigiosos periódicos de Buenos Aires y de París. Entre sus obras principales, además de las citadas, están: “Del plata Al Niágara”, los dos tomos de “El viaje Intelectual” y “Santiago de Liniers”.
Su titánica tarea al frente de la Biblioteca Nacional durante más de 50 años resultó fundamental para el basamento mismo de esta prestigiosa institución. Desde allí ejerció “una temible vigilancia sobre todo lo que producían los historiadores y literatos argentinos”.
En Groussac habitaba una personalidad descollante, al decir de Borges: “Es evidente que hubo en Paul Groussac otra cosa que las reprensiones del profesor, que la santa cólera de la inteligencia ante la ineptitud aclamada. Hubo un placer desinteresado en el desdén”.







