El verano tucumano es casi imposible de justificar. No es inexplicable, está muy clara la forma en que los conocimientos coherentes y contundentes de la meteorología nos explican cómo es que se cruzan variables para dar con nuestro clima. Es un tema de por qué, no de cómo. Intenté dar la latitud y altitud de nuestra provincia, apelar a isobaras e isotérmicas, a un pobre comprovinciano que tiene que atravesar una larga peatonal en la siesta estival, esquivando carteles de “Estamos cada vez mejor. Intendencia Dr. Pallana. Sale el sol”.
Leibniz intentó una teodicea que salve la bondad absoluta del creador y dé una respuesta al mal en el mundo, entre el que se encuentra sin dudas la sensación térmica tucumana. Su respuesta fue muy ingeniosa: este mundo es mejor que uno sin mal, porque los alivios son posibles por los padecimientos. Jorge Luis Borges lo formula con belleza e inteligencia en su canto a Montevideo: “Mi corazón resbala por tu tarde / como el cansancio por la piedad de un declive”.
Un tucumano enamorado podría decir, perdón mi torpe verso: “Descanso en tu mirada / como perro incendiado a la siesta / en la galería Rose Marie”.
Quizá la galería Rose Marie no alcanza para justificar moralmente nuestro suplicio térmico ni el declive paga la agonía de la subida, pero necesitamos creer que hay una lira que sube y baja.
El verano tucumano tiene en su noche tardía algún intento de recompensa. Apenas ayer se levantó una luna naranja, un enorme zapallo calabaza. A la piedad del descenso térmico se sumaba esa vista anticipada por Van Gogh. Se sabe que no duran mucho esos globos. No pude evitar decirme que tenía que mostrar ese espectáculo a mis hijos. El asunto es que como sabemos no estaba ya en ese gran momento, no pude evitar recrearla. Por vicio de narrador, mi relato fue de proporciones enormes (por vicio de relator eufórico). Pinté una luna inaudita, que se hacía más grande a medida que la relataba. Sin asco le agregué enormes cráteres, alisé los mares que para entonces eran de pimentón de tanto colorado.
Me escucharon en silencio, y uno de ellos rompió el silencio después de mi relato exageradisimo, que me acomodaba con cariño:
“ ¡Che, pá, qué luna! ¡Entonces lo que va a ser el sol mañana!”










