
Llegué a Transilvania siguiendo los pasos de Bram Stoker y su Drácula, uno de los libros que marcaron mi adolescencia. Venía de Budapest y no conocía a nadie que hubiera estado en Rumania. Otros viajeros con los que compartía itinerarios me advirtieron sobre los peligros de viajar a aquellos países en los que el turismo no era por entonces habitual. Uno de ellos me regaló una cadena y me sugirió que buscara un compartimiento vacío en el tren y me encerrara, ya que circulaban rumores sobre ladrones que robaban las pertenencias de los viajeros en los trenes nocturnos. Este gesto me recordó al pasaje de Drácula en el que, al arribar a la ciudad de Bistrita, los pasajeros de la diligencia -que ya habían advertido al protagonista Jonathan Harker que no siguiera su trayecto hacia el castillo de Drácula-, le entregan un crucifijo a modo de protección contra un peligro que Jonathan aún desconocía.
Así, cadena en mano, partí hacia el tren que me llevaría al corazón del mundo de Drácula. Cuando bajé en la estación de Brasov, la capital de Transilvania, una de las primeras sorpresas que me llevé fue escuchar el rumano por primera vez. Venía de ciudades en las que las raíces de sus lenguas eran eslavas, por eso al principio pensé que se trataba de turistas hablando en una suerte de dialecto italiano. Finalmente me di cuenta de que lo que escuchaba era la lengua rumana cuando el conductor del taxi que había tomado, comenzó a discutir con otro conductor. Rumania, constaté, era una isla latina rodeada por un mar eslavo debido a la gran influencia que tuvo el latín cuando este territorio formó parte del Imperio romano hacia el siglo V. Finalmente un taxista que me llevaba en su auto, en medio de una discusión de tránsito, gritó la palabra “Dracul”, que -según me explicó luego- significaba “diablo”. En ese momento supe que había llegado a la Transilvania imaginada por Stoker.
Bram Stoker, nacido en Irlanda en 1847, se inspiró en el folclore popular europeo, en los cuentos de terror que eran tendencia en la Inglaterra de esa época y, particularmente, en la gran obra de John William Polidori, El Vampiro, para crear su Drácula. La historia de la gestación del Vampiro de Polidori inspiró relatos y películas que cuentan cómo en el verano de 1816 Polidori (médico personal de Lord Byron), Mary y Percy Shelley quedaron atrapados por un temporal en la residencia de Lord Byron. Fue en ese contexto de encierro forzado que el anfitrión propuso un reto para entretener a sus invitados: cada uno debía escribir un cuento de terror. De ese reto derivaron dos obras maestras del género: Frankenstein, de Mary Shelley, y El Vampiro. El texto de Polidori fue considerado vanguardista, ya que el autor humaniza al monstruo y le otorga un status aristocrático y de poder dentro de su comunidad, a diferencia de vampiros anteriores que eran seres marginales. Rasgos que Stoker replicaría en su Drácula.
Es curioso que a pesar de haber situado su novela en Rumania, Bram Stoker nunca estuvo allí. Según trascendió, para poder describir los lugares en los que transcurre su historia con la minuciosidad con que lo hizo, se reunía periódicamente con el orientalista húngaro Armin Vambery, quien lo proveía de detalladas descripciones. ¿Por qué eligió el autor situar su novela en estas tierras tan lejanas a las que nunca había viajado? En aquel entonces Rumania era cuna de mitos, leyendas y supersticiones para Europa occidental y Stoker conocía la historia de un héroe de la zona de los Cárpatos rumanos, el príncipe Vlad Tepes. Apodado Vlad Dracul, o Vlad el empalador, este personaje inspiraría al autor para dar vida a Drácula tratándose de un miembro de la realeza local, cruel y ávido de sangre.
Lo que más me impactó de Brasov fue su atmósfera. Nos introduce en el ambiente de Drácula, marcada por los oscuros montes Cárpatos, cubiertos de neblina y de aspecto tenebroso. Sorprende, además, su singular arquitectura. Fundada en el siglo VIII por los caballeros teutónicos para defender la frontera oriental del reino de Hungría, la ciudad es un emblema de la arquitectura medieval germánica.
Después de recorrer la ciudad, partí hacia el castillo de Bran, donde la leyenda dice que habitó el Conde Drácula. Tomé un colectivo repleto de campesinos, uno de los cuales tuvo el buen gesto de pagarme el boleto movido por la amabilidad que caracteriza a este pueblo. Lo cierto es que el conde Drácula nunca habitó en esa fortaleza. Tampoco encontré semejanzas claras con la descripción del castillo de Drácula de Stoker. Dicen los entendidos que el castillo que más resuena con las descripciones del autor es la fortaleza de Poenari (del siglo XIII), en la región del valle del río Arges, ya que es allí donde se instaló Vlad Tepes durante el siglo XV.
Sighisoara
Para finalizar mi recorrido por Transilvania elegí parar en la ciudad de Sighisoara, ciudad natal de Vlad Tepes. Rodeada por una muralla y situada sobre un monte con bandadas de aves sobrevolando sus oscuras cúpulas, me sorprendió su majestuosidad. Sighisoara es una joya de la arquitectura medieval sajona del siglo XII. La ciudad fue declarada patrimonio de la humanidad por la Unesco en 1999 ya que tiene uno de los cascos históricos mejor conservados del viejo continente. Allí se puede visitar la casa en donde nació Tepes y caminar por sus angostas calles en torno a monumentos medievales que transportan a los visitantes en el tiempo.
Dejando Sighisoara atrás, continué mi viaje hacia otros rumbos, cautivada por la magia de Transilvania, en la que sus escenarios naturales y ciudadelas medievales crean un marco perfecto para la gestación de leyendas de terror, incluyendo las de condes sedientos de sangre.
© LA GACETA
Verónica Di Gregorio – Especialista en Educación.