Por Presbístero Marcelo Barrionuevo
Comenzamos el tiempo del Adviento, el tiempo litúrgico con el que los cristianos comenzamos el nuevo Año Litúrgico. Tiempo de espera y de preparación, de camino y de horizonte, tiempo anterior a la Navidad, tiempo que nos prepara para la venida de Cristo.
El nuevo ciclo litúrgico del Adviento es presencia y es llegada. Es una presencia de siempre y constantemente renovada, porque nos preparamos para celebrar el misterio del Dios que se encarna en la grandeza de nuestra miseria humana. En el Primer Domingo de Adviento, “Ciclo C” del año litúrgico, que estará apoyado fundamentalmente en el evangelio de Lucas, se ofrece un mensaje lleno de fuerza, una llamada a la esperanza, que es lo propio del Adviento: Levantad vuestras cabezas porque se acerca vuestra liberación. Esa es la clave de la lectura evangélica del día. No son los signos apocalípticos los que deben impresionar, sino el mensaje de lo que se nos propone como oferta de parte de Dios.
La Iglesia espera la venida de Cristo desde tres prismas. Tres dimensiones hay en esta espera, en este anuncio de la Venida de Cristo, que tienen que ver tanto con las virtudes teologales de la Fe, el Amor y la Esperanza, como con las Tres Personas Divinas de la Trinidad. Tres venidas que son la histórica en la que ya llegó Cristo, la diaria en la que viene el Espíritu a nuestra vida, y la que vendrá, en el final de los tiempos, el mismo Padre para llevar a la creación a su plenitud.
¿Como vivir esta preparación? La llamada a la “vigilancia en la oración” responde muy bien a la visión cristológica del tercer evangelista: eso quiere decir que la conducta del cristiano debe inspirarse más en la esperanza que en el temor. No en vano Lucas se ha cuidado mucho de presentar a Jesús, en este caso sería el mismo Hijo del hombre, más como salvador de todos que como juez de todos. Hay que esperar en vigilancia confiada, atentos espiritualmente más que socialmente despidiendo el año. Cristo viene a reparar lo “roto” de nuestra vida.
A los hombres, continuamente se nos escapan muchas cosas por los “agujeros negros” de nuestro universo personal, pero la esperanza humana y cristiana no se puede escapar por ellos, porque eso se vive en la mismidad de ser humano. Lo apocalíptico, mensaje a veces deprimente, tiene la identidad de la profunda conmoción, pero no es más que la expresión de la situación desamparada del ser humano. Y sólo hay un camino para no caer en ese desamparo inhumano: vigilar, creer y esperar que del evangelio, del mensaje de Jesús, de su Dios y nuestro, nos viene la salvación, la redención, la liberación. Por eso, en la liturgia del Primer Domingo de Adviento se pide y se invoca a la libertad divina para que salga al encuentro del impulso desvalido de nuestra impotencia.